

Por Oscar Castelnovo
(APL) “A diferencia de muchas identidades, el travestismo se forja en un contexto de violencia. La primera es la violencia familiar, que va del maltrato hasta la expulsión de ese niño o niña de su hogar para desterrar el pecado del living familiar. Después viene la violencia que se empieza a sufrir en la calle. Y, luego, la brutal transformación del cuerpo, que no se da en un marco de cuidado porque el Estado, cuando no te mata a balazos o a golpes, se desentiende de tus necesidades. Además, está la intrínseca relación con la prostitución, lo que plantea otro contexto de violencia. Hay que tener mucho coraje y bastante valor para atreverse a ser travesti. (…) “si acaso alguien me amara, yo desearía que sin ningún tipo de prejuicios él dijera: “mi compañera es una travesti”. Quisiera, con toda mi alma, que ese revolucionario fuera capaz de sentir y gritar a los cuatro vientos: amo a una travesti y se llama Lohana Berkins”. Fragmento de la extensa entrevista publicada en el libro “Ardiente y Pasional. Dolores y rebeldías de la Argentina misma” realizado por Castelnovo (Ediciones Desde la Gente / 2004), donde Lohana hizo un recorrido minucioso de su intensa vida. Hoy (05/02) la querida militante revolucionaria partió, aunque nos dejo un inmenso legado de lucha, toda su fuerza y su furia travesti. ¡ Hasta la victoria, siempre, Lohana !
Su partida de nacimiento afirma que nació en Tartagal, Salta; pero es mentira: llegó al mundo en Yacuiba, Bolivia. El mismo documento sostiene que es varón, cosa que tampoco es cierta. A su vez, esa partida certifica que masculinamente se llama -supongamos- Juan Pérez, aunque ese nombre y apellido en nada se corresponden con la realidad. Sucede que en la Argentina y en buena parte del mundo todos la reconocen como Lohana Berkins.
¿Quién es ella en realidad? ¿Tal vez una ficción montada por un burócrata trasnochado? ¿Quizá una mentira encubierta que se desvela a cada paso? Definitivamente no. Ella es de carne y hueso, tiene una voz capaz de destapar conciencias con sus denuncias en todo el planeta y, ante todo, un alma empecinada en desafiar las reglas. A saber: refutó el mandato de su propia biología; contrarió el nombre que le habían puesto ante el Estado burgués; contradijo la voluntad de su padre, ex militar en la católica Salta; fue una mujer atrapada en un cuerpo de varón; resistió las humillaciones padecidas en innumerables comisarías y cárceles durante más de siete años (si se suman sus días de detención); se forjó comunista en medio de la brutal avanzada del neoliberalismo exitoso de la Argentina; puso el cuerpo para prostituirse, primero, y luego para rescatarse a sí misma y a tantas otras como ella. Fue así que su cuerpo, su voz y su alma se unieron para impulsar una lucha por la legitimidad de un deseo, el respeto a una identidad y el derecho a la vida. Fue así que desde los arrabales lascivos de Salta, desde el prostibulario barrio Villa San Antonio llegó a las Naciones Unidas, Sudáfrica, Roma, Nueva York y San Francisco, donde le otorgaron un reconocimiento mundial a su lucha en defensa de los perseguidos, entre más de 500 luchadores postulados. También llamó a las cosas por su nombre. Luego de un largo proceso en el cual se desarticuló y rearmó su humanidad, varias veces, afirma que no es varón ni mujer: es travesti. Ahora bien, si no es mujer y si según su propia definición pertenece a un género distinto, ¿por qué Lohana Berkins, transgrediendo las normas una vez más, puede o debe integrar un libro de reportajes a mujeres que desmienten lógicas? Así responde ella:
-Porque todas las desventuras que sufrí sucedieron por ser portadora de una feminidad que desafía a la cultura hegemónica que impone el sistema esquemático sexo-género: o sos varón o sos nena de acuerdo a los genitales con que naciste. Lógica binaria que rechazo de plano. Entonces, todo mi devenir y el de las compañeras travestis: desde la expulsión familiar y social, pasando por la cárcel, la prostitución, la persecución, y el cuerpo golpeado, hasta el desprecio soportado y el alma en pedazos, todo eso nos pasa por ser portadoras de esta feminidad y, a su vez, por renegar del privilegio de ser varones y de pertenecer a la supremacía. Yo parto de la idea de que este sistema binario sigue sosteniendo que sólo hay hombres y mujeres. A quien no se encuadra en esa norma, el poder tiende a encajarlo a la fuerza en uno de esos dos lugares con menoscabo y represión. Y ahí se entrecruza nuestra realidad con la de las mujeres: los que oprimen a las mujeres, cuando hablamos de hegemonía de género, son los mismos que nos avasallan a nosotras. En definitiva, sufrimos la represión cómo travestis por ser portadoras de esa parte femenina.
OC: -Pero esta es una conclusión a la que llegas hoy. En otra época sostenías que tu identidad travesti era una forma distinta y singular de ser mujer.
LB: -En realidad ni siquiera decía “identidad travesti”, así con todas las letras. Es que simplemente yo viví muchos años de mi vida, los primeros sobre todo, convencidísima de que era mujer. Creía que Dios se había equivocado, y que un día la sociedad se iba a dar cuenta de que yo era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. También tenía fantasías que hoy rechazo de plano: encontrar un marido, casarme con el príncipe azul y todas estas cosas. Aunque hoy las impugne, en su momento todas esas rotulaciones me eran funcionales y me servían como los únicos instrumentos que yo tenía para definirme y justificar mi existencia en el mundo. Creo que pasaba por ahí.
OC: -En ese mismo sentido, ¿Qué recordás de tu infancia?
LB: -Hay una cosa que graficaría exactamente esa etapa: mi primera comunión. Si bien mi familia no era precisamente atea, tampoco eran católicos fanáticos. Yo insistí para tomar la comunión, supongo que porque lo hacían todos los niños y porque de chica pude tomar decisiones. Recuerdo que mis compañeras estaban con sus vestiditos blancos y yo no. Todo el tiempo me fantaseaba que entraba a la Iglesia con la ropita blanca, con mis moños y que era la más linda de todas.
OC: -Entonces, ¿Tomaste la comunión con el trajecito?
LB: -No, menos mal. No tuve que ponerme el furioso traje con corbata de varón porque la tomé con guardapolvo. Yo siempre tuve facilidad de neutralizar la cuestión.
OC: -¿Cuándo comenzaste a sentirte diferente?
LB: -En la comunidad travesti se da un patrón repetitivo de las historias: el travestismo lo asumimos entre los ocho y los trece años de edad, y además no sé por qué razón la mayoría somos del noroeste. Te imaginarás la situación que se produce en esas ciudades cuando nosotras nos manifestamos abiertamente con nuestro deseo más íntimo de vivir como travestis: es directamente la expulsión del hogar. Entonces, comenzamos a vivir a esa temprana edad una orfandad no solo familiar, sino también social.
“Todavía sigo esperando”
OC: -¿A qué edad te echaron de tu casa?
LB: -A los trece. Al principio me fui como jugando y creyendo que mis padres por una cuestión lógica me iban a venir a buscar.
OC: -¿Y…?
LB: -Todavía sigo esperando.
OC: -¿Qué características tenía tu familia?
LB: -Nací en una familia con padre y madre. Previo a casarse con mi papá, mi mamá tuvo cuatro hijos en sus primeras nupcias. A su vez, mi padre tenía un chico de su primer matrimonio. Después juntos tuvieron ocho críos más. Lo cual suma 13 en total.
OC: -¿Todos sabían todo?
LB: -No. De hecho, si tuviera que dar una característica de mi familia diría que estuvo muy signada de silencios. Nunca se hablaba nada, nunca se explicaba nada. Las cosas sucedían, lo que era evidente era evidente. Por ejemplo, de los hijos de mi mamá y de mi papá nos enteramos muchos años después, siendo más bien grandecitos. Los cuatro de mi mamá se habían quedado con su respectivo padre, y el de mi papá con su madre.
OC: -¿Dónde vivían?
LB: -Por entonces yo vivía en Salvador Mazza, que es un pueblo fronterizo con Bolivia. Pero en realidad nací en Bolivia, en Yacuiba. Aunque estoy asentada legalmente en Tartagal, Salta.
OC: -¿Y por qué naciste en Bolivia si no vivían allí?
LB: -Porque mi mamá iba a tenernos en Bolivia. Supongo que lo haría porque ella era boliviana, aunque no asumía mucho que lo fuera. Era una mujer que medía 1,70, la recuerdo muy blanca, muy bella, con el pelo negro, muy flaquita y bien vestida. Mi mamá venía de un origen muy pobre, en cambio mi papá no. Cuando se casaron mi padre trabajaba en YPF y ganaba muy buen dinero. Ella enseguidita se convirtió en una especie de super dama.
OC: -¿Pero ella quería que fueran bolivianos?
LB: -No lo sé. Había esa cuestión de los silencios, nunca nos explicaron por qué.
OC: -¿Quién era tu papá?
LB: -Él había sido marino. Se retiró muchísimos años antes de la última dictadura y entró a trabajar en YPF. Siempre nos contaba que había navegado en la Fragata Libertad. Era un tipo muy instruido, muy inteligente. En YPF ocupaba cargos muy altos, y como jefe tenía a 200 o 300 personas a su cargo en el área de perforación. Y también era gremialista.
OC: -¿Podrías recordar la escena de cuando te echaron de tu casa?
LB: -Mi papá se sentó en una mesa grande que teníamos, se notaba que con mucho esfuerzo, y dijo que quería hacerme un planteo: “esto ya no puede ser más”, recuerdo que dijo.
OC: -¿Qué no podía ser más?
LB: -No sé, no lo explicitaba. Dijo: “Yo no voy a seguir agachando la cabeza por vos. Esto ya se ha pasado de la raya. Mirá lo que te quiero decir…”. Y no lo decía, hasta que de golpe lo lanzó: “o te hacés bien hombre o te vas”. Esas fueron las palabras exactas. No me explicó qué era ser bien hombre, ni por qué me tenía que ir. Eso fue todo.
OC: -¿Por ese entonces te vestías de mujer?
LB: -No, yo nunca me vestí de mujer cuando era chica. Creo que habían varias cosas que molestaban de mi. En el Colegio San Francisco lo habían llamado a mi papá para cuestionarle mi comportamiento, mis constantes desobediencias al orden de la escuela. Por ejemplo, yo a los curas les cuestionaba todo, que por qué vivían así, que dónde estaba Dios, que por qué no tenían más actitud de pobreza. Y ellos decían que era un instituto de muchachos, que ahí sí que había que ir con uniforme y pantaloncito gris, camisa celestita, y corbatita y saco azul. Entonces ahí el problema no sólo era que fuera bien afeminado, sino también mis cuestionamientos. Un buen día le dijeron a mi viejo: “su hijo no viene más al colegio”.
OC: -¿Tu mamá nunca intuyó nada sobre tu diferencia?
LB: -Sí, en esa época nos mudábamos de pueblo a cada rato. Yo le contaba a mi mamá que en el lugar nuevo donde estábamos había conocido una niña muy bonita, que vestía bien y tenía una casa muy linda. Un día ella me miró y me dijo: “me parece que tu amiguita sos vos misma”. Entiendo que esa era mi manera de canalizar mi propia fantasía de lo que quería ser.
OC: -¿Como nació el nombre Lohana?
LB: -Cuando era niña tenía la certeza de ser mujer y que cuando fuera grande me iba que operar las tetas y me llamaría Ana, como mi mamá. Años más tarde, cuando empecé a alternar entre la prostitución en la calle y el cabaret, efectivamente me llamé Ana. En el cabaret rápidamente me convertí en una especie de figura. Y una amiga me sugirió cambiarme el nombre “porque Ana no dice nada”. Entonces comencé a pensar en otro que incluyera la palabra “Ana”, pero que además no fuera de los que conocía, como Yohana o Anabella. Buscaba algo más rimbombante. Recordé que un tío solía anteponerle a todo el artículo “lo” (lo Oscar, lo Adolfo, lo chicos, lo mesa, etc…). Cuando llegaba a casa y preguntaba por mi mamá, decía: “¿dónde está lo Ana?”. Ahí se me ocurrió fusionar este “lo Ana”, y le agregué la hache intermedia para que quede más fantástico. Así surgió Lohana. Berkins lo adopté cuando fui más grande y tuve de una historia de amor medio platónica con un chico norteamericano, cuyo apellido me sonaba parecido a como se pronuncia Berkins.
OC: -¿Cuándo eras chica tenías amigos, amigas, novios?
LB: -Tenía mi bandita: la Dalia, la Iris, la Odile, quienes eran mis amigas y chicas muy bonitas.
OC: -¿Qué hacías con ellas?
LB: -Eramos chicas de pueblo, las tremendas del pueblo. Todas eran más grandes que yo, y ellas salían con camioneros, que allá era “la” diversión. Bueno, y yo también fui novia de un par de camioneros cuando recién había entrado a la secundaria.
OC: -¿A los trece?
LB: -Si, la verdad es que era tremenda.
Singular feligresía
OC: -¿Qué pasó después?
LB: -Me fui metiendo en la calle, en un mundo que era muy difícil. Siendo aún niña tenía que negociar en un espacio de adultos. Así fue como conocí a La Pocha, una travesti salteña, que era la gran madraza de nosotras. Todas las que habíamos sido echadas de nuestros hogares íbamos a parar a su casa.
OC: -¿De qué modo diste el paso de la casa paterna a la prostitución en la calle?
LB: -Empezó como un juego. Había que vivir de algo y esa casa debíamos sustentarla, porque La Pocha no trabajaba. Había que poner lo que en el léxico travesti se llama “la diaria”. Pero insisto en que empezó como un juego y después se fue convirtiendo en la única forma de subsistencia, acompañado con la cárcel y golpizas.
OC: -¿Cómo fue ese recorrido inicial?
LB: -Me fui a Salta, así de bien atrevida, y llegué a la casa de mi tía, quien vive en un barrio. Una noche, por ejemplo, me fui al centro y me encontré con un chico (allá no se usa mucho la palabra gay, ese es un término de grandes ciudades. Se les dice maricas) Entonces me encontré con una marica y me dijo que podría trabajar en el Parque San Martín. Y aunque esa vez no llegué al Parque, ya presentía que quería buscar un mundo que estaba por ahí, y que era mi espacio, donde no iba a ser censurada. Eso lo pienso hoy, no en su momento, pero fue algo así como una búsqueda.
OC: -¿Por qué no llegaste al Parque San Martín?
LB: -Porque me llevaron presa. Ahí fue el inicio de un raid ininterrumpido de encierros, violaciones, abusos y maltrato. Creo que las travestis somos de las pocas personas que conocemos casi todas las cárceles y comisarías del país.
OC: -¿Y de esa comisaría adónde fuiste a parar?
LB: -A la casa de La Pocha. Ahí se vivía una estructura de hogar y también una economía cooperativa, donde compartíamos todo. La Pocha era la madre, la que impartía las reglas y nos cuidaba. Esa relación madre - hija travesti duró muchos años hasta que ella murió. Incluso todos los veranos volvía a su casa. La Pocha falleció hace unos años y su velorio fue como el gran acontecimiento en Salta. Hasta el propio gobernador le tuvo que mandar una corona. La casa quedaba en el barrio Villa San Antonio, que eran manzanas y manzanas de casitas donde las chicas y las travestis nos dedicábamos a la prostitución. En el invierno hace un frío que te la regalo y trabajábamos con los braseritos encendidos. El barrio queda en el bajo, a orillas del Río Arenales, un río de dos centímetros de agua que cruzábamos cuando venían los milicos a reprimir.
OC: -¿Qué hacías ante la represión?
LB: -De acuerdo a cómo estaban de pesados los milicos iba rotando entre el Parque San Martín y el Cabaret 1514 hasta que volvía al barrio cuando amanaiba la persecución. Y así un día llegué al cabaret Macumba Internacional, de mejor nivel que el 1514, y conocí a la primera travesti con tetas: Mónica Mayo. Era una rubia descomunal, yo quedé enloquecida y la acribillé a preguntas sobre cómo había sido, cuándo, y cuánto. Confirmé mi sospecha de que nosotras podíamos tener tetas. Ahí dije “a mi no me para nadie” y me fui al centro de Salta. Me convertí en la primer travesti en hacerlo, porque el circuito céntrico era sólo para las mujeres prostitutas. Tuve mis problemas pero fui ganando posiciones centímetro a centímetro, paso a paso, cuadra a cuadra, con los codos, con las uñas, con los dientes, hasta llegar al podio, al sitio que todas las putas queríamos llegar: la esquina de la Catedral de Salta.
OC: -Singular feligresía la que anhelaba ese espacio…
LB: -Sí, ni te cuento el horror que causábamos. Estamos hablando del centro de la provincia más conservadora de la Argentina. Pero fijate la hipocresía: los mismos que se horrorizaban de día nos contrataban de noche.
OC: -¿Cuánto te llevó llegar a esa esquina?
LB: -Más de un año, varias palizas y muchas noches en cana. En el país gobernaba la dictadura. Yo tenía 15 años y recuerdo que me sentí una reina.
OC: -¿A pesar de la cana y de los milicos?
LB: -Sí. Todos los años yo era la Reina del Carnaval de Salta en la famosa murga “Los caballeros de la Noche”, que incluía sólo a travestis. Antes se llamaba “Arde París”, pero cuando los milicos llegaron con el gobernador Capitan Ulloa, no dejaban salir a murgas de travestis. Entonces mandamos a la hermana de La Pocha para que nos inscribiera y finalmente lo logró. Si le poníamos “Arde París” se iba a notar que había una relación directa con las mariconas, pero ¿quién iba a sospechar de Los Caballeros de la Noche? Cuando anotó la murga le preguntaron de qué era, y la hermana de La Pocha contestó que se trataba de chicas y muchachos disfrazados de época. Cuando llegamos al carnaval y salimos a desfilar, ¡ la policía se puso loca ! Por lo que al final fuimos todas presas. Muchas maricas se habían metido en otras murgas, pero de varones, nosotras insistimos en salir al carnaval siendo nosotras mismas.
OC: -¿En qué otra ocasión te sentiste una reina?
LB: -El día en que me miré desnuda frente al espejo luego de hacerme las tetas. Me las operó un médico en Brasil. Eran siliconas de verdad, no eran “siliconas para pobres”. Igualmente me agarró una infección y el médico no me dio ni bola, porque había sido una intervención ilegal, trucha, sin condiciones óptimas de higiene y cuidados. Aún así, ese fue el día más feliz de mi vida. Cuando vi que mi cuerpo tenía tetas no me importó del dolor, la fiebre, el riesgo, nada. Si hubiese muerto ahí, hubiese muerto feliz.
“Ser travesti te cuesta la vida”
OC: -¿Qué son exactamente las siliconas para pobres?