DOSUBA: AGD - UBA solicita el apoyo de los docentes universitarios a su proyecto.

 


 


DOSUBA sigue con la confiscación salarial. Como lo denunciamos en diciembre del año pasado, el Consejo Superior a través de la resolución 1409/10 impuso un tope mínimo de aporte a la obra social de 80 pesos, que afecta a todos los cargos docentes con dedicación simple cualquiera sea la antigüedad (salvo para titulares comprendidos hasta los 20 de antigüedad) y con dedicación semiexclusiva en una escala que va de los adjuntos (con cuatro años de antigüedad) hasta los ayudantes de primera (con 12).

En los casos de ayudantes de primera y segunda, implica descuentos de más del 10% del salario frente al 3% que estipula ley.

La AGD inició una campaña de denuncia y presentó un proyecto de resolución, que se tratará hacia el 23 de marzo en la Comisión de Presupuesto del CS, en la cual reclamamos la derogación de esa resolución confiscatoria.

Asimismo recibimos innumerables denuncias en torno a los cobros de coseguros -de 15, 20 y hasta 35 pesos- y sobre amenaza o caída de prestadores ante la falta de pago de la obra social.

Queda sobradamente claro que se pretende descargar sobre nuestros salarios la crisis y el desmanejo de la obra social.

En el marco de esta campaña llamamos a todos los docentes a enviar su adhesión al proyecto presentado para fortalecer nuestro reclamo.

Ver proyecto

Envia tu adhesión al proyecto de la AGD. Reenviá el mail a agd@mail.fsoc.uba.ar con tus datos: Nombre y Apellido, DNI, Facultad.

Metáfora de la perpetuidad (APE).





Metáfora de la perpetuidad (APE)



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Por Claudia Rafael 

(APe).- Desde aquellos viejos tiempos en los que el sentido de la escuela estaba forjado con énfasis en el impulso al desarrollo productivo y en el culto a la nacionalidad pasaron casi 130 años. Aquella decisión sarmientina de favorecer y dirigir simultáneamente el desarrollo moral, intelectual y físico de todo niño de 6 a 14 años fue pilar central en el armado de un sistema que preveía en su entramado no sólo las nociones básicas de lecto-escritura o matemáticas sino que promovía toda una moralidad propia de la época y apuntalaba las herramientas necesarias para el trabajo y la defensa militar del país.

El guardapolvos blanco -pintura escolar ineludible y simbólica- metáfora de la pureza y la igualdad, alegoría del férreo control y de la no-transgresión, nos conduce de lleno a nuestra propia infancia y a nuestras propias angustias al ser zambullidos de repente -con tablas o sin ellas, con cuellito almidonado o sin él- en un mundo al que, cuando tímidamente llegábamos por primera vez, intuíamos como un océano demasiado grande y adverso para nuestra propia pequeñez. No era demasiado difícil darnos cuenta de que detrás de una puerta o más allá de un pasillo podrían saltar sobre nosotros monstruos voraces que en un solo movimiento amenazarían con devorarnos. Tan lejanos estábamos a un paraíso mullido y a la plazoleta de juegos sin tiempo ni final.

Desde su mismo origen, la escuela representó esa pertinaz contradicción entre sostener como pilar un sistema rígido en manos de los sectores que sustentaban el poder económico y político con esa grieta constitutiva de otorgar herramientas a grupos lejanos y ajenos a la hegemonía de la Nación.


Cuando Carlos Skliar escribió que hubo algún momento en la historia “imposible de descifrar en el enmarañado del tiempo escolarizado, en el que la vida -nuestra vida, la vida de ellos y de ellas, la vida de los otros- escapó en sigilo de la escuela. Ignorada, traicionada y transformada en simulacro, la vida salió de la escuela. Nadie lo percibió. Y nadie parece haber reclamado absolutamente nada” se hermanaba con aquel Jauretche que garabateaba sabiamente la noción de la eterna rayuela, el tajante corte entre dos mundos que nos hacía andar por la vida con un pie sobre cada línea demarcada con tiza.

Hoy es posible bucear en estadísticas que reconocerán que el 58 por ciento de los argentinos entre 25 y 64 años (como escribe La Nación “la fuerza de trabajo”) no completó la educación media. Cifra que se tornará más dramática aún cuando se conoce que en países como Canadá sólo el 16 por ciento no alcanzó ese nivel educativo.

También que hay una tasa de deserción nacional del 16 por ciento que trepa siete puntos más arriba en la provincia más rica y poblada de la Argentina.

Y aún más: hace apenas un año atrás, el ministro de Educación de la Nación Alberto Sileoni reconocía que “en el quintil más pobre” la deserción escolar es del 30 por ciento mientras que en el quintil menos pobres, es del 6 por ciento.

Cuando hacia 1883, un año antes de la Ley 1420 la tasa de escolaridad entre los 7 y los 14 era del 29 por ciento se estaba muy lejos de aquel 70 por ciento que alcanzaría en 1930 y más aún del 95 por ciento de lo que desnudaba el censo de 1991.

Hay miles de razones que confluirán para que ése sea –como en una suerte de sino obligado- el camino que embocarán cientos de miles de chicos y chicas cada año.

Aunque no siempre se trata de abandono.

Porque ¿cuáles son las huellas indelebles que deja la escuela en nuestras vidas? No se quieren escuchar, demasiadas veces, las voces de los niños y niñas que encontraron en el infinito y enriquecedor espacio del recreo el único tiempo contenedor y de alegría dentro de ese edificio enorme y ajeno, que suele dar miedo, que está invadido por adultos que tantas veces no escuchan ni acarician, que olvidaron hace tanto que la infancia es una geografía de payanas y barriletes.

Tal vez la clave estaba en la voz de Frei Betto cuando decía que todo comienza al demostrarle a las personas que tienen boca. La clave está, en definitiva, en hacer volar las palabras, en ponerles alas, en esa alquimia maravillosa que deviene de entremezclar las letras y las ideas, cargándolas de emociones y de sueños, de historia de vida y de herramientas de trabajo.

Peligrosa paradoja de la vida es la que ofrece la escuela. Puede ser (y lo viene siendo tercamente) estructura anquilosada y expulsiva, que deja rencores o aburrimientos como único emblema para nuestras memorias cuando sabe muy bien que podría desprenderse de todas esas vigas pesadas y apropiarse de la palabra, puente inexorable para la vida. Puede seguir siendo brazo bancarizado de un sistema que toma a sus niños como rehenes para su propia perpetuación o puede zambullirse con ellos en una danza de de risas y una ronda de arcoiris y abrazo. En la que escuchar no será mala palabra. En donde abrir el juego a sus relatos, permitirá construir un nuevo abecedario en el que no estén prohibidas ni la equidad ni la ternura, venerar la memoria y desmadrar de una vez y para siempre esa estructura vetusta que buscó y sigue buscando que sus niños no sean niños sino una pieza maleable al servicio de su propia infinitud.

Los Qom, muertos de futuro y sed (APE).

 


 


Los Qom, muertos de futuro y sed (APE)


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Por Silvana Melo


 


 


(APe).- Cuando Tanqui se robó el fuego para repartirlo a los suyos creyó que las llamas arderían eternas. Como el Prometeo griego, el Tanqui de los tobas les arrebató una chispa a los poderosos para iluminar el camino de los mariscadores, para encender las ramas secas del invierno, para cocer la carne que alimenta el cuerpo y pone el alma en alerta para defender la comunidad. Es decir, lo que sostienen ab-origine en común. Desde el principio de todos los tiempos: la tierra, el aire por donde surcan los pájaros, la lengua de sus dioses. Pasado y futuro en un piso de historia construido por todas las sangres cosidas a tientos, a piel de los muertos de 500 años.

Como a Prometeo, a Tanqui no se le perdonó el fuego raptado. La maldición de los poderosos suele caer como lluvia igualadora y persistente en los tiempos sobre la comunidad de las cabezas. El despojo de todo, el acorralamiento en los rincones cada vez más mínimos del bosque, el desmonte brutal que les arrancó el alimento del árbol y el bicho que se caza y se come -todos se fueron, huyendo de la topadora y algunos no volvieron jamás, ya no existen-, los palos para quitarles la tierra pequeña que les queda y que no se puede talar ni unisembrar porque están ellos ocupándola con esas flacas vidas, el exterminio a través del hambre, los niños asesinados por la ausencia de alimentos, el agua podrida, el médico que no viene, el funcionario que no comprende la lengua, el gobernador que les manda la policía y el plomo o los abandona a la muerte del corazón seco sin agua ni pan, allá ellos con su cultura.

Cinco siglos se pasaron cortándoles las piernas, la historia y las raíces. De a millones se cuentan los muertos que dieron de comer a las palmeras y a los montes intratables. Nadie penetraba en la selva verdinegra como ellos. Si al fin y al cabo era de su sangre. Nadie como ellos se entendió con los carpinchos y los aguará guazús que se dejaron cazar y comer porque sus huesos se mezclaron en el barro de la tierra conquistada.


Los tuyuyú cuarteleros que todavía les sobrevuelan el cielo, aunque sea minúsculo ya, tienen como ellos la memoria genética de la masacre de octubre de 1947. Donde medio millar de pilagás fueron ametrallados por la gendarmería en Rincón Bomba. Era también en Formosa. No gobernaba el Gildo pero está claro que Tanqui quiso robar el mismo fuego y así reaccionan los ladrones universales. Desde Pizarro que la punta de la Argentina no veía tanto muerto toba. Tanto crimen por reclamar lo propio, paradoja loca del despojo. La tierra es nuestra desde que apareció. Desde que K´ ata la desplegó como alfombra a nuestros pies, desde siempre y para siempre.

El 23 de noviembre la policía de Gildo, los brazos armados del Gobernador, los Payak de Insfran, los que como Payak sorben la sangre de los enfermos hasta matarlos -lo hacen con las balas como en Formosa, en Salta con el hambre como cuestión cultural-  atacaron a sangre y a fuego a la comunidad La Primavera, dejaron morados y quebrados los cuerpos famélicos de los qom, quemaron sus chozas, su par de frazadas y sus zapatillas de soga, los amontonaron en celdas, les quitaron el agua, los mataron de cuerpo y de alma.

Gildo está en su trono como si nada. Los qom cortaron la ruta, silbaron al cielo y pusieron tres trapos en un hatillo para venirse a la capital. Que es donde atiende Dios y el Poder, en la Oficina de Despojos. Se armaron una carpita en la 9 de Julio, aturdidos por el ruido y el pavimento y la gente y hace tres meses que el Poder no los ve. No los siente. No los recibe. No existen. No son. Sólo fantasmas de hambre que se mueren desnutridos en Formosa, en Chaco, en Misiones, en Salta. Como wichis, como tobas, como qom. Es lo mismo para el Gran Escritorio del Saqueo. Los diezma el chagas, la tuberculosis, el veneno de los agrotóxicos que protegen la soja y les desgarra los pulmones. Porque se los rocían sin verlos. Porque no existen.

Les matan a sus niños igual que a moscas. De hambre inexplicable. Para que no puedan reverdecer. Para que no retoñen. Que se vuelvan viejos. Acostillados. Famélicos. Muertos de futuro y de sed.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos anduvo preguntándole al Estado argentino cuáles son las medidas que adoptó para proteger a los integrantes de la comunidad del pueblo Toba en Formosa. Después del desalojo de la ruta 86, de la muerte y del saqueo de sus casas por parte de la policía de Insfran, la CIDH fue convocada por la Defensoría General de la Nación y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). La respuesta a la pregunta parece clara. Las medidas no son. El Estado es ciego, sordo, mudo. Los tobas qom son invisibles. No existen. Están muertos –como lo planeó la historia de los siglos- de futuro y de sed.

Las cabezas del poder, los que andan con las orejas sordas y el alma sin sensores, tienen premio. El bello gobernador de Salta es intocable. El Gildo tiene la piel de acero porque es aliado. El Clos de nombre francés que gobierna Misiones -con casi 300 niños muertos por hambre y mil al borde- está en las fiestas de privilegio y será otra vez candidato. Los wichis, los tobas qom, la negritud cachorra, no están en ninguna agenda. No los ve el Poder ni los que aspiran a ejercerlo. Ni los que gobiernan ni los opositores. Todos indiferentes y en disputa por retazos de ese poderío. Por si la CIDH vuelve a averiguar: los tobas qom no existen. Para nadie. Son invisibles. Están muertos de futuro y de sed.

Si no que les pregunten a los aguará guazús. A los pichis. A los carpinchos. Que ya no tienen monte. Que ya no corren de los que vienen a mariscar. Que se consumen en los plantíos sin sombra. Con el único paraguas del tuyuyú que pasa de vez en cuando. Muy de vez en cuando.

La democracia es un crimen (APE)

 


 


La democracia es un crimen (APE)


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Por Alfredo Grande     



“si las palabras pudieran comerse, yo habría hecho algo para terminar con el hambre”
(aforismo implicado)



EL HAMBRE ES UN CRIMEN. Las políticas gubernamentales no nutren, ni abrigan, ni abrazan a nuestros niños más pobres, que son los modos de ejercer el amor y la esperanza. La vida no es un sueño azul, es una infancia de penas. Nuestros pibes mueren en racimos en Misiones, en Formosa, en Salta, mientras les diluyen sus vidas entre los dedos, como arenilla de ternura. Con el corazón intacto de urgencias nuestros pibes caen impactados por balas policiales o por el filo devastador del paco. No hay porvenir posible si los trabajadores no cargamos sobre nuestros hombros a los niños en una ronda de domingo. No hay futuro en un país que los condena. No hay utopía en un país que los desaparece. Con ternura Venceremos.

Alberto Morlachetti. Coordinador del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo.

Pablo Micheli Secretario General de la CTA.


(APe).- Quizá haya vida después de la muerte. Pero lo que en verdad me preocupa es que no haya vida antes de la muerte. No podemos llamar vida a cualquier cosa. La vida no es bella, por cierto. Pero lo hermoso es ese esfuerzo cotidiano por embellecerla. Trabajo de alfarero que de la tierra, el agua, el barro, modela lo bello y lo útil. Para embellecer la vida, hay que tener ganas, hay que tener flores, hay que tener amor, hay que tener alegría. Nada de eso sobra, todo de eso falta para cientos de miles, para millones. Yo solo veo a uno, dos, quizá veinte por día. Los veo, casi nunca los miro. A veces, el billete arrugado, y entregado con urgencia, sirve para pagar el peaje y continuar transitando por la autopista de la indiferencia. Quizá no haya vida antes de la muerte. Después de todo, morir es dormir un poco, como me explicaba un paciente terminal en la guardia del Clínicas.

¿Cuántas personas hay, en este momento, tan cerca de dormir un poco, aunque en ningún registro figuren como pacientes terminales? Si el hambre es un crimen, ¿dónde están los asesinos? Y los copartícipes necesarios, y los cómplices, y los indiferentes, y los que se benefician aumentando precios, manteniendo el iva a los alimentos básicos, escamoteando las ofertas y ocultando las marcas mas baratas?

El hambre llego para quedarse. Nosotros, clase media, media clase, no sentimos el hambre. Hablamos de él. Lo invocamos, lo convocamos, pero no lo encarnamos. Yo nunca tuve hambre. Un apetito atroz, versión light del latigazo que arranca las tripas. “Me muero de hambre” es una expresión tan mentirosa como aquella amenaza de suicidarse con un grisín. Pero hablamos como somos. Exagerando cuando hay que ser prudente; siendo precavidos cuando es necesario ser audaz; inflexibles con los débiles; piadosos con los crueles. En algún momento de nuestras historias, y de las historias que precedieron a las nuestras, algo salió mal. Se perdieron piezas fundamentales, partes vitales que nunca más se encontraron. En algún momento, había vida antes de la muerte. O al menos, había lucha para que así fuera. O al menos, existía la íntima convicción, que mas temprano que tarde, los pobres comerían pan, y los ricos, mierda, mierda.


Se intentó luchar contra la pobreza. Nadie intentó luchar contra la riqueza. Se prometieron derrames de champán, y apenas hubo inundaciones de aguas servidas. Colectas anuales, asignaciones mensuales, rifas semanales, monedas diarias, pero el hambre siguió, aumentó, se escondió, se disfrazó, se disolvió en el anonimato cobarde de un registro único. Confesión de parte de que lo único que se tiene es el registro. Pero las estadísticas sirven para mentir, pero no para comer.

Registrado o no registrado, el hambre sigue matando, deteriorando, preparando al cuerpo para que acepte variados venenos, incluyendo discursos de campaña. Pero si el hambre no fuera suficiente, la cultura represora, buena para nada, mala para todo, reserva como postre, café y jerez, el gatillo fácil, las torturas en comisarias y cárceles, la trata de niñas y niños para varidas formas de esclavitud.

Pero el hambre está siempre. Donde hay miseria, tristeza, terror, enfermedad, mugre, violencia, abuso, además, siempre, siempre, siempre, hay hambre. Y no se trata de una catástrofe natural. Ojala lo fuera. Es una despiadada catástrofe cultural, un tsunami político, económico y cultural.


Hambre y aumento de la obesidad. Toneladas de alimentos que, para aumentar sus precios, y también aumentar las ganancias de los productores, y aumentar los impuestos que reciben los estados, deben necesariamente eliminar excedentes. La tierra es depredada desde hace mas de un siglo, y sus hijos son macerados con todas las necesidades no satisfechas.

En nuestro país, el granero del mundo, el hambre es un crimen agravado. Por es un crimen que tiene premeditación, alevosía, que se repite en forma continua, cuyos efectos no desaparecen sino que por el contrario, se agravan. Es una forma de eutanasia social, tan miserable, tan mezquina, tan cobarde, que tan solo conectarnos en la plenitud de esta masacre, nos indigna, nos conmueve, nos aplasta, nos agobia. Y nos hace sentir que ni siquiera tenemos derecho a preguntar que hay para comer, que deberíamos antes de comer no rezar para agradecer sino maldecir por todos aquellos que en ese mismo momento, no tienen ni tendrán.

Es posible que todo esté perdido. De todos modos, si podemos ofrecer el corazón de la rebeldía total, de una insurrección de los sentimientos, de armar la lucha con todos los medios, incluso los legales, como decía Lenin, entonces, quizá, no es seguro, probablemente no, tendremos derecho a masticar algo. El hambre es un crimen. Con este hambre, con este hambre de todos los días, no hay dios, ni diablo, ni santo, ni pecador, que me convenza que esta democracia no es crimen.

Cuba es de los cubanos, Sr. Obama.

 


 


Cuba es de los cubanos, Sr. Obama.


 


Virgilio_Ponce


Por Virgilio Ponce



Me siento indignado al leer la noticia:  "Obama dice que defenderá el derecho a la libertad del pueblo cubano", que derecho tiene el Sr. Presidente de EEUU, a inmiscuirse en nuestros asuntos.


Los cubanos no necesitamos que él, su gobierno, ni nadie fuera de nuestro país se comprometan a defender nuestros derechos. Nuestros derechos lo sabemos defender muy bien, lo hizo Hatuey, lo repitió Céspedes, Maceo, Martí, Mella, Camilo, y muchos más desde que comenzaron las luchas; el mil veces heroico pueblo cubano lo hizo en Baraguá, en el Moncada, en Girón y lo sigue defendiendo hoy en esta dura etapa que le impone el bloqueo y la crisis internacional. Los anónimos cubanos que están en las fábricas, en la agricultura, en las aulas, en los hospitales, en los barcos, en las misiones en el exterior, en los servicios, en las unidades militares, etc. saben defender sus derechos a la libertad, que es el derecho a la educación, a la salud, al respeto, a la seguridad, a la vida.

Sr. Obama su compromiso será con Posada Carriles y compañía, con mi hija, con mi padre, con mi familia, con mis amigos, con mi pueblo en Cuba, lo único q hace Ud. es continuar el criminal bloqueo impuesto hace más de 50 años, que limitan la vida de los cubanos, que mucho daño causa y que es la mayor violación de los derechos humanos.


Ud. no apoya nuestro pueblo, Ud. apoya a los terroristas que han matado muchos cubanos, Ud. no quiere el progreso de Cuba, Ud. quiere que Cuba sea de nuevo una neo colonia vuestra, si Ud. quiere evitar sufrimientos a nuestro pueblo, ponga fin al criminal bloqueo a Cuba ya y así evitará más daño a nuestro pueblo.

Deje de inmiscuirse en nuestros asuntos Sr. Obama. ¿Por qué no pone en libertad a los CINCO antiterroristas cubanos presos en sus cárceles?

No digo más, solo pido a las personas honestas del mundo, que no se dejen engañar, Cuba quiere paz, necesita paz y que la dejen seguir en su proyecto.