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Condena a hambre perpetua (APE)

Perpetua

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Hay una solapa del mundo que se llama Santa Victoria Este. Que se cae de Salta como Salta se cae de la vida tantas veces. Asoma apenitas, Santa Victoria Este, hacia el nacimiento del Paraguay. Y de reojo mira a Bolivia, tan fronterizo de ambos es ese pueblo donde los niños wichis se extinguen como fueguitos. Débiles y sin brasa, la muerte los apaga de un soplo. Y se acabaron. Entonces el resto de Salta puede ir viviendo distinto, haciéndose otra Salta, la glamorosa y la linda, la del sol y las flores y el estético gobernador y la actriz bella desposada por el príncipe ultramontano.

Hay una visera del mundo que se llama Orán. En el lomo de Salta está Orán. Donde los pibes se desmayan de hambre en el secundario de la escuela 5175. Donde los docentes decidieron que había que darles de comer para que pudieran conectar con las ciencias naturales o la construcción de la ciudadanía. Que no hay construcción ni ciudadanía si los chicos no comen de noche  ni desayunan de mañana. Y languidecen de hambre seis de cada diez.

Salta es un punto en el mapa de la desigualdad. Donde los bellos y pulcros aparecen en vidrieras y pantallas. Donde los Otros desaparecen ni bien asoman al mundo. Quedan al margen de la vida corriente hasta que aparecen cuando se mueren, en algún párrafo de alguna noticia, en algún medio que sopesa a qué debe interesado puede cargar esta deuda.

Los bebés wichis son desaparecidos por origen. No existen, no son, no se ven.

Como Andrea Ruth Gómez, que apenas llegó a vivir seis meses. Estaba totalmente deshidratada. Vivía como sus padres, como se podía. Rodeada de necesidad, amputada de derechos. Manjar de los parásitos, vecina de la basura. Se la llevaron de Santa Victoria Este a Tartagal. Apareció cuando se le vino la muerte, el 16 de agosto. No pudo ni asustarse por la tormenta de Santa Rosa. Ni tiempo de jugar, de empezar a reírse, de que alguien le diga feliz cumpleaños.

Como el segundo niño wichi que tuvo menos suerte que Andrea Ruth: apareció con la muerte el 9 de agosto. Pero sin nombre. Tenía un año y seis meses. Tenía bajo peso y estaba deshidratado por un cuadro de diarrea grave. No llegó al hospital de Tartagal. Y no hay más datos de su trayectoria.

“En este momento se están analizando las situaciones que han podido llevar al niño a morir”, dijo la secretaria de Servicios de Salud. Deberán analizar, entonces, el saqueo ancestral de las tierras, la expulsión cotidiana para el desmonte y el monocultivo, la decisión del desalojo definitivo para la construcción de edificios y de countries, el avasallamiento cultural, la condena al hambre y a la penuria. Es decir, la política sistemática de exterminio.

Se habrán preguntado también cómo llegó a morir Brenda un par de meses antes, en mayo. Vivía en el paraje La Medialuna y tenía dos años. En el norte de Salta los niños con bajo peso se cuentan de a centenares. Desde 2014 murieron ocho por desnutrición. Algunos, los privilegiados, saltaron a una pantalla de televisión. Que los mostró con rostro y palabra encendida. Con una indignación de vidriera que duró ciento veinte segundos, bajo la tutela implacable del minuto a minuto.

Tan desaparecidos están que el juez manda a destruir 60 mil cunas del plan investigado (1). Son inseguras para niños de mayor peso, dice. Los niños wichis no tienen cunas. Duermen sobre trapos en el piso. No tienen peso suficiente como para romperlas. No fueron favorecidos por el plan. Ni por una mirada piadosa del juez. Que prefiere destruirlas en un acto inquisidor para el gobierno que fue. Y no destinarlas a los niños que sobreviven.

Con el plomo en la sangre (APE)

Basural

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Plomo, glifosato, endosulfán, 24-d, mercurio, cianuro. No se calzan uniforme ni apuntan con la 9 mm. Son los asesinos silenciosos, arteros, de los cesanteados del futuro por origen. Por marca en la piel. Los que matan sin balazos por la espalda, sin la hambruna construida. Son asintomáticos hasta la conquista total de los huesos y la sangre. Voraces con el cerebro y con la hormona perdida que segrega de a gotitas un flojo porvenir. El plomo suele ser el rey de los criminales. Porque es artero. Es la bala del exterminio. Y es lo que respiran y aspiran los niños en la vera del Riachuelo. El plomo es un aniquilador serial. Asma, trastornos neurológicos, retrasos madurativos, malformaciones, intoxicaciones y cáncer rondan a los niños que abren las puertas de sus casas al Riachuelo, cloaca de decenas de miles de industrias. Sergio está convencido de esa consigna palmaria que Alberto Morlachetti echó a andar hace años y que es hoy: el hambre es un crimen. Y los niños no sólo mueren en esta tierra por enfermedades parientes del hambre y sus hermanas. También mueren por lo que comen y por lo que respiran.

El plomo es un visitante extranjero en los cuerpos de los chicos. Para la Organización Mundial de la Salud “No existe un nivel de exposición al plomo que pueda considerarse seguro”. El Ministerio de Salud de la Nación, sin embargo, “tomó como valores tolerables la presencia de hasta 5 µg / dl (microgramos por decilitro de sangre)”. Sergio Val prefiere quedarse con el planteo de la OMS: “la presencia de concentraciones menores a esta medición por tiempo prolongado también puede provocar” las enfermedades descriptas.

Si la OMS, que es insospechable de ser una entidad transformadora, considera que cualquier nivel de plomo es peligroso y que el glifosato es cancerígeno, el cimiento ideológico de la salud pública de estas tierras pacta con la concepción economicista de la naturaleza y el mundo. Puestos al servicio de una generación despiadada de riqueza que nunca –jamás- se distribuye entre aquellos a quienes se enfermó, se cesanteó, se expulsó, se condenó al agua tóxica, al aire envenenado, a la tierra corrompida. Fundamentalmente los niños. Porque “La capacidad de absorción gastrointestinal es cinco veces mayor que en el adulto, la eliminación es menor y la deficiencia de hierro y calcio en la alimentación aumenta la absorción del plomo”, dice el informe que armó Fundación Che Pibe y que presentará esta noche.

El tejido óseo suele darle albergue al 95% del plomo que entra en el cuerpo. La ausencia de nutrientes aumenta la absorción. El plomo es secuaz de la desnutrición y la anemia: sustituye al calcio y al hierro. Entonces en Fiorito, como en Inflamable, como en la 21-24, los niños corren por patios comunes, minados por basureros industriales, por cementerios de autos, en tierras contaminadas por el óxido, el plomo, el manganeso y el asbesto de las pastillas de frenos. Las Cortes, los Acumares y los funcionarios firman en sus escritorios lejanos los decretos de remediación del suelo. Pero el remedio no llega nunca. Ni para la tierra ni para los chicos de Fiorito o Inflamable. Sin hierro pero con plomo, sin calcio pero con agrotóxicos, sin luz segura ni agua limpia.

Por la cuenca baja del Riachuelo viven más de 8 millones de personas, repasa Sergio Val. “En menos del 0,1% del territorio del nacional vivimos casi el 19% de la población, una verdadera locura demográfica”. En los terrenos donde se han erigido los barrios del sur “existe una grave situación de contaminación ambiental, debido a la presencia de fábricas que han vertido durante décadas sus desperdicios de alto contenido tóxico a los arroyos, al suelo y al aire, sin ningún tipo de control o sanción por parte de los estados municipal, provincial y nacional, lo que hace que nuestras familias tengan que pasar sus días en uno de los 8 lugares más contaminados de todo el planeta”. Por Che pibe pasan cotidianamente los niños atravesados por el envenenamiento sistémico. Por el saturnismo social que les tiene reservado el plomo de la bala policial o el plomo que tajea los pulmones.

Abigaíl: La parte del veneno (APE)

Abigail

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Hace ya casi una década que se dice que las aguas del Paraná, a la altura de San Nicolás, son tóxicas. Que se las envenena sistemáticamente desde la planta de Atanor. Dicen también en estos días que el río está intoxicado en todo su cauce. Que recibe los siniestros jugos de las fumigaciones que bajan a su correntada desde los campos sembrados de Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires. Desde ese suelo que es donde el cielo remonta el vuelo en el Paraná. Enfrentado a Atanor, en el coletazo del río que pasa por San Nicolás, está el barrio Química. Donde la gente trazó un mapa de la muerte, con 200 cruces en pocas manzanas. El cáncer parece haberse concentrado en un espacio que le resulta amigable. Donde puede discurrir, extenderse y sembrar metástasis con la lógica del glifosato. En esta foto del río y del barrio Química plagado de cruces y del San Nicolás del acero y la virgen -que a veces no milagrea en los barrios olvidados- hace poquitos días se murió Abigail. Se murió en el Garrahan, donde la llevaron después de pasar por Rosario y no encontrar remedio para un monstruo oncológico que se le metió en el cuerpo con apenas seis años.

En el Garrahan se cruzó con Mercedes Méndez, enfermera de cuidados paliativos, hastiada de ver morir a niños fumigados que llegan desde Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe. Harta de verlos padecer “a partir del genocidio por goteo”, como llama a las lluvias ácidas, a las derivas y a los sueños envenenados por los agroquímicos.

“La cuenca de todo el Paraná está contaminada con glifosato”, escribe Patricio Eleisegui y dice la cuenca de todo el Paraná. Glifosato y después Ampa (ácido aminometilfosfónico), que es su degradación. Llovido el río por el lixiviado de la siembra directa y transgénica (que no funciona si no es con agroquímicos), por el agua pesada que cae en su cauce bajando de los sembrados, de los sojales, de los maizales. El informe pertenece a Alicia Ronco y Damián Marino, investigadores del CONICET.

Un año y medio atrás, la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) a través de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), determinó que hay evidencias como para relacionar el glifosato con el cáncer. Andrés Carrasco murió aislado por la ciencia oficial cuando demostró las deformaciones embrionarias causadas por el glifosato. Y solamente a partir del principio precautorio -cuando no se sabía si era perjudical o no pero se sospechaba- debió haberse protegido a la gente del glifosato. A los perros, a los pájaros, a los niños, a las madres con niños en el vientre.

A Abigaíl también se le volvía camalote el corazón, crecida en ese retacito de la cuenca del río que daba a San Nicolás, a Atanor y al barrio Química. Y a los venenos malditos de un cuento que no tenía brujas ni monstruos sino gente de verdad, propiciando lo que Mercedes Mechi Méndez, la enfermera del Garrahan, llama “masacre con víctimas casi siempre anónimas y responsables con nombre, pero sin castigo”. A la sirena de alarma en el nombre de San Nicolás la escuchó en la voz de la tía de Abigaíl, cuando “en medio de tanto dolor” habló de la vida en el barrio pegadito a Atanor. Que produce glifosato, 2-4D, endosulfan, clorpirifos, atrazina. Todos muy peligrosos, prohibidos en Estados Unidos y/o Europa, varios permitidos en la Argentina en banda verde (escaso peligro), todos de alto poder residual, la mayoría potencialmente cancerígenos.

Ana y Octavio, lejos de la maravilla (APE)

Justicia

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Ana María Semczuk se preparaba para escindirse, en esa fragmentación prodigiosa que transforma en dos vidas lo que era una sola. A las 35 semanas sintió que se le contraía el vientre. Y que Octavio tenía una perentoria decisión de vida propia. Ella, con Fernando y Macarena, la familia que armó y por la que se jugó yéndose de Apóstoles a Iguazú, vivía en la ciudad de la séptima maravilla. Cuando murieron, ella y Octavio, la ocupación hotelera estaba a un 95%. Los turistas habían dejado casi 170 millones en la provincia. Pero el Estado les dio la espalda. La salud pública hizo esperar horas a Ana, después la trasladó a cien kilómetros, la atendió con displicencia y no evitó que el prodigio cotidiano de la vida que se hace dos, fuera desbaratado violentamente por la muerte. Una cómplice eficiente de las estrategias de selección y descarte de un estado capitalista con prioridades claras y fundacionales. Donde no caben las Anas ni los Fernandos que migran buscando mejor vida, ni los Octavios que nacen sintiendo que esa sublime maravilla que pretendió descubrir Alvar Núñez cuando llegó al continente, puede salpicar buena suerte.

Pero salpicó muerte. Tal vez por el llanto ancestral de aquel dios celoso de la bella Naipú, que había elegido a un mortal. Y en la leyenda guaraní, echó el agua abajo por despecho. Sus lágrimas sagradas se desencadenaron furiosas buscando la canoa donde Naipú huía con su amante de carne y hueso. O acaso es la catarata sistémica la que se lleva a las Anas y los Octavios. Sin magia ni leyenda.

Ana fue a parir al Hospital Samic de Puerto Iguazú. Dice Fernando:

-Llegó a la guardia y al ratito, a las 9.30, rompió bolsa en la sala de espera.

-Un médico hizo escuchar los latidos del corazón del bebé pero nunca llevaron a Ana a una sala de parto.

-Cuatro horas más tarde comunicaron el traslado al Samic de Eldorado porque en Iguazú no había cama.

-La distancia era de cien kilómetros. La ambulancia llegó 13.30.

-“Yo iba adelante y escuchaba cómo gritaba. Escupía sangre. El bebé se ahogaba. El médico y una enfermera iban atrás. Nunca pararon.

-“Cuando llegamos al Samic de Eldorado, nadie nos esperaba. Los médicos estaban mirando una telenovela. Abrieron la sala de parto y a los diez minutos nació el bebé. Por parto natural”.

-Octavio ya no vivía. Ana murió al otro día.

Ellos llegaron desde Apóstoles a Iguazú buscando horizontes más piadosos. Esperando que salpicara la buena suerte desde ese llanto divino y pluvial. Séptima maravilla del mundo que tal vez les rociara purpurina de los dioses a esa vida tan árida y tan insegura de la tierra misionera. Tinta como la sangre. Ella tenía 29 y 15 años junto a él. Octavio Natanael sería su segundo hijo, después de Macarena. Pero la semana pasada Fernando tuvo que ofrendarlos a la mamá Pacha y no podía entenderlo. Hasta ayer serían cuatro. Hoy, apenas dos.

Cómo explicarles (APE)

Tunel

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Cómo hacer. Cómo explicarles un tiempo que siempre les es adverso.

Cómo decirles que cuando ellos andan en patas y en remera en pleno julio, pisando el suelo venenoso que pisan, no es porque ahorran gas: no tienen gas. Ni frazadas para envolverse. Ni una bolsita de sueños como combustible. No es porque ahorran electricidad: los funcionarios dicen que están colgados. No es porque en las casillas con puerta de nailon negro hay losa radiante. Es porque la garrafa es inalcanzable. Y de la garrafa nadie habla. Porque la garrafa es el unicornio de los pobres.

Cómo explicarles que el auto más vendido del semestre fue la Toyota Hilux. Si en el barrio no se ven. Salvo cuando anda el transa, muy de vez en cuando. Y siempre es mala señal.

Cómo podrán comprender que el presidente del Banco Nación va a repatriar unos pocos dólares suyos en el exterior como para zafar. Pero el resto quedará fuera de las fronteras de un país de arenas movedizas. Porque no confía. Cómo podrán comprender que la ex Presidente volvió a comprar los dólares que antes había vendido. Porque no confía en un país de arenas movedizas. Cómo, si en casa no es posible luz y alimento a la vez. Cómo, si en casa ya no es posible la carne ni el tomate ni la polenta calórica de agosto. Y no hay tiempo ni espacio para ensayar la confianza.

Madres para el subsidio (APE)

Madre

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Tan pibas se embarazan. Más de ciento quince mil por año son madres y tienen menos de 19. Cada día nacen ocho bebés hijos de niñas menores de 15. Que no saben, que no creen que les vaya a pasar, que no son conscientes, que no querían pero las obligaron a querer, porque son pobres, porque el Estado les niega educación y anticonceptivos, porque se clausuran los programas que los entregan, porque son mujeres, chiquitas y mujeres, porque buscan abatir la soledad histórica y heredada, porque no quieren que él se vaya y él se va lo mismo. Pero para un tal Dindart, es porque les dan una asignación como premio.

Un tal Dindart que fue ministro de Salud de Corrientes y dijo lo mismo, cuatro años atrás, cuando le aparecían nenas de diez y once años con embarazos después de violaciones. Y que lo repite ahora, impune, cuando las alianzas políticas lo colocan como presidente de la Comisión de Familia de Diputados (a la que tuvo que renunciar en estos días). En ese espacio estratégico dice que las pibas se embarazan para cobrar la AUH. Y no importa su apellido, que es Dindart. Importa que es una idea, un principio, una tendencia que ahora se llama Dindart pero tiene centenares de nombres y apellidos en el poder, sepultando derechos y abriendo una brecha profunda entre los privilegiados y la otra humanidad, la pequeña y residual.

Casi el 16 por ciento de los niños nacidos en el país tiene madres de menos de 19 años. Una cada 5 minutos se vuelve madre. Muchas no terminaron el primario, la mayoría deja la escuela, gran parte encara la maternidad en soledad y la aprenden con la violencia de la vida impuesta sin deseo.

Según el Ministerio de Salud Pública en 2011, el 21,18 % de los nacidos anualmente en Corrientes tienen madres adolescentes. Casi 6 puntos por arriba de la media nacional. En 2012, cuando en Entre Ríos y Corrientes niñas de 10 y 11 años fueron sometidas a la maternidad a partir del vejamen primero y de la brutalidad institucional después, la directora del Hospital Vidal de la provincia del tal Dindart, hablaba de “un 30% de embarazos adolescentes”. Mientras Dindart decía “se embarazan porque tienen un recurso económico como premio por haber tenido un hijo”.

Ese ministro de Salud, que ahora es diputado y que, como zorro en el gallinero, fue elegido presidente de la Comisión de Familia de la Cámara Baja (1). Una amarga burla sistémica. Una clara definición de un rumbo, personalizado en alguien que fue radical y que ahora es cambiemos pero es un ícono y ni siquiera tiene sentido que sea un nombre. Porque es parte de la cosmovisión capitalista, de la urdimbre de poder, del marco teórico donde se inscriben algunas célebres notas como la de Clarín del 5 de abril de 2009: “La fábrica de hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado”.

Niños enfermos (APE)

Niños enfermos

Imagen: Jonathan Darby

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- El barrio de niños enfermos que Córdoba urdió bajo el nombre de "Héroes de Malvinas" es una fotografía determinante de la segregación moderna. Más de 30 familias almacenadas en un arrabal donde sus chicos se esconden de la mirada de la normalidad social pero a la vez no tienen acceso cercano a un centro de salud. Sus chicos no se ven pero además viven en casas no adaptadas, andan en sus sillas por calles sin rampas y esperan hasta la muerte una ambulancia que tarda tres horas en llegar a un corazón quebrado. La lógica de segregación de aquello que incomoda ha evolucionado en sutileza y tecnología en consonancia con la progresión cultural del hombre. Del manicomio al guetto: del encierro edificado al barrio como aislamiento con perfiles de ciudad. Del panóptico de Bentham al gran hermano de Orwell: de la cárcel convencional con un ojo que todo lo ve a la lógica vigilante en el crudo negocio de las cámaras de Montoto y el control social de Deleuze.

El barrio se extiende hasta el límite y casi se cae de la capital cordobesa. Pensado para “relocalizar” a gente de Villa El Tropezón, la mayor parte no aceptó la mudanza. Y las casas quedaron vacías. Entonces se decidió aprovechar esa lejanía estratégica para acopiar padecimientos que disgustan el normal funcionamiento social: Santiago, 11 años, con piel de cristal, Tomás, con marcas en la piel y huérfano de un padre que lo rescató de un incendio que finalmente lo devoró, Briana, en estado vegetativo después de un “error” en el Hospital de Niños, Marianita, que sobrevivió a un accidente ferroviario pero perdió una pierna, Dylan, que cayó de la bicicleta y quedó con cuadriparesia espástica, Sheyla y Yamila, dos mellizas con graves problemas pulmonares, Zaira, de seis años, con un corazón envejecido, José, que recibió un balazo mientras jugaba a la pelota en un potrero. Y veinte más, a los que Ary Garbovetzky visitó profusamente para el excelente informe publicado en el diario Día a Día.

Las 30 familias (que coinciden en espacio geográfico también con algunos veteranos de Malvinas y mujeres víctimas de violencia de género) no comparten entre sí más que el martirio de sus niños. Y la fiesta de obstáculos para la sobrevida cotidiana y para la propia subsistencia que los arquitectos de esta suerte de guetto moderno estructuraron. Un hospital a cuatro kilómetros sin pediatras de guardia. No hay unidades de atención primaria ni consultorios ni una posta sanitaria. Las ambulancias se pierden en un barrio tan invisible que “no figura en los GPS ni aparece en Google Maps”. Será que a nadie le interesa asistir al suburbio de los niños en silla. O con la piel de escamas. El psicólogo comunitario Sebastián Bertucelli, citado por Ary Garbovetzky, sostiene una mirada certera: “parece un caso de erradicación de personas con problemas de enfermedades crónicas para ponerlas en un lugar alejado. De nuestra vista, pero también de sus redes familiares o sociales”.

La pobreza, la enfermedad cronificada, la vejez y la infancia improductivas, la negritud originaria, norteña, conurbana y periférica, engordan la bolsa social de excedentes. Un container clavado en las ochavas de las sociedades para depositar prolijamente aquello que no encaja.

Acaso el barrio "Héroes de Malvinas", en la punta de Córdoba, sea un avance en modelos infraestructurales como el sobreviviente leprosario de General Rodríguez, donde siguen viviendo aquellos que ya están curados desde hace más de 40 años. Pero parecen haber asumido esa calidad de desecho social con que les marcaron la piel.

Capitalismo de la devastación (APE)

Micaela

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Hubieran sido un espectáculo juntas: Micaela amaba el patín. Y Milagros, el baile. Habían nacido en el mismo año. Y podrían haber armado juntas la fiesta que debió haber sido la vida. Aunque una viviera en una casita tucumana de La Cocha, con puerta trasera de nailon negro. Y la otra en Bahía Blanca, con modesto cuarto de muñeca y alto celular. Doce años tenían. Las dos. En una tierra brava donde se mata a las nenas por mujeres. Y por nenas. En una tierra brava que no tiene fronteras sino tentáculos sistémicos que determinan qué niños tienen que morir para que todo siga como está y nadie se anime a dar vuelta el mundo como una media. Y qué niñas tienen que morir para que todo el mundo recuerde que el poder es patriarca, capital y dios.

Milagros se quedó sin futuro ni carnaval. Elástica en la comparsa, contorsionista en la tela. Esa noche estaba sola y dormía. El hombre pudo entrar porque la puerta trasera era de nailon. Y ella vivía y dormía en un mundo enorme sin límites fronterizos. Ni medianeras para la muerte. El hombre era conocido. Había sido pareja de su madre. Primero vulneró su esquina de dar vida, su semilla de mujer aun en retoño. Y después la murió, como se mata a las flores silvestres.

Micaela se quedó sin ese deslizarse por las calles cortadas de la vida. Por donde la llevaban los patines, curiosa en ese despertar a tanto mundo. Pero el peligro acecha en todos lados. El capitalismo tira hilos, enhebra, hilvana, teje, desliza. Y atrapa. En la calle o en el cuarto. En el baldío o en la pantalla. Construye un mundo falaz donde es muy simple ser otro. Donde la mentira es la herramienta de seducción. Y el antifaz globalizado permite llegar a quienes en la plaza o en la vereda sería imposible.

En ese patio de la impostura que es el Facebook, donde los lobos se visten de princesa y los monstruos hablan como niños. Allí donde se comparte con multitudes en la soledad de un cuarto. Y donde los androides del sistema, quebrados, atravesados por la miserabilidad pero ordinarios, grises, parecidos al resto, se disparan de pronto como una máquina dislocada y matan a las niñas por niñas, por mujeres, por infancias, por carrillones alegres y bellos puestos para mejorar tanto amanecer oscuro.

Donde los hombres cercanos, padres, tíos, padrastros, se convierten en un peligro pavoroso. O aparecen en los chats con nombres de chicas de 12 (Rochi de River para Micaela), amigas a las que se puede confiar la discusión de anoche y pedirles refugio. Quién no soñó con embolsar muñeca, remera y zapatillas e irse de casa en el momento justo en que la infancia es una ruta libertaria. Y hay mil mundos inexplorados que prometen ser mejores.

Te va a ir a buscar mi primo, le escribió Rochi a Micaela. Que en realidad era Jonathan Luna. Los dos: Rochi y el primo eran Jonathan Luna. Flaco, menudo, pelo llovido, cara pequeña de rasgos filosos, cara de haber crecido con poco nutriente. Como el pibe que mató a Guadalupe (también de 12 años) en Rosario. Tiene 16 y fue construido pacientemente para destruir y destruirse.

Jonathan Luna estaba preso. Vio la calle en 2014 en una salida transitoria. No volvió y nadie lo buscó. El sistema funciona con lo disfuncional del sistema. Quien debe estar preso mata a una nena. Entonces aparecen los coreutas de la mano dura. Y piden penas terribles, muerte y ajusticiamiento en plaza pública: el sistema funciona con su disfuncionalidad. Cuando apareció el cuerpo de doce años, al borde de una ruta, como se arroja a la mujer y a la infancia, como basura que alguien recogerá, un pelotón de vecinos -tal vez alguno de ellos haya puesto en tela de juicio moral a Micaela mientras no estaba- incendiaron la casa de Luna. Se quitaron la indignación instintiva, vomitaron su inercia violenta y se fueron a casa, a preparar mate. La justicia suele ser un valor divorciado de las instituciones.

La dieta de Messi y los pibes baldíos (APE)

Pibes - Pelota

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- “Inmessionante”, fue el adjetivo que la Pepsi creó para Messi y logró que el diccionario de la RAE lo incluyera en 2013. Esponsoreado por la gaseosa rival de Coca Cola, Lionel había sufrido once lesiones musculares entre 2006 y 2013 y vomitaba antes de cada partido, replicado por millones de pantallas en todo el mundo. En un potrero de José León Suárez o del Gran Rosario, mínimos messis de diez o doce años corren un sueño chiquito combustionado por grasas hipersaturadas, con papas fritas que ni siquiera son las Lays que promociona el ídolo extraterrestre sino bolsitas pringosas sin marca conocida, que es a lo que puede acceder. O la Pepsi que a veces es Pepsi y otras una imitación marrón en vaso de plástico, que al último trago es el mismo veneno con un gramaje de azúcar desproporcionado para un cuerpo pequeño y sus músculos en formación.

Los pibes del acá lejano, los que no accederían jamás a un nutricionista como el de Messi, tampoco podrían nunca comer como él. Por eso el 31 por ciento (cifras de UNICEF) es gordo o corre riesgos de serlo, es diabético o lo será, tiene el colesterol malo alto o se le subirá cualquier día.

A Lio la magia le volvió a los pies y la plasticidad al músculo cuando su médico recién adquirido le puso en la mesa los cinco alimentos que, dice, serían como la Infinia de YPF para el cuerpo: “agua, un buen aceite de oliva, cereales integrales y frutas y verduras frescas biológicas, o sea no contaminadas con pesticidas, herbicidas y demás, porque eso hace mucho daño al organismo. También son muy buenos los frutos secos y las semillas".

Los enanos del potrero de Monte Quemado o de Lomas del Mirador se desgarrarían en la primera exigencia. Ocho de cada diez verduras o frutas de las que podrían comer -si económicamente fueran accesibles- están contaminadas con funguicidas, insecticidas, plaguicidas, acaricidas. Como las espinacas azules de endosulfán (un tóxico de uso prohibido en Estados Unidos), de un color que no se iba ni con el agua, que descubrieron los chicos del Hogar Juan XXIII de Gerli. La Universidad de La Plata realizó un estudio revelador (“Relevamiento de la utilización de agroquímicos") que pone fatalmente en tensión la certeza de que consumir verduras es comer sano. Por su parte, los alimentos orgánicos son inaccesibles por el costo. Y el Gobierno Nacional quitó las retenciones a su exportación, por lo que lo saludable cruza las fronteras y los venenos se disuelven en los huesos de los cracks de canchita baldía.

Los pibes del acá lejano comen lo que pueden y mueren por la Lays y la Pepsi que publicita Messi en enormes anuncios en pantallas led. Pero que ya no come ni bebe. Porque no son más que alimentos ultraprocesados, con toneladas de azúcar, sal y grasas trans “que es imposible que alguien coma para luego correr dos horas una cancha enorme”, dice la investigadora y periodista Soledad Barruti. “La teoría ' no importa lo que comas, lo importante es que te muevas ', que repiten cada vez que pueden Coca Cola o Pepsi a modo de deslindarse de cualquier responsabilidad sobre la epidemia de obesidad y diabetes tipo 2, es mentira”, asegura la autora de "Malcomidos". “Ninguno de esos jugadores comen papas fritas con gaseosas ni desayunan Zucaritas. Y si lo hacen les va bastante mal”.

Alberto Rovira, médico principal de San Lorenzo, dijo a La Nación por qué es imposible que los chicos del acá lejano, en el potrero o en los clubes, se alimenten saludablemente como Messi. Aunque la nafta súper de la que habla el nutricionista parece no esconder nada más de lo que cualquier especialista sabe. Más allá del costo de los alimentos sin pesticidas ni herbicidas, “hacer una estructura de alimentación orgánica para 30 jugadores es muy difícil; porque después hay que trasladarla a los cuatro días que comen en su casa”. Y “hay muchos chicos que en inferiores sólo comen en el club".

Entre la chocolatada y la 9 mm (APE)

Policia Juvenil Catamarca

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Cuatrocientos pibes catamarqueños tendrán acceso a una ética cúbica y destemplada: fueron anotados por sus padres en la flamante policía infantil que la fuerza acaba de crear. Como un brazo pequeño de la insolencia educativa con que los formadores de policías suelen administrar la factura de hombres armados.

Cómo absorberá un niño de seis años el vínculo de la chocolatada con el espíritu patriótico. Que es lo que pretende elevar el proyecto minipolicial, como una actividad extracurricular avalada por un estado que busca jugar la ficha represiva donde el destino se juega a la rayuela, aun sin cielo en el horizonte.

La policía catamarqueña exhaló la resolución 343, escondió sus propios muertos en el placard, olvidó a los cuatro adolescentes que murieron quemados en la alcaidía en 2011 y publicó en Facebook la convocatoria para chicos entre 6 y 14 años con objetivos sublimes como "elevar el espíritu patriótico y cultural de los niños, apoyando la educación escolar y familiar a través de múltiples actividades que contemplan todos los derechos del niño y promueven su acercamiento comunitario, inculcándole valores y el respeto de las normas sociales para una armónica convivencia en sociedad".

Más allá del convenio que Catamarca firmó con el Ministerio de Seguridad de la Nación en 2011, para la erradicación de policías y gendarmerías infantiles. En estas tierras las fronteras entre la ley y la desley son lábiles. Los convenios suelen desmemoriarse. Y la palabra se diluye.

¿Habrá un puente entre el fulbito y la violencia institucional? ¿Hay una calle que se cruza desde la play compartida al pibe suicidado por la espalda? ¿Qué estrategia institucional, qué botones sistémicos se activan para que a los ocho años se lo formatee de víctima a victimario?

¿Cómo será el camino a los 14 para no recibirse de niño en descarte fumando en la ochava de tierra y sí graduarse de uniforme en protector del dealer?

¿De qué valores habla el Facebook de la policía de Catamarca? ¿De los mismos valores que la policía mendocina le asestó a Sebastián Bordón? ¿Los mismos que la rionegrina le puso por la espalda a Diego Bonefoi? ¿O los de la bonaerense contra Luciano Arruga o los chicos de la Carcova?

Habría que preguntarse por los padres de un niño de seis años que buscan “disciplina” alistando a su hijo en la policía. Para liberarlos de “malas juntas” (sic de los comentarios en Facebook) los incrustaron como a piedras en la estructura de la seguridad armada. Quién define qué juntas son malas o peligrosas o poco recomendables. Pero hay una ventaja: el único gasto para papá y mamá será la compra del uniforme. Que no será botines y cortos para probar suerte en Defensores del Norte. Sino la gorra para llevarse la pelota a la hora en que dispone que no se juega más.

Valores que se transmiten

Claudia devorada por los monstruos (APE)

Claudia - Corazon

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- El sistema no crea lobizones que se devoran a los niños en luna llena. No inventa minotauros que los pierden en sus laberintos para merendarlos luego, cuando llegan a sus fauces, mareados y temblando.

El sistema crea monstruos dentro de la gente amiga. De padres, padrastros, vecinos. Activa los botones ocultos de la crueldad. Desata el horror en la gente ordinaria, que va a la iglesia, que trabaja, que es capaz de amar. Conecta los cables que despiertan al femicida, al asesino ciego, al infanticida, al abusador, al filicida.

Claudia Lima tenía el cabello largo y ondeado. Se lo recogía y lo peinaba para atrás. Entonces dejaba libre su carita de diez años, su piel mate, de ojos marrones y nariz pequeña. Estaba en la iglesia ese martes 5 de abril cuando su hermanita lloraba, en total disconformidad con la liturgia. Ella se ofreció a llevarla a casa. Y no se la vió viva nunca más.

Apareció en un basural, estragada por la perversidad de los monstruos. Que son vecinos, gentes comunes, hombres que dan de comer a sus hijos, les ponen la mano en la frente para ver si tienen fiebre, van a la iglesia. A la misma iglesia de donde salió Claudia, a sus diez años mínimos, inquieta como una mariposa, saltando en una sola pierna en el barrio Caritas de Santo Tomé. Desde el martes la buscaban todos. Tal vez hasta los hombres vecinos lobizones feroces católicos de parroquia pobre la buscaran.

Dicen los que conocen el pueblo correntino que Claudia vivía en un barrio alejado, de difícil acceso, donde no llegan los servicios ni las ambulancias ni los colectivos. Ni el Estado. Donde el agua no es segura, el alimento no abunda y los huesos de los chicos crecen porosos. Como la textura de las mañanas.

Cerca de la casa de Claudia hay un montecito pegado a un basural. Ahí la encontraron. A cuatro cuadras de la vida diaria la muerte le cortó las cuerdas. Fueron dos, tres, quién sabe. Dicen que iban a la misma iglesia. Que se cruzaban en el barrio en busca del pan cotidiano. El sistema no diseña dragones que vomitan fuego para calcinar niños: coloca un chip maldito en la cabeza de la gente amigable. Le desata una furia aluvional. Los convierte en femicidas. Infanticidas. Asesinos de mariposas recién desnudas de crisálida.

Dengue, zika y las pobres causas (APE)

Agrotoxicos - Piovano

Foto: Pablo Piovano (*)

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Donde hay una enfermedad, aparece un negocio. Lo saben aún sin saberlo los chicos que en los confines hacia arriba de esta tierra viven entre el calor, el agua podrida y la extrema necesidad. Y no nacen derechos, como decía Eva para una posteridad que la enmarca en los altares pero no la baja a tierra. “El capitalismo en cada problema tiene una oportunidad de negocios”, sintetiza Medardo Avila Vázquez, médico de pueblos fumigados.

Es la desigualdad de siempre, la misma desigualdad que atraviesa la historia y crea bacterias, virus, vinchucas, mosquitos y enfermedades destinadas a apaciguar el crecimiento de las multitudes confinadas, sin identidad ni futuro. Enfermedades cómodas para encontrar chivos expiatorios para sus causas y deslindar las verdaderas, en honor de los negocios descomunales que se tejen alrededor. Enfermedades que no eran letales y, de un momento a otro, aparecen asociadas con la muerte.

Entre marzo y abril, el dengue y sus hermanos mellizos (chicungunya y zika) llegan a su punto máximo. Y durante todo el verano -mientras los Médicos de Pueblos Fumigados trataban de correr en aterradora soledad los telones de la mitología que la medicina oficial y la industria de los agronegocios tejen en consonancia- se esparció el pánico oficialmente. Y se colocó del lado de la gente, la responsabilidad del nacimiento, vida y muerte del aedes aegypti. Monstruo social y sanitario de estos tiempos. "Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas", decía Ramón Carrillo. Los mosquitos también.

No sólo es con la muerte que se aterroriza. Es, fundamentalmente, con las malformaciones en los niños nacidos de madres enfermas de zika. Microcefalia y alteraciones en el desarrollo que desde el Estado -los Estados- pusieron a acechar la llegada a estas costas de la vida de los chicos del sur de Brasil y del norte argentino. A los que les toca un desembarco gris, con promesas de vida breve, confinada siempre a las afueras sistémicas, sin recursos ni potencialidad para transformarla.

El dengue mata. El zika malforma. Pero la pobreza, la miseria y la desigualdad aniquilan niños de a racimos. Y malforman las ramas del arbolito que va tejiendo, hoja por hoja, el porvenir. El veneno sistémico que llueve sobre las gentes para fertilizar la soja y el maíz, para matar la mala hierba (incluidos pibes y perros, malezas sociales de la época) o para aniquilar al aedes aegypti va a la tierra y al agua. Indirecta o directamente. De eso hablan los médicos de Pueblos Fumigados, cuando denuncian la alta improbabilidad de que el zika sea el responsable de la microcefalia. Y buscan esas causas en los larvicidas utilizados para eliminar el mosquito. Que las madres beben con el agua. Es el negocio que nace con la enfermedad el que impide que la alternativa a una verdad única y hegemónica, tenga la difusión imprescindible.

Medardo Avila Váquez habla con APe cuando los mosquitos arrecian en nubarrones. Y las campañas son para descacharrar y no para despobrezar, desmiseriar y descalabrar las patas del capitalismo con veneno para la desigualdad. Fue subsecretario de Salud de Córdoba ciudad cuando los casos de cáncer en los niños del barrio Ituzaingó le encendieron una luz de alarma y fue él mismo quien comprobó la huella de las fumigaciones en la ropa, en los juegos de los chicos, en los patios, en las escuelas. Ahora les llueven, a los médicos, cartas documento. Que son como los fosforados: paralizan. Es la justicia como herramienta para desestabilizar la resistencia.

El zika tiene seis décadas de desarrollo. Y las epidemias previas, dice el informe de Médicos de Pueblos Fumigados, “no generaron malformaciones en recién nacidos, a pesar de infectar al 75% de la población de los países”. ¿Por qué ahora mata y malforma?

La factoría de desigualdad (APE)

Cartonero

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- La inflación a los pobres les vacía la mesa. Al revés del mito cristiano, los multiplica a ellos y les retacea los panes. De los peces, ni hablar. La inflación, apenas una ampolla en una enfermedad expandida, es una fábrica en sí misma. Una factoría de la desigualdad. Una manufacturera de injusticia. El 10% más pobre de la población perdió un cuarto de su capacidad de comprar en los últimos cuatro meses, lo que implica un temporal sobre una casita de bolsas.

La investigación del Conicet (realizada por el Centro de Innovación de los Trabajadores) habla del impacto asimétrico del brote inflacionario de los últimos meses, a partir de una monumental transferencia de ingresos a sectores de mayor poderío económico. Es decir: el aumento de los precios castiga con mano impiadosa a los que ya vienen flagelados en la mayor parte de los tramos de su historia. Porque lo que se encarece no es más ni menos que la supervivencia: la inflación a los pobres les vacía la mesa. Les corta la luz. Los condena a una salud de cuarta, barata, deshospitalizada, desmedicamentada. Los deja en la calle. Los desnutre.

La inflación fue un detalle negado para el gobierno anterior. Y se convierte en un detalle negado para éste.

En 2007 el gobierno anterior intervino el INDEC y despidió a sus responsables. Para asestarles un antifaz a los números. Y que fueran otros. Patéticos.

Ocho años después el gobierno que prosiguió al anterior (es decir, éste), repone a los antiguos responsables. Anuncia que no habrá índices por un año. Pero los vuelve a despedir -a los responsables- porque no soporta la presión política.

El mismo índice del Congreso que Patricia Bullrich le asestaba a CFK apareció con el rostro de Sergio Massa. Y fue brutal.

Ahora se busca el IPC de San Luis para tener una pedestre referencia.

La inflación sigue sin existir porque nadie la mide. Es un detalle negado desde hace nueve años.

Pero convulsiona y fabrica pobres en serie. Que parecen cifras aplastadas en expedientes, manos y piernas apretadas en carpetas y cerradas con esfuerzo dentro de cajones de los que por ahí, de vez en cuando, se escapa una tos. Y alguna calle cortada.

Porque son hombres, mujeres, chicos con huesos descalcificados, adolescentes en dificultoso proceso de vida, viejos en desesperanza. Millones amontonados en villas y asentamientos y otros tantos en desparramo por donde vayan las huellas del aguante. Rabdomantes de la sobrevida.

Para ellos y para una clase media cenagosa que está siempre al borde del abismo los últimos cuatro meses -desde que se comenzó a jugar con la devaluación hasta que se concretó se remarcó tres veces- el poder de comprar se perdió dos veces más que para los más privilegiados. Para los perdedores se redujo casi un 24 % la capacidad adquisitiva. Para los más exitosos, apenas un 11.

Tierra envenenada y espinacas azules (APE)

Maiz trans

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Cuando Luis y sus chicos del Hogar Juan XXIII descubrieron las manchas azules en las espinacas, supieron que ese esfuerzo de producirlas sin la estética de los grandes shows de color y photoshop de las frutas y verduras industrializadas, tenía sentido. En un mercado donde cada día se desmitifica que comer verduras sea comer sano, cuando el Gobierno quitó las retenciones para que se exporten los productos orgánicos (pero no para que los coman los chicos que se alimentan de hormonas y agrotóxicos), cuando se devalúa para mimar el cultivo y la exportación de un cereal que sólo alimenta a los cerdos chinos y a los niños de las escuelas pobres del norte, los venenos entran por la boca y por la leche materna.

En un modelo con pocas chances de retorno, la investigadora Soledad Barruti pasó por las chacras del conurbano donde tantas veces se aplican agroquímicos por las dudas y en dosis desmedidas (abonando una rápida resistencia del bicherío); la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la UBA (CaLiSA) y la Universidad de La Plata hicieron análisis en las lechugas y en los morrones y encontraron endosulfán y clorpirifós, entre otras maravillas. Y los chicos del Hogar Juan XXIII de Gerli (en el sur del conurbano) descubrieron las manchas azules en las espinacas, que no se iban ni lavándolas.

A muchos medios les resultó extraño -y hasta ofensivo- que la CaLiSa de la Facultad de Medicina de la UBA pidiera, en setiembre pasado, que los vecinos acercaran verduras de hoja, morrón y naranjas para analizar cuánto veneno traga la gente junto con su alimento diario. Tanto sus resultados como los de la misma cátedra pero de la Universidad Nacional de La Plata tuvieron escaso eco. Es que son un golpe certero al modelo que agota la tierra, la intoxica y la desnutre. Son una desmentida a que la salud está en la ingesta de verdura. Y a los nutricionistas que aconsejan comer todo con cáscara.

Es que el veneno irrumpe en la sangre de los chicos y sale por la orina cuando chupan una naranja, cuando comen lechugas con manchas azules indelebles, con la leche materna, con el algodón y los isopos. Con las derivas de las fumigaciones a sembrados cercanos, en la escuela y en el patio de la casa. Con las fumigaciones directas con clorpirifós para matar el aedes y evitar el dengue pero envenenando el agua que se va a tomar, como se espantó el médico Medardo Avila Vázquez en diálogo con APe.

La clave en la tierra

Dice Luis Espósito: “con los pibes militamos la consigna ' el hambre es un crimen ' ”, médula del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo. Por eso saben que la clave está en “la tierra, que nos provee la vida y el alimento”. Aprendieron de los pueblos originarios “la urgencia de recuperar la alianza con la naturaleza, aún en esta enorme ciudad”, dice desde la granja de Gerli. Hacer con las manos aquello que se puede comprar y armar la mesa del mediodía con lo que brota de la granja es también “amasar otra utopía de la vida”. Que incluye “no violentar a la naturaleza, dejarnos enseñar por la tierra”.

En eso estaban cuando cierta desilusión se descolgó al ver que sus lechugas, que costaban tanto esfuerzo, no eran tan perfectas, tan verdes, tan hermosas como las exhibidas en los mercados. Entonces salieron a recorrer verdulerías. Y descubrieron esas hojas con manchas azules. “Vamos a seleccionar y apartar éstas”, dijeron. Y se las llevaron para mandar a analizar. “De todos modos, lo que no tenía manchas, tenía también el veneno adentro”.

La investigación de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) encontró que ocho de cada diez verduras que se exhiben y se venden estaban contaminadas con agrotóxicos. Que se usan para matar a los bichos en los sembrados pero también generan graves consecuencias en el desarrollo intelectual y físico de los niños. Se analizaron 60 muestras de frutas y verduras. Había plaguicidas en el 83% de los cítricos y zanahorias. En el 78% de los morrones. Y en el 70% de las verduras de hoja. Casi el 77% tenía al menos un agroquímico y el 27,7% tenía entre tres y cinco tóxicos. Endosulfán (como en las espinacas que descubrieron los chicos de Gerli, aunque está prohibido desde 2013 en la Argentina), lambdaciolotrina, clorpirifos y cipermetrina. Y, además, varios funguicidas.

Soja y venenos

Envenenadores sistémicos (APE)

Tierra viva

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Los envenenadores sistémicos se han quitado, sonrientes, las máscaras. Y gobiernan. Ya no en las sombras. Sentados en los sillones máximos. Exhibiendo a sus niños y a sus corbatas. Y firmando actas de defunción de cerros y ríos. El modelo extractivista -como se llama al sistema vampírico que deja anémica a la tierra e intoxica el agua y el aire- ya tiene sus delegados formales en el gobierno. En algunos casos, personajes fundacionales en el generoso presente con que, en 1993, el país ensalzó a las megamineras: el régimen de estabilidad fiscal. Fue Daniel Melián, hoy secretario de Minería, el padre amante de ese pequeño monstruo al que hoy, veinte años después, le concede la mayoría de edad con la supresión de las retenciones. Justo en estos días cuando se conoce la pericia de la Federal emitida en diciembre: cinco ríos envenenados después del derrame de un millón de litros de agua cianurada en setiembre de 2015.

La nación puede determinar que no se cobrarán más los derechos de exportación de las entrañas de la tierra y perder 3.300 millones de dólares al año. Pero se encoge de hombros ante los controles, porque sólo pueden ser ejercidos por los gobiernos provinciales. Que suelen ser rehenes a partir de sus desgracias financieras: cualquier canto de sirena que ofrezca consumo y puestos de trabajo temporales es alojado generosamente, sin detenerse en secuelas mínimas, como cerros volados, agujeros desérticos en la tierra, ríos envenenados, fauna y flora alterada, pueblos fantasma y graves consecuencias en la salud y en la vida.

La Nación (1) ejemplifica con la mina La Alumbrera, de la suiza Glencore, que “en 17 años aportó 4.820 millones de pesos al fisco de Catamarca y los 663 millones de pesos que aportó en 2014 solventaron los presupuestos de dos ministerios y dos secretarías de Estado”. También en 2014 la mina Veladero, de la canadiense Barrick Gold, “hizo compras a proveedores de San Juan por 1.505 millones de pesos y esas compras sostuvieron las arcas provinciales a través del impuesto de ingresos brutos”. En setiembre de 2015, Veladero admitió el derrame de un millón de litros de agua con cianuro en el río Potrerillos.

El modelo extractivista irrumpió triunfal en la Argentina de los ' 90, cuando se firmó la autorización para la transgénesis de la soja y se llamó a las inversiones megamineras con un voucher obsequio, un kit de leyes irresistible que consistía en entrar, disponer, volar, contaminar, pagar el 3% a boca de mina y vaciar. Dejando las migas del banquete en la panza vacía del suelo. Las leyes comenzaron a promulgarse en 1989 y fueron sembrándose durante diez años; varias de ellas, fueron conceptualmente paridas por el regresado Daniel Melián. Un régimen jurídico que convirtió a la megaminería en la actividad extractiva más beneficiada del país. Y que subsiste hoy, sin que ninguno de los subsiguientes representantes políticos haya rozado siquiera la tentación de alterarlo.

La ley 24.196 de Inversiones Mineras le concedió a la minería un régimen de Estabilidad Fiscal por treinta años. Ningún mortal de estos pies del mundo hubiera soñado algo así: “esto significa que los sujetos alcanzados por estos beneficios no pueden ser afectados durante ese plazo por la creación de nuevos impuestos, el aumento de alícuotas, impuestos aduaneros, la derogación de exenciones otorgadas, la eliminación de deducciones admitidas, etc., tanto a nivel nacional y provincial como municipal” (2).

La última estación (APE)

Yo soy Luciano

Foto: Claudia Rafael

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Es tarde de un sábado y al barrio 12 de Octubre lo recorren en calma los ecos de una cumbia, los flacos que en la esquina apenas se sostienen con la pared, el pibe con la pelota mirando hacia la plaza. La plaza que se llama de prepo Luciano Arruga. Por la prepotencia de la dignidad, como corresponde. La plaza, tan cerca de donde lo levantaron un verano ardiente y ya nadie lo volvió a ver vivo y de pie.

A pocas cuadras, lo que fue el destacamento de la seccional Octava de Lomas del Mirador. Una casa de estética setentista, de piedra mardelplata en el frente, con un cartel que deja algunas cosas en claro: “en este destacamento fue visto por última vez con vida Luciano Arruga”. Aquí se lo torturó. Aquí se lo martirizó.

Otras cuadras más acá está la casita blanca, con la silueta de la cara de Luciano grabada en la pared. Ahora está rodeada de rejas. Una paráfrasis del discurso de la clase media acomodada, la que presionó para que se emplazara el destacamento en el barrio. Nosotros estamos entre rejas y ellos no, dicen los vecinos de bien detrás de la alarma, al paso de un pibe con visera hacia atrás.

Mónica Alegre tiene autoridad para decirlo desde su lugar de víctima sistémica. Nosotros estamos entre rejas y ellos no. La policía, que quiso trepanarle la dignidad. La justicia que lo desoyó. La política que lo ignoró. La policía que lo largó a correr en una madrugada tenebrosa a la vera de la General Paz. Para que huyera, descalzo, mareado y alucinado y cruzara la avenida inmensa mientras el patrullero lo observaba de lejos. Y un auto lo levantara por el aire y el patrullero vuelta en U, misión cumplida.

Después, su peregrinaje feroz, su cuerpo en un hospital cualquiera, la negativa de su presencia a su madre y su hermana, el entierro veloz como NN (nunca nadie, nadie nadie, la ficha sistémica para los pibes pobres y morochos y dignos, de esos que complican el engranaje) en la Chacarita y la aparición de sus huesitos cinco años después, huesos y solos, solos, solísimos. En un cementerio, mientras el gobernador y el ministro hablaban de un problema hospitalario. Mientras su madre lo buscaba libre y entero, lo seguía buscando.

Es sábado y es 30. Al otro día serán siete años. Número de brujas y cábalas. Pero en el mundo de acá, el verdadero, el atroz, es el número de la impunidad. La plaza está ploteada de Lucianos. Y de chicos que sonríen desde las remeras. Que son y siguen siendo desde esa imagen paralizada en la memoria. Una imagen que se detuvo en esa risa y no en el grito y el dolor.

Por el barrio 12 de Octubre bailotea una cumbia. En una casita ponen la ropa a secar en la vereda. Más allá, tres niños chapotean en una pelopincho mínima, junto al cordón. La doña hace tortas fritas. El olor brota desde adentro y la familia toma mate en la puerta. La piba pasa y sus caderas danzan bellamente. Lleva una riñonera con la imagen de Frida Kahlo y una remera que dice Justicia. Los flacos que pasan el tiempo alrededor de una birra se dan vuelta al unísono.

Dignidad, pobreza y criminalidad (APE)

Niñez - Dignidad

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- A veces no hay alternativa. Y plantarse con plato y baño a la vista de los caprichosos ojos del Estado es la única herramienta para hacerse visible. A veces no queda otra que acamparle al sistema ante sus narices. Ocuparle el zaguán o el patio o la porción del living donde recibe a las visitas. Y sentarse a esperar una respuesta. Que pase por la justicia del pan y la leche, del techo que detenga la lluvia, de la construcción de un futuro que, como un colectivo, pare en todas las esquinas. Y, apiñaditos y cantando, tenga lugar hasta el último coyita del confín de la quebrada. Hasta el último mapuche del valle volcánico. Hasta el último pibe que fuma en la Carcova.

Ahora son los chicos de Milagro Sala los que apuran el calor en la plaza que apunta a la puna jujeña. No hubo juicio para la mujer de cara surcada por la vida que fue dura, sino calabozo por acampar en la plaza que disfruta el turismo. Hay oscuras maniobras que enfrentan a Milagro con el flamante poder político jujeño, revanchas y vendettas. La intervención de su fundación (por eso le acampó enfrente a la cara actual del estado) y tanto reproche por los métodos para juntar y repartir los fondos públicos. Todo deberá discutirse en ámbitos justos, pero la protesta no es un crimen. Y no se discuten el desempleo, el hambre y la intemperie desde la mordaza y el calabozo.

Ni desde los cortes en la Panamericana de los trabajadores de Tatsa, Emfer y la autopartista Lear, atomizados a palos, balas de goma y gases por policías y gendarmes en 2014.

Ni a través del proyecto X, pensado para espiar formalmente a las dirigencias sociales y a los confinados sistémicos que planeen acamparle a entes y a empresas subsidiarias del estado.

Ni a través de la ley antiterrorista, pensada para frenar la incomodidad de la protesta en la calle por donde pasan los amigos. Una ley perpetrada para que pueda ser utilizada sin remordimientos por el Estado macrista. Hoy agradecido por la atención.

Ni desde la represión del sistema extractivista, tercerizada a través de patotas, barras bravas, sindicalistas empresarios, multinacionales megamineras, sicarios contratados por sojeros y latifundistas, etc. El acampe contra Monsanto en el barrio Malvinas Argentinas de Córdoba soporta el poder de la semillera (avalada por el Estado Nacional en 2014) y la represión espasmódica de la policía o de las patotas de la UOCRA, según los humores del día.

Ni con Bernardo Salgueiro, Rosemary Chura Puña y Emilio Canaviri Álvarez, los muertos compartidos en el Indoamericano.

Ni con los golpes a médicos, pacientes y periodistas en el Borda.

Ni con el crimen del toba Javier Chocobar en Tucumán.

El cambio y las máscaras del capitalismo (APE)

Malabarista callejero

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Probablemente no sepan qué es. Ni el pibe que deja los pañuelos tissue en los parabrisas en la 9 de Julio. Ni la doña que, con pechera fluo, barre la calle en La Plata. Ni el peón de albañil que se tuesta en pleno enero la piel marrón apilando bloques para las paredes de otro. Ni el contratado basura (degradado a desecho laboral) que va y viene, tres bondis y dos subte mediante, con las carpetas del diputado, con los expedientes del senador o con los zapatos del ministro. No tienen idea, acaso, de qué es el cambio en un sistema que nunca cambia. El capitalismo brutal (si no es brutal no es capitalismo) suele ser coqueto y travestirse. Le encanta, cada cuatro, cada ocho, cada doce años, sentarse frente al espejo y pintarse la fachada. Delineador en las cámaras de vigilancia, rimel en sus paritarias techadas, rubor en la libertad (que suele avergonzarlo), cicatricure en las marcas de los derechos adquiridos. Se viste de mujer si estaba hombre. Y viceversa.

En enero, dicen, el país suele clavarse en stand by. O estornuda los virus de diciembre. El calor en pleno cemento descuelga la conciencia a veces. Otras confina a miles, decenas de miles, a la falta de luz y de agua. Como en un retroceso fatal a los principios del siglo XX. Pero con una avanzada tecnológica que es capaz de entrar a la heladera desde el celular en el supermercado. Como en Japón. Acá no más, en el milenio del whats app. Pero este diciembre introdujo el eufemismo del cambio como llave mágica. Como abracadabra del placer después de la tortura.

Aunque ni el pibe ni la doña ni el peón de albañil sepan que la policía (la federal, la bonaerense, la metropolitana, la local), el servicio penitenciario y la gendarmería serán las mismas con quien llegue al gobierno formal, toque la campana todas las mañanas y decida a quién deben apuntar las postas de goma, los gases y el agua pintada de los camiones hidrantes. Las mismas, unidas a la política por complicidad, negocios, transa, pactos de convivencia, vistas gordas y justicia flaca.

Para eso el fallo del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad le devolvió a la federal las facultades para ejercer el olfato (¿?) policial y detener en la calle para exigir documentos a todo aquel a quien considere sospechoso. Eventual delincuente en potencia o en cuasi ejercicio por cara, color, gorra, piercing, sexo o presunto origen. Que es por ahí donde se suele oler feo.

Sin ángeles ni inocentes. Sin gobernadora de gesto ingenuo y mirada pétrea, sin diputada justiciera con casa abierta a delincuente ad hoc, sin ex jefe de gabinete con pasado frondoso, amistades escalofriantes y convertido en inexplicable dirigente de culto.

Los tres condenados a perpetua que se fueron naturalmente de una cárcel de máxima seguridad en la Provincia fueron moneda de cambio pero, a la vez, bandera de los poderes intocados como fenomenal advertencia. El poder de fuego que necesita el nuevo locatario de la Casa Rosada estará a disposición siempre y cuando. Es decir, con todas las condiciones exigidas. Que el poder político cumplirá, porque hoy es más peligrosa para la política la calle ocupada por los chicos de los malabares, los 17 mil cesanteados en todo el país, pasibles de despido sin causa ni aviso a partir de las contrataciones precarias creadas y masivizadas por los locatarios anteriores.

Como en La Plata, cuando el pejota Pablo Bruera (2008) cesanteó a los miles de precarizados del también pejota Alak. Y ahora el pro Garro le cesantea los propios. Cuatro mil quinientos en la calle. No todos ñoquis. Menos haraganes. Trabajadores que se quedaron en la calle en pleno enero, para comenzar un año sombrío. Rehenes de las venganzas políticas y de los contratos basura que nadie abolió desde el menemismo. 17 mil en el país, peligrosos porque se quedaron en la calle. Y están en la calle.

CEOS y pobreza cero (APE)

Pobreza PRO

Silvana Melo 3

Por Silvana Melo

(APe).- Acaso es una consigna para alimentar el hueco de lo simbólico. Como aquella campaña del Hambre Cero que en 2010 armó una torre de polenta, arroz y fideos. Para engordar de hidratos de carbono a los pobres. Es que el lomo no integra el hábito alimentario de la ciudadanía que lo desprecia por ser insípido, dice Luis Miguel Etchebehere, presidente de la Sociedad Rural y flamante integrante del nuevo gobierno administrado formalmente -o tras los cortinados- por los intereses sectoriales. En realidad, el lomo no se come porque es caro. Un kilo se lleva el 30% de una asignación por hijo. Por dar un ejemplo.

"La pobreza no es una elección. La pobreza es una imposición: te pone una pistola en la cabeza", decía Alberto Morlachetti, que desafiaba con su mano de dos dedos a los molinos de viento. Aunque terminara despatarrado entre aspas y golpes sistémicos, cada vez que le arrebataba un niño a la muerte se sentía un cíclope.

¿Será pobreza cero una consigna para alimentar el hueco de lo simbólico? Una marquesina azul con la cara intimidante de Evita que apunta a la 9 de Julio y nadie se anima a desmontarla. “La pobreza es dura, una cicatriz abierta", decía Alberto. Desde un lugar donde el cero es la nada misma. O es una gota oval de vinagre sobre la cicatriz.

Ineficientes

El cero asociado a la pobreza ha sido una de las tres consignas de campaña del Presidente. ¿Para alimentar el hueco de lo simbólico?

La pobreza es una cicatriz, una imposición, un despojo ancestral, diez millones de personas o quince o quién sabe apilados en villas y asentamientos, saqueados de un capital cultural y social que los confina y que les arranca las oportunidades para engordar los morrales del quintil más favorecido. No sólo es perder el trabajo y tener que dormir en el hall de un banco en la city. Es, además, la poda de los sueños y de la esperanza. El goteo y la pérdida de toda posibilidad de promoción social, de cruzar el muro entre el arrabal y el centro, donde están incluidos los incluidos. La pobreza es un tanque oxidado. Pierde por sus fisuras, va dejando su huella de ilusiones en un derrame atroz, más peligroso que el petróleo en el mar.

“Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece, o simplemente es un modo de expresión del orden natural de las cosas”, decía Eduardo Galeano. En tiempos de copamiento del Estado por parte de los gerentes de empresas (o Chief Executive Officer, CEO, porque el anglicismo siempre es más elegante) la eficiencia es crucial. La ineficiencia condena al ineficiente a la marginalidad. Porque, dicen los CEOS, en la partida están todos juntos. Detrás de la misma línea. No importa si tienen el mismo capital cultural, social, familiar y dinerario. No importa si algunos aspiraron plomo y absesto de niños o les cantaban los mirlos en la ventana, si les tocó la escuela de la villa o la privada del microcentro, si crecieron comiendo pan, polenta y arroz o frutas, verduras y cereales. Si papá juntaba cartones o se sentaba en la cabecera de una mesa larga, rodeado de hombres de traje con celulares Apple.

El que se quedó en mitad de la carrera perdió. Este mundo es para los exitosos.

Estado gerencial


Los niños del sistema extractivo (APE)






Por Silvana Melo

(APe).- Un mes y cinco días antes de que el sistema político argentino encerrara a millones de víctimas sistémicas en una falsa opción, los médicos de Pueblos Fumigados cerraban, en la Facultad de Medicina de la UBA, un diagnóstico dramático sobre las consecuencias del sistema extractivo en la Argentina.

Si la salud de un país se mide por la salud de sus niños, está claro que el problema es más grave que un resfrío estacional. En una continuidad política con matices -gruesos- en el territorio de lo simbólico, los niños seguirán naciendo con deformidades cerca de las tabacaleras de Misiones, seguirán enfermándose de cáncer y leucemia en Bovril, San Salvador, Monte Maíz, Lavalle, en Santa Fe, en Corrientes y Entre Ríos. Se contaminarán con el plomo industrial en las villas del conurbano. Tomarán agua cianurada en Jáchal.

Nada parece estar dispuesto a cambiar en el país donde se profundizan las brechas y será ministro nacional quien dejó que subiera la mortalidad infantil en la CABA y se quedará en el ministerio de Ciencia y Tecnología quien dijo que el glifosato es tan venenoso como el agua con sal y habrá ministro en la Provincia con una gerencia de Monsanto en el curriculum. Y seguirá habiendo en San Juan un gobernador para el que el derrame de 500 mil litros de agua con cianuro en napas y río "son cosas que pueden pasar".

Los niños del sistema

Cinco años después del primer encuentro, los médicos de Pueblos Fumigados -con Medardo Avila Vázquez al frente- concluyeron que "el sistema de producción agrícola vigente en el país contamina el ambiente y los alimentos de los argentinos enferma y mata a las poblaciones humanas de las zonas agrícolas". La ratificación plena de aquella primera reunión en Córdoba.

Los niños del brutal sistema extractivo corren en patas y torso desnudo por campos y plazas envenenados, los aviones mosquito riegan con agrotóxicos el techo de las escuelas y el tobogán del patio y el cabello de sus cabezas y la piel expuesta.

En los últimos 25 años, dice el informe que surgió en octubre de la UBA, "el consumo de agrotóxicos aumentó un 983% (de 38 a 370 millones de kilos), mientras que la superficie cultivada aumentó un 50% (de 20 millones de ha a 30 millones de Ha.)". El 60 por ciento de esa superficie cultivada está atiborrada de soja transgénica. La frontera agrícola extendida expulsó campesinos, cerró escuelas con alambradas, dejó al ganado sin pasturas, expandió el sistema de feed lots y sometió la soberanía alimentaria a plena esclavitud.

Si el sistema productivo está basado en la "aplicación sistemática de agrovenenos", es inevitable que la naturaleza reaccione "en forma adaptativa". Es decir que cada vez habrá que aplicar mayores cantidades de agrotóxicos para matar la misma cantidad de malezas. "Año a año se fue generando un sistema diseñado por y para los vendedores de agrotóxicos, quienes todos los años aumentan sus ventas netas (en 2015 el aumento fue del 9%) mientras que nuestros pacientes, también, año a año se contaminan más y más", dice el informe firmado por Avila Vázquez.

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