Por Julián Subverso
Es común escuchar en los noticieros, en programas y leer en libros y diarios, palabras como terroristas, delincuentes, criminales, para referirse a la lucha de resistencia de los pueblos y a los integrantes de estas resistencias. Está claro: El fin es deslegitimar. De eso ya hemos hablado.
Pero ¿de dónde viene este desarrollo actual de lo que se conoce como delincuencia?, seguro en este pequeño artículo no lo vamos a responder a cabalidad y con la profundidad requerida, pero sí podemos hacer unas anotaciones al respecto de su funcionamiento y finalidades.
En primer lugar podemos decir que ciertamente las normas y leyes de una sociedad no son simplemente resoluciones caprichosas o respuestas superficiales a problemas sociales; éstas son, ante todo, una forma de ver el mundo por parte de unas clases y sobre todo, configuradas según sus intereses que a través de las leyes, como mecanismos para imponerlas, se hacen aplicar en la educación, el deporte, el trabajo, la cultura, etc.
Ahora, anterior al desarrollo de la conciencia de clase y todas las luchas sociales que se presentaron con mayor auge desde el siglo XlX, el imaginario social sobre las ilegalidades, las trasgresiones a la ley y a la moral, eran considerados males inherentes a individuos que llevaban el pecado, el mal o la desviación en su ser; es decir, tenían una naturaleza contra-natura y no como el resultado nefasto de un sistema particular económico y social que ha moldeado la sociedad según sus fines.
A partir del surgimiento cada vez más expandido de los ilegalismos populares, de los actos de rebeldía llevados a cabo contra las condiciones objetivas de explotación y contra aquellos que las defienden, la clase dominante se dio a la tarea no solo de presionar de una manera más agresiva hasta los delitos comunes que antes dejaba pasar y de disociar los ilegalismos populares del seno de las comunidades, sino además, de construir una delincuencia organizada, controlable y siempre lumpenesca.
Así tenemos de un lado esta delincuencia subordinada que se hizo más individual o llevada a cabo en pequeños grupos, se hizo localizada, sin peligros políticos y afín al mantenimiento del statu quo. Su germen se halla en las desigualdades sociales y se consolida y profesionaliza en las prisiones, de donde sale, una vez adiestrada, lumpenizada y desclasada a funcionar consciente o inconscientemente al servicio de los ilegalismos de los grupos dominantes; ya sea como matones de turno, ya sea como elemento para deslegitimar luchas justas e incluso atacarlas (paramilitares, sicarios), ya sea para sacar dividendos como es el caso de la prostitución, del tráfico de armas, o como fuente inagotable de mano de obra barata, sin mencionar las ganancias que deja el sistema penitenciario como tal con todos sus contratos y especulaciones comerciales y jurídicas.
Está delincuencia “útil”, es vendida cual espectáculo por los medios de comunicación para hacerla visible por todas las partes, en sus noticias, en sus periódicos amarillistas, en sus películas y en sus canciones, todo en orden a consolidar el miedo al otro, la desconfianza, la división de las masas populares, para introyectar esa psicología mafiosa como principio ideologizante del capitalismo más salvaje, y así, justificar la represión, la existencia de aparatos de seguridad exagerados, la vigilancia, la violación a la privacidad, las chuzadas, la seguridad por encima de los derechos; es decir, el panóptico, además de todo el negocio de aseguradoras y empresas de seguridad que allí existen.


