

Por Elier Ramírez Cañedo
El mensaje general del viaje del presidente de los Estados Unidos a la Isla y de su discurso ante representantes de la sociedad civil cubana estuvo centrado en la idea de que Estados Unidos ya no es el enemigo, que no es el responsable de los retos que enfrentan los cubanos en su vida diaria. Hay demasiada falacia en este mensaje, pues aun el bloqueo económico, comercial y financiero continúa siendo el principal obstáculo para un despliegue más efectivo de las capacidades de Cuba y de su pueblo.
La administración Obama, haciendo uso de sus facultades ejecutivas ha flexibilizado algunos componentes del bloqueo. Como ha declarado el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, esos pasos han sido positivos, pero limitados y con un una clara motivación política que discrimina al sector estatal de la economía cubana. Exceptuando el sector de las telecomunicaciones, las empresas estadounidenses siguen teniendo prohibido invertir en la Isla. Persisten las restricciones de exportación de los principales productos y servicios cubanos hacia el mercado estadounidense. La posibilidad de que Cuba utilice el dólar en las transacciones financieras -medida que aún no se ha puesto en práctica- no incluye a las transacciones financieras con bancos estadounidenses, ni que la Isla pueda tener cuentas de corresponsalía en los mismos.
Las posibilidades de comercio entre Cuba y Estados Unidos continúan siendo unidireccionales, de los Estados Unidos hacia Cuba, pero no de Cuba hacia los Estados Unidos. ¿Acaso estas limitaciones no afectan la vida cotidiana del pueblo cubano? ¿Olvida el gobierno de los Estados Unidos que el dinero que recauda el Estado cubano a través de sus exportaciones y el comercio es el que luego se redistribuye para garantizar el acceso gratuito de su población a la educación y la salud, así como la seguridad alimentaria, por solo mencionar algunos ejemplos de las conquistas sociales de la Revolución que aun son quimeras para muchos países en el mundo, incluso los propios Estados Unidos? ¿Pensará la administración Obama que el pueblo cubano es tan ingenuo como para no darse cuenta de la cuña divisoria que se pretende establecer entre pueblo y gobierno, o que sonrisas y palabras bellas bastan para resolver las problemáticas que en términos prácticos aún persisten en la relación bilateral?
¿Será que se considera que flexibilizando algunos aspectos del bloqueo que afectan más directamente al ciudadano común y manteniendo la presión sobre el gobierno cubano para que no pueda manejar la economía en un contexto más favorable, el pueblo cubano echará las culpas de sus problemas cotidianos al gobierno cubano y le exigirá entonces libre mercado y pluripartidismo?
Estas inconsistencias entre las palabras y los hechos lo único que provocan es fortalecer el argumento de que el bloqueo continúa utilizándose como una carta negociadora, para lograr concesiones que resultan inadmisibles para el gobierno y pueblo cubanos. Lo cual, en definitiva, resulta consecuente con aquellas palabras de Obama el 19 de noviembre de 2014, en las que expresó que el “nuevo enfoque” de política ayudaría a Washington a estar en mejores condiciones de utilizar “tanto garrotes como zanahorias de acuerdo a las circunstancias”.
El excepcionalismo estadounidense y hasta cierto espíritu mesiánico, acompañó todo el tiempo la visita y las palabras del presidente Obama, así como el manejo de los símbolos y de parte de la fraseología popular cubana, con la intención de conectar rápidamente con el pueblo cubano, sembrar simpatía y hasta encantamiento. Evidentemente, el viaje y el propio discurso fueron extremadamente preparados en materia de comunicación e imagen por los asesores del presidente Obama. Quizás los cubanos nunca volvamos a ser testigos de una dramaturgia tan bien diseñada del soft power como la que presenciamos en los días de la visita de Obama a nuestro país.
No obstante, se aceptó el desafío y creo que fue positivo el diálogo desarrollado al más alto nivel entre ambos países y que por primera vez, en más de 50 años de Revolución un presidente de los Estados Unidos tuviera la audacia política de palpar directamente la realidad cubana, haciéndose acompañar de su familia. Estoy seguro que Obama no pudo evitar, como les sucede a muchos estadounidenses que visitan la Isla, borrar algunas de las distorsiones sobre Cuba que tenía antes de la visita y en cierta medida, quedar impresionado con la cultura y la manera de ser de nuestro pueblo. En ese sentido creo también que su viaje a La Habana pudo ser provechoso, además de las áreas de cooperación que se abrieron y los acuerdos firmados.
Pero adentrémonos en algunos aspectos abordados por el presidente de los Estados Unidos en su discurso.
La historia
Pese a haber sido fuertemente criticado por varios mandatarios de la región en la Cumbre de las Américas en Panamá, en respuesta a su expresión de que había que olvidarse del pasado y concentrarse en el futuro, Obama vino a La Habana a repetir el mismo dislate: “Es hora ya de olvidarnos del pasado, dejemos el pasado, miremos el futuro”, proclamó ante representantes de la sociedad civil cubana, en el Gran Teatro de La Habana, Alicia Alonso.
¿Se podrá olvidar o dejar atrás la historia cuando aun los pilares básicos de lo que ha sido la política imperial de los Estados Unidos hacia Cuba, América Latina y el mundo, se mantienen latentes, aunque ahora se presenten con nuevas envolturas? ¿Será posible cometer un error tan funesto como el de la desmemoria, cuando el propio presidente de los Estados Unidos presenta una versión de la historia de las relaciones Estados Unidos-Cuba colmada de lagunas y visiones maniqueas?
Como dijera Nancy Mitchell, un de las historiadoras más perspicaces de los Estados Unidos: “nuestra memoria selectiva no solo sirve a un propósito, también tiene repercusiones. Crea un abismo entre nosotros y los cubanos: compartimos un pasado, pero no tenemos recuerdos compartidos”. (1)
Muestra de esa memoria selectiva fueron las siguientes palabras del presidente Obama: “Las aguas azuladas bajo el Air Force One transportaron en su día los barcos de batalla estadounidenses hasta esta isla, para liberar pero también para ejercer control sobre Cuba. Esas aguas también transportaron a generaciones de revolucionarios cubanos hasta Estados Unidos, donde consiguieron apoyo para su causa. Y esa corta distancia ha sido cruzada por cientos de miles de exiliados cubanos, en aviones y balsas improvisadas. Exiliados que llegaron a Estados Unidos en busca de libertad y oportunidad, a veces dejando atrás todas sus posesiones y a todos sus seres queridos”.
Una lectura mínima de la historia de Cuba basta para conocer que nunca barcos enviados por el gobierno de los Estados Unidos llegaron a costas cubanas a liberar y que tampoco las generaciones de cubanos que fueron a los Estados Unidos desde las luchas independentistas del siglo XIX lograron el reconocimiento y apoyo de Washington, aunque sí de su pueblo.
Por otro lado, ¿a qué exiliados se refirió Obama?
Nada dijo sobre las políticas diseñadas por Washington para incitar la emigración ilegal de miles de cubanos, politizando un proceso que debería ser natural, o de la Operación Peter Pan, organizada por el Departamento de los Estados Unidos, la jerarquía de la Iglesia Católica de Miami, la CIA y las organizaciones contrarrevolucionarias; uno de los peores engendros de la guerra psicológica contra la Revolución, que implicó que salieran de Cuba 14.048 niños, muchos de los cuales nunca volvieron a encontrarse con sus padres. Soslayó también, al referirse al tan politizado tema migratorio, a los torturadores, criminales, asesinos y malversadores que huyeron de la justicia revolucionaria en 1959, y fueron recibidos y protegidos por el gobierno de los Estados Unidos. ¿Dónde están esos “exiliados” dentro los inmigrantes cubanos en los Estados Unidos que, desde hace décadas, van y regresan continuamente sin dificultad alguna?
“Cuba, al igual que Estados Unidos, fue constituida por esclavos traídos de África; al igual que Estados Unidos, el pueblo cubano tiene herencias en esclavos y esclavistas”, dijo el presidente estadounidense en otro momento de su discurso. Como bien se percató inmediatamente Fidel, en su reflexión del 28 de marzo: “Las poblaciones nativas no existen para nada en la mente de Obama”.
Obama pasó por alto que, para los cubanos, muchas de las heridas del pasado continúan abiertas. ¿Dónde queda entonces el bloqueo económico, comercial y financiero, la ilegal base naval estadounidense en Guantánamo y el hecho de que Posada Carriles y otros terroristas que han causado muerte y dolor al pueblo cubano, sigan viviendo con total tranquilidad en la nación cuyo gobierno se proclama líder en la lucha contra el terrorismo?
Sin duda, en su discurso, el mandatario estadounidense trató de hablarle a la mayor cantidad de públicos posibles, pero al pronunciar tan infeliz frase, dejó fuera a los familiares de las víctimas del terrorismo y las agresiones de los Estados Unidos contra Cuba durante más de cincuenta años que ha significado 3.478 fallecidos y 2.099 incapacitados. Para ellos y el pueblo cubano que los acompaña y apoya, jamás habrá olvido.
“Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la guerra fría en las Américas”, se adelantó a proclamar Obama de manera solemne y categórica ¿Ello significa que Estados Unidos abandonó totalmente ideas y concepciones de política exterior aplicadas en la región mucho antes de iniciada la Guerra Fría, como la del garrote y la zanahoria, el destino manifiesto, la doctrina Monroe, la fruta madura, el buen vecino y muchas otras que el tiempo solo ha actualizado de acuerdo a las circunstancias? ¿Acaso la Radio y TV Martí, los diversos programas subversivos, la criminal Ley de Ajuste Cubano, la política de pies secos y pies mojados, el programa Parole para incentivar la deserción de nuestros médicos de las misiones internacionalistas, así como las políticas injerencistas y desestabilizadoras contra los gobiernos progresistas y de izquierda en nuestra región no son incluso, más que vestigios, acciones notarias y actuales de guerra fría?
Si hay un pueblo que tiene plena conciencia de aquella frase del filósofo George Santayana, que sostiene que “los que no conocen su historia están condenados a repetirla”, es el pueblo cubano. Sería muy alto el precio que pudiéramos pagar de caer en un proceso de amnesia colectiva. Pero también conocemos que si hay un terreno que el gobierno de los Estados Unidos no ha abandonado, ni abandonará jamás, como parte de la guerra cultural contra el proyecto socialista cubano, es la historia, pues en ella se sintetiza nuestra más acendrada cultura de la resistencia.
No se trata de vivir aprisionado del pasado, sino de asumir las lecciones del pasado para enfrentar el presente y proyectar mejor nuestro futuro. Lo que no se conoce no se puede amar, y mucho menos defender. Y lo interesante es que esas lecciones no están solo en la guerra económica, intentos de asesinato a los líderes de la Revolución, invasión mercenaria, sabotajes y muchas otras variantes de la clásica política agresiva de los Estados Unidos, sino también en la historia -menos conocida- de diálogos, negociaciones e intentos por avanzar hacia una mejor relación entre ambos países, que precede a los anuncios del 17 de diciembre de 2014. Conocer y estudiar a profundidad estas experiencias aportarían importantes claves a la hora de dilucidar y fraguar mejor el presente y el futuro de las relaciones bilaterales.
No pude evitar quedar profundamente consternado cuando, en otro momento de su intervención, Obama expresó que, en los últimos años, el gobierno cubano ha comenzado a abrirse al mundo, con lo cual borró en una simple frase más de 50 años de la Historia de Cuba más reciente. ¿Cuándo Cuba y su gobierno estuvieron cerrados al mundo? ¿Olvidó Obama que fue el gobierno de los Estados Unidos el que hizo todo lo posible -y lo logró parcialmente durante una etapa- por aislar a la Isla del mundo, lo que obligó al pueblo cubano a romper el cerco yanqui a fuerza de coraje e inteligencia, al punto que fueron los propios Estados Unidos quienes terminaron aislados en el hemisferio occidental con su arcaica política hacia la Mayor de las Antillas? ¿Va a quitar ese mérito al pueblo cubano que ha luchado y resistido y por lo que hoy se ha convertido en un referente moral universal?
Llama la atención que el presidente Obama hubiese tenido tiempo para participar en programas humorísticos populares de la televisión cubana y no para responder algunas de estas preguntas que, de haberse abierto el debate, seguramente le hubieran hecho los representantes de la sociedad civil cubana que escucharon con respeto -pero sin ingenuidad- sus palabras. Hubiese sido una oportunidad para el presidente Obama de exponerse a diferentes puntos de vista, a un debate abierto, a voces diferentes del pueblo cubano, muy distantes de las que escuchó en la reunión celebrada en la Embajada de los Estados Unidos con los asalariados de siempre. Esos que, al decir del ex jefe de la sección de intereses de los Estados Unidos en La Habana, Jonathan Farrar, “están más preocupados por el dinero que en llevar sus propuestas a sectores más amplios de la sociedad”.
La política de cambio de régimen
Obama retomó también una idea que había expresado con otras palabras en la Cumbre de las Américas celebrada en Panamá, en abril del 2015: “Estados Unidos no tiene ni la intención ni la capacidad de imponer cambios en Cuba, los cambios dependen del pueblo cubano. No vamos a imponer nuestro sistema político y económico, porque conocemos que cada país, cada pueblo debe forjar su propio destino, tener su propio modelo; pero al quitar el velo de la historia debo hablar claramente sobre las cosas en las que yo creo, las cosas que nosotros como estadounidenses creemos”.
Si este planteamiento fuera cierto, Cuba no tendría nada que objetar. Si se tratara solo de una cuestión de persuasión y de confrontación ideológica no habría nada que denunciar, pero esta es una de las ideas que menos se sostiene de todo el discurso de Obama. En primer lugar, se contradice con otras declaraciones del presidente Obama y sus asesores más cercanos y, en segundo lugar, lo cual es más importante, no se corresponde con lo que está sucediendo en la práctica. Los cubanos conocen de sobra -lo que no quita que haya ciertos confundidos-, que Estados Unidos continúa desplegando abierta y solapadamente su política de cambio régimen hacia la Isla.
Es cierto, como excelentemente ha planteado Rafael Hernández, que la confrontación Cuba - Estados Unidos ya no es en un ring de boxeo, sino en un tablero de ajedrez, se trata de un juego nuevo. Lo que sucede es que ese juego aún no es limpio.
Como expresara el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, en julio del año 2000: “Sueñan los teóricos y agoreros de la política imperial que la Revolución, que no pudo ser destruida con tan pérfidos y criminales procedimientos, podría serlo mediante métodos seductores como el que han dado en bautizar como “política de contactos pueblo a pueblo”. Pues bien: estamos dispuestos a aceptar el reto, pero jueguen limpio, cesen en sus condicionamientos, eliminen la Ley asesina de Ajuste Cubano, la Ley Torricelli, la Ley Helms - Burton, las decenas de enmiendas legales aunque inmorales, injertadas oportunistamente en su legislación; pongan fin por completo al bloqueo genocida y la guerra económica; respeten el derecho constitucional de sus estudiantes, trabajadores, intelectuales, hombres de negocio y ciudadanos en general a visitar nuestro país, hacer negocios, comerciar e invertir, si lo desean, sin limitaciones ni miedos ridículos, del mismo modo que nosotros permitimos a nuestros ciudadanos viajar libremente e incluso residir en Estados Unidos, y veremos si por esas vías pueden destruir la Revolución cubana, que es en definitiva el objetivo que se proponen”.
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