
Dos niños mataperreando en La Habana
Foto: Desmond Borland / AP

Por Fernando Martínez Heredia
He escogido este tema por lo necesario e importante (1) que es hoy para nosotros. Las investigaciones culturales y el conocimiento que ellas aportan han logrado desarrollos muy notables en la Cuba actual, que pudieran ser influyentes en diferentes terrenos. Ante todo, ponen en relación aspectos entrañables de la vida del pueblo, los grupos sociales y las personas con las actividades científico sociales, lo que sin duda ayuda a estas a sentirse valiosas además de serlo, y a la sociedad a apreciar más a los conocimientos. Pero, sobre todo, por el provecho que se les puede sacar, y porque fortalecen y le dan más sentido a los contenidos emocionales y de valores que poseen el mundo espiritual y las formas y actuaciones culturales. Por eso es tan natural que presentemos resultados de investigación y los discutamos como parte de un evento cultural que con razón lleva el nombre de Fiesta. Esto mismo hicimos (2) la semana pasada en Santiago de Cuba, en el Seminario “El Caribe que nos une”, durante la Fiesta del Fuego.
Al mismo tiempo, el conjunto formado por nuestras dedicaciones y la vida cultural cubana enfrenta actualmente una situación que no oculta los desafíos tremendos que porta, y son obvios los riesgos que está corriendo la manera de vivir y el tipo de sociedad que hemos creado y desarrollado entre todos, a partir de que este pueblo y la nación se liberaron en 1959 de sus dominadores, explotadores y opresores. Esos desafíos y riesgos están determinados por su dimensión más general, en la que se ventila qué tipo de organización social regirá al país en toda una época por venir, y si sabremos defender eficazmente la soberanía nacional.
Ante nosotros están implicaciones de una importancia cardinal: la identidad nacional y las identidades que viven dentro de ella, la cultura popular nacional, las fuerzas espirituales, los valores de liberación, el patriotismo popular de justicia social. Tienen tanta importancia porque están en la entraña de las inmensas fuerzas con que cuenta el pueblo cubano, que si se ponen en marcha resultarán superiores a todas las insuficiencias, los errores, las deficiencias y las detenciones y retrocesos que hemos acumulado, a la inercia que nos corroe, al burocratismo empedernido y a las tendencias de retorno al capitalismo, la colonización y el entreguismo que existen en el país. Y serán capaces de vencer otra vez al enemigo externo, Estados Unidos, a pesar de su gran poderío y su determinación de acabar con la sociedad que hemos creado.
Confrontamos un alejamiento de la historia de las resistencias y luchas del pueblo cubano, y una escasa o adversa valoración del período de 1959 a hoy, sobre todo por desconocimiento de sus hechos, sus problemas y sus logros. Existe deterioro del orgullo de ser cubano. El sistema de educación es débil y el de medios de comunicación está lejos de cumplir sus funciones.
Hoy no pretendo destacar, sin embargo, los defectos y los enemigos, sino algunos de los elementos con que contamos para la lucha imprescindible que hay que entablar. Aún si tuviéramos un cien por ciento de razón en nuestras críticas, ellas deben ser un aspecto secundario al compararlas con nuestras actuaciones, porque éstas son lo decisivo y lo que nos salvará y permitirá avanzar y triunfar.
Les pido que nos asomemos al protagonismo popular que caracterizó la formación de la nación y el pueblo cubanos. Sus consecuencias y su legado favorecieron mucho las luchas de liberación que obtuvieron en 1959 un triunfo histórico decisivo. Cincuenta y siete años después, no debemos permitir que ese protagonismo sea olvidado o escamoteado. Les advierto, y pido excusas, que debo ser muy selectivo, y también omiso. Resaltaré entonces cuestiones que me parecen imprescindibles, con el ánimo de presentar algunas afirmaciones y de incitar al estudio y la utilización de este tema.
Los más humildes -la gente de abajo- transformaron profundamente con su trabajo y la entrega de sus vidas la colonia que existía en la isla de Cuba desde el siglo XVI. Ellos fueron protagonistas anónimos de logros colosales entre las dos últimas décadas del siglo XVIII y los dos primeros tercios del XIX. Tiene que cesar ya el silencio y el olvido abrumadores acerca de esos trabajadores que padece la mayor parte de la historia del país que consumen los grandes núcleos de la población. Necesitamos una historia del trabajo como parte importante e insoslayable de la historia de Cuba, que ayude a formar o fortalecer una conciencia que rompa con la subvaloración del trabajo, la superficialidad y las postales para turistas, formas de comportamiento colonizado del que son un ejemplo más los difundidos comentarios sobre la torre y los hermanos Iznaga, de Trinidad, hace dos años.
Un formidable dinamismo económico creó, en el período mencionado, una sociedad que estaba en la punta de los avances mundiales en tecnología y en organización empresarial, con formas urbanas de vida muy modernas y una cultura de élites muy sofisticada, occidental y capitalista. Fue también el ámbito vital de algunos pensadores notables. Pero ese impetuoso crecimiento no llevaba necesariamente hacia la construcción de una identidad nacional. La nueva formación económica produjo un salto terrible en los niveles de intensidad y explotación del trabajo y del dominio de unas personas sobre otras, porque el modo de producción para la gran exportación de azúcar y café al mercado mundial -que convirtió al país en el mayor exportador de azúcar del planeta- se basó en la introducción masiva de esclavos africanos y su utilización despiadada, solo regida por el afán de lucro y las leyes de la ganancia. Comprar y usar personas como esclavas, despojarlas de todos los rasgos de su condición humana y su cultura que pudieran perjudicar a su explotación, y estrujarlas en el trabajo hasta la muerte era una pasión de los dueños de los grandes negocios en una de las colonias más ricas del mundo, en medio de los procesos de independencia de América y del triunfo de la modernidad industrial con asalariados en Europa.
El modo de vida personal y familiar de esos propietarios y de otros ricos del país -y la demostración de su alta jerarquía social- dependió en gran medida de ser servidos por miles de criados, hombres y mujeres esclavos. Otro gran número de esclavos fue empleado en satisfacer una parte de las necesidades de bienes y servicios que crecían y se diversificaban; algunos de ellos adquirían habilidades y oficios. Burgueses emprendedores alquilaban esclavos para trabajar en tareas muy diversas, a una escala creciente.
El gran grupo social formado por la nueva masa de esclavos del siglo XIX -un millón de personas- no fue esclavo por ser negro, sino que fue convertido en negro por ser aquella masa enorme de esclavos. Como vía para legitimar la dominación en aquel complejo tipo de sociedad se abrió paso la exigencia de considerar seres inferiores por nacimiento y de por vida a los africanos y sus descendientes. Hasta la octava década, este racismo del siglo XIX era una rigurosa función de la formación económica. Era hijo de la modernidad capitalista y no se basó en antiguos usos ni en arcaicas castas. Fue inducido mediante una multitud de medios, legalizado hasta los registros civiles y la prohibición del matrimonio interracial, extendió sus efectos nocivos de un modo u otro a toda la población no blanca de Cuba y fue aceptado por casi todos los que así resultaban blancos. Se consideró totalmente necesario, y la gran mayoría de los señores cultos lo explicaron o lo aceptaron siempre; las demás personas lo vivieron y lo atribuyeron a causas menos elaboradas.
De esa manera, un millón de personas y sus descendientes fueron marcados con un estigma permanente por el color de su piel, y se le dio al racismo el carácter de hecho natural, lo que lo sustraía a las relaciones sociales -peligrosas por su potencial de conflicto y rebeldía- y lo hacía parecer algo dado desde siempre y para siempre. Se creó así una realidad que tendió a la permanencia y se convirtió en uno de los rasgos distintivos de la cultura del país.
Los habitantes de la isla estaban construyendo su identidad propia a través de la acumulación paulatina de rasgos específicos que en todos los casos va formando las comunidades nacionales, pero a lo largo de todas las coyunturas de aquel siglo la gran mayoría de los propietarios y empresarios renunciaron a promover la independencia y constituir una clase nacional. Su conducta ante los asuntos públicos se rigió por sus intereses económicos inmediatos y por acuerdos o subordinaciones que garantizaran sus negocios, sus propiedades, su dominio sobre personas, su preeminencia social y sus representaciones del orden y las jerarquías. La entrada de Cuba en la modernidad, a pesar de sus logros maravillosos, estuvo fundada en la negación de la libertad, la igualdad y la justicia.
Matanzas estuvo en el centro de la multiplicación del producto exportable y la riqueza en la etapa de ápice de aquella gigantesca aventura. Y también estuvo en el centro de sus terribles rasgos y consecuencias sociales. Todo el poder y todo el horror del inmenso negocio integrado al capitalismo industrial de Europa y Estados Unidos, que molió a centenares de miles de personas esclavizadas y les negó la condición humana y la dignidad, y privó de derechos políticos y sociales a la mayoría de la población, puede encontrarse estudiando la historia de Matanzas. Y toda la hipocresía y la doblez de la clase dominante y sus constelaciones sociales puede resumirse en el joven Miguel Aldama, que en diciembre de 1843, en cartas a su cuñado, Domingo del Monte, describe con gran admiración y elogios a los esclavos sublevados en ingenios matanceros -entre ellos, uno de su familia-, su actitud rebelde y su valentía frente a las torturas y el cadalso, y condena con duras expresiones a la trata y al régimen al que son sometidos los esclavos. “Mártires infelices de la libertad”, les llama, “los vemos rufianes y altaneros, desafiando la misma fuerza armada, pues ya la fuerza moral la hemos perdido enteramente”. (3) Aldama fue miembro del grupo Alfonso - Aldama - Madan, uno de los cinco primeros consorcios del comercio de esclavos del país, formado en 1820; en los años sesenta poseía unos cuarenta ingenios y quince mil esclavos, grandes almacenes portuarios y sólidas conexiones en España, Francia y Gran Bretaña.
Aquel sistema portaba muy fuertes contradicciones en numerosos terrenos: los índices de masculinidad y las relaciones sexuales y amorosas; grandes diferencias regionales; la motivación del trabajador y la preservación del orden en un régimen de trabajo esclavo generalizado; el deterioro del lugar social de las personas llamadas de color libres -por no ser blancos-; la necesidad de múltiples oficios manuales en un medio en que se subestimaba el trabajo manual; los cánones religiosos católicos de la moral dominante y la realidad de la complicidad abierta de la Iglesia institución con el sistema. Criollos cultos pertenecientes a la clase dominante cultivaban las ideas liberales europeas modernas, pero cuando le pedían a la metrópoli formas de organización política en la que ellos pasaran de ser colonos a ser súbditos siempre añadían que la población no blanca debía permanecer excluida de los derechos ciudadanos.
Toda dominación lograda y constituida es cultural, pero, aunque lo era, la de aquella Cuba tenía demasiados aspectos forzados, y varios monstruosos.
Parecía muy poco probable lograr una identidad de tipo nacional. Hubo numerosos ejemplos en la historia colonial del capitalismo en América y el Caribe en que esto no fue posible, y hasta hoy persisten en varios Estados de la región fuertes elementos en contra de esa unificación. La clase dominante de Cuba del XIX se negó a ser clase nacional, prefirió siempre conservar su ganancia, sus esclavos y su primacía social, y ser parte subordinada dentro de la monarquía española y el sistema capitalista mundial. Por consiguiente, tuvo horizontes, pensamiento y reacciones de colonizado, y fue activa contra todo movimiento revolucionario. (4) La contradicción social principal no podía tener una solución revolucionaria -como la tuvo en Haití-, y existieron entonces grupos sociales muy diversos, relacionados por la explotación, la opresión, los servicios forzados, las relaciones mercantiles, la hostilidad, los recelos mutuos o las vidas separadas. Casi hasta el final del siglo no hubo una cultura cubana, sino varias culturas en el país.
Durante el siglo XIX existieron dos opciones políticas que buscaban cambios en la colonia, pero eran opuestas a los intereses de las mayorías y al Estado independiente: el reformismo y el anexionismo. Del primero hablamos hace unos minutos. Casi noventa años estuvo solicitando reformas a la metrópoli, se conformó con las respuestas que recibía y se mantuvo fiel. Respondió siempre a los intereses de sectores de la clase dominante, jamás fue abolicionista y su ideología fue siempre colonizada, racista y antinacional. Aunque tuvo matices diversos, el reformismo solo se renovó a consecuencia de la primera revolución cubana.
El anexionismo a la gran república esclavista, Estados Unidos, era la otra posición de colonizado. Más de una vez fue utilizado como arma de presión, y a sectores minoritarios de clase dominante pudo parecerle una alternativa conveniente dentro de la relación básica que tenía la formación económica de la isla con los centros del capitalismo mundial. Desde su mismo nacimiento, la república norteamericana quería apoderarse de Cuba, y utilizó todo tipo de manejos en esa dirección a lo largo del siglo, mientras aumentaban sus vínculos económicos con la isla, que se volvieron decisivos en la última fase del XIX. Pero solo en esos últimos años de la centuria tuvo fuerzas Estados Unidos para intentar quedarse con Cuba; mientras, la geopolítica se lo impidió. En la colonia con mayor proporción de población blanca del Caribe, y bajo la rauda acumulación cultural occidental de su siglo XIX, la anexión también motivó en Cuba a algunos activistas sinceros, que veían en Estados Unidos el polo de modernidad y democracia que convenía al país. Pero después de la Guerra de los Diez Años, el anexionismo ya solamente pudo ser entreguismo, incapacidad de ser cubano o traición.
Carlos Manuel de Céspedes les exigió a sus compañeros ponerse de pie, y el 10 de octubre de 1868 destrozó los imposibles. Los iniciadores destruyen imposibles; los revolucionarios aprenden a domarlos y a trabajar con ellos. Los mambises que sostuvieron la pelea en más de media Cuba durante diez años tuvieron que volverse superiores a ellos mismos, no solo a sus circunstancias. La revolución comenzó como un acto ajeno a la política vigente, a lo que parecía viable, a la lógica del pensamiento político y a las motivaciones de gran parte de la población. Céspedes liberó a sus esclavos la primera mañana, pero el cálculo político, los valores heredados y el racismo les ponían obstáculos a la justicia en el amanecer de la libertad. La independencia y la abolición tuvieron que fundirse y ser una, y todo mambí ser abolicionista; la forma de gobierno tuvo que ser republicana y reunir la libertad personal y las libertades ciudadanas. En Guáimaro supieron dejar a un lado sus diferencias y unirse sectores de clase media para crear instituciones republicanas y convocar a todo el pueblo a pelear por la independencia nacional. (5) Pero esas instituciones se fueron tornando un factor conservador en la medida en que la guerra revolucionaria promovió cada vez más la participación de la gente humilde del campo y los mulatos y negros.
Para hacer realidad la hasta hacía poco impensable identidad nacional y poder reconocerse como cubanos, todos, líderes y pueblo, tuvieron que recorrer un camino largo y muy difícil.
La guerra revolucionaria cambió los términos de los problemas. Se alimentó del sacrificio, el heroísmo y la participación de muchos miles de personas humildes, hombres, mujeres, familias. Dar la vida, pasar hambre y todas las escaseces, combatir, sembrar, realizar una enorme cantidad de tareas diversas, perseverar: todas las formas de la entrega y el altruismo se hicieron cotidianas. Fue en ese trance que la bandera del triángulo rojo y la estrella solitaria se volvió sagrada, y la marcha, el campamento, el héroe, el amado y la amada, la jornada de sangre y de muerte, se expresaron en canciones. (6) Próceres y pobres de todos los colores aprendieron que la rebeldía política les daba a sus luchas y sus necesidades más sentidas probabilidades de éxito, o de ser presentadas con más fuerzas. Y todos aprendieron a sentirse hermanos mientras compartían todas las vicisitudes. En aquella fragua tremenda nació la identidad nacional cubana, de contenido y objetivos populares.
Aunque no pudo llegar más allá del oeste de Las Villas, la Revolución de 1868 introdujo una nueva realidad y fue decisiva a escala del país para el logro de una identidad cubana y el nacimiento del patriotismo nacionalista. Sus hechos y los sentimientos que ella desató, los heroísmos y sacrificios de miles de personas, y de activistas y jefes hasta entonces desconocidos, el nuevo campo de ideas que creó y las autoidentificaciones y el mundo simbólico que nacieron de esa revolución constituyen un primer capítulo prodigioso de la formación de la nación cubana.
En territorios en los que la mayoría de los vecinos eran recientes -esclavos estrujados en su trabajo y sus vidas, un buen número de pobres venidos de España, culíes chinos y empresarios ambiciosos-, en una sociedad tan opresora e incipiente, la insurrección contó con un gran número de soldados y una fuerte base social. ¿Qué los motivó, los decidió y los hizo persistir en las peores circunstancias? ¿Cómo pudo formularse en el campo revolucionario una ideología unificadora de las demandas, los sentimientos e intereses, las identidades y visiones del mundo de grupos tan heterogéneos? ¿Cómo pasaron tantos negros y mulatos esclavos y libres de sus formas propias de vida y resistencia a la participación masiva en una revolución? ¿Cuáles fueron las representaciones que los llevaron a ser revolucionarios? ¿Cómo relacionaron sus representaciones de libertad y vida digna con un ideal político general de independencia nacional? Porque la consigna de Cuba Libre, el Ejército Libertador, el patriotismo nacionalista y la República en Armas expresaban propósitos e ideas políticas mucho más generales. Estos rebeldes tuvieron que asumir una noción de libertad en la que cabría la libertad personal de cada uno, un proyecto de Estado nacional del cual serían ciudadanos y una futura legalidad que consagraría sus reclamos en forma de derechos.
Frente al final sin triunfo de la guerra, la Protesta de Baraguá fue la expresión mayor de la intransigencia revolucionaria cubana y como tal adquirió un extraordinario valor político y simbólico. Pero también hizo visible el tránsito experimentado por la bandera de la revolución, de los grandes y medianos propietarios a gente de origen popular.