

Por Carlos Iaquinandi Castro
Para comprender la trascendencia de los comicios generales del próximo domingo en España, es necesario remontarse al origen de la etapa política actual, el proceso llamado “La Transición” de fines de los años ' 70. Fue una negociación intensa, plural, que sucedió a la muerte del dictador Francisco Franco. El agotamiento del régimen, las luchas obreras y sociales y las circunstancias internacionales favorecieron una apertura democrática. Fue un proceso duro y difícil en el que una de las partes eran los herederos de los 40 años del régimen autoritario. La otra, los partidos y movimientos populares y progresistas semi - clandestinos y los exiliados que regresaban tras muchos años de ausencia. Las primeras elecciones libres se produjeron en 1977. Ganó una opción de centro liderada por Adolfo Suárez, un hombre que provenía del régimen pero que supo y pudo ejercer de bisagra entre dos etapas absolutamente distintas. A partir de entonces (no sin algaradas fascistas, conspiraciones y otros sobresaltos importantes) pudieron sentarse las bases de la difícil estabilización política. Tras la gestión de Suárez (que incluyó un fallido golpe de estado) se consolidó la convivencia entre los restos del franquismo y las nuevas generaciones políticas. De allí en más, gobiernos socialistas y conservadores se alternaron en el poder. La aplicación de la Ley D’Hont en el reparto de los 350 escaños de diputados han favorecido el bipartidismo al beneficiar a los partidos mayoritarios.
El agotamiento de “La Transición”
Los acuerdos y la nueva Constitución permitieron años de progreso y avance democrático. Pero con el paso del tiempo, las leyes fueron quedando desfasadas y en algunos aspectos, como derechos laborales, salarios y libertades, hubo retrocesos. El PSOE (socialistas) fue cediendo terreno a las presiones de los grupos económicos y financieros y admitió recortes en los derechos otorgados por ellos mismos en el Estatuto de los Trabajadores. Los grandes sindicatos, CC. OO. históricamente ligado al P. C. E. (comunistas) y UGT (socialistas) fueron declinando su capacidad de lucha reivindicativa y aceptando reformas que perjudicaban a los trabajadores. Con el paso de los años, han pasado a cumplir un papel de gestores o “mediadores” entre las patronales y los asalariados, sin cuestionar a fondo la creciente desigualdad en el reparto de la riqueza entre capital y trabajo. Paralelamente, y de forma similar a otros países del entorno, avanzó la concentración de poder económico, el dominio del sector bancario y financiero, el control creciente de los grandes medios de comunicación y la inequidad del proceso de globalización. La crisis mundial del 2008 (con el estallido de la burbuja inmobiliaria y la quiebra de Lehman Brothers en EE. UU.), provocó nuevos retrocesos y la asfixia económica y social de amplios sectores de la población.
Los ciudadanos dicen “¡ Basta !”
El 15 de Mayo de 2011, decenas de colectivos sociales convocan a manifestarse en las calles. A partir de unas decenas de jóvenes que deciden acampar en la Puerta del Sol en pleno centro de Madrid, se genera una movilización que conmueve los cimientos del sistema. Con la fuerza de un río, hasta entonces contenido, miles de ciudadanos desbordan plazas, calles y parques también en Barcelona, Valencia, o Sevilla. La protesta de los indignados se extiende por pueblos y ciudades. Febriles asambleas consumen horas en el debate para el diagnóstico de la situación y para recoger propuestas y soluciones. Nacen nuevos colectivos que muestran fuerza, ingenio y coherencia. Entre ellos, la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) que denuncia los abusos bancarios y las leyes que lo permiten. Se realizan las primeras ocupaciones de sedes bancarias reclamando soluciones. En esos momentos aumentaba la desocupación, llegando a superar el 25% de la población activa y el 50% de los jóvenes menores de 30 años. Muchas personas perdieron sus viviendas al no poder hacer frente a las hipotecas. Las compraron sobrevaluadas y ni siquiera podían venderlas. Muchas de esas viviendas quedaron en manos de los bancos y de los “fondos buitres”. A la vez, comenzaban a aparecer escandalosos casos de fraude y corrupción implicando a empresas y gobernantes. Una de las principales consignas fue la de “no nos representan”, dirigido a la clase política. El bipartidismo es enjuiciado como una alternancia que cierra el paso a la regeneración política, encubre corrupción y privilegios, fomenta la desigualdad y se somete a los dictados de la Troika europea como representante de los poderes económico - financieros.
Surge “Podemos”
Ese gran movimiento ciudadano reivindicativo conocido como “15M”, fue precursor de lo que poco después se insinuó como la concreción política de aquellas movilizaciones populares, el nacimiento de “Podemos”. A mediados de enero del 2014, una treintena de intelectuales presenta un manifiesto titulado “Mover ficha: convertir la indignación en cambio político”. Allí proponen crear un movimiento que “sea una amenaza real para el régimen bipartidista del PP y el PSOE y para quienes han secuestrado nuestra democracia”. Al núcleo inicial, se suma Pablo Iglesias y varios de sus compañeros de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. Rápidamente asume un liderazgo natural de la propuesta y Podemos se presenta a las elecciones al Parlamento Europeo en mayo del 2014.
Esa fuerza emergente se constituye en la gran sorpresa y obtiene 1.200.000 votos y con ello, cinco escaños. Inicialmente, la participación y la horizontalidad son su base organizativa. Promueve la creación de Círculos, una forma de agruparse por zonas o por actividades. Desde entonces, su crecimiento en cuanto a influencia y resultados electorales ha sido constante, al punto de ganar en las municipales de mayo del 2015 los ayuntamientos de importantes ciudades españolas. A través de distintas alianzas lo consigue en las dos principales: Madrid y Barcelona, pero también en la capital valenciana, Zaragoza en Aragón, Cádiz en Andalucía, o La Coruña en Galicia.
“Asaltar los cielos”
A comienzos de octubre del 2014, Pablo Iglesias en la Primera Asamblea Ciudadana de Podemos lanzaba un desafío: “el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”. El objetivo era terminar con el bipartidismo y asumir una modificación profunda del sistema político, económico y social. Pero como en todo camino, el andar nos va modificando el paso, el “tempo” y las posadas que elegimos. Hay que tener en cuenta que tanto el núcleo “motor” de Podemos, como muchos de sus jóvenes adherentes no tenían experiencia política. Una cosa es la teoría y otra, la práctica cotidiana. Lo que en América Latina definimos como “pisar el barro”. Por lo tanto, en la marcha y en el vértigo de varios procesos electorales, municipales, autonómicos y luego las generales, Podemos fue mutando. Sus flamantes alcaldes, regidores o diputados fueron perdiendo su ingenuidad y reconociendo las dificultades que presenta gobernar. En especial, cuando lo que se intenta es modificar normas, procedimientos y satisfacer la expectativa de sectores sociales diversos. Y además, la confrontación con los llamados “poderes fácticos”, los que siempre quedan, aunque los gobiernos cambien. Y con los privilegios y las corruptelas, en muchos casos estructurales al sistema. Toda esa práctica permitió mejorar la inserción política de Podemos.
Un coro integrado por portavoces de los partidos tradicionales, los grandes medios de comunicación y los directivos de las corporaciones empresariales, comenzó a entonar mensajes en los que señalaban a Podemos como un riesgo serio. Omitieron precisar que el riesgo era para sus propios intereses, y no para la sociedad española como ellos afirmaban. Pasaron de la burla a la difamación. En todo ese recorrido, Podemos efectivamente siguió mutando. Expresó su comprensión ante los reclamos de gran parte de la sociedad catalana en su derecho a decidir su futuro, su relación con el Estado tras años de absoluta falta de diálogo por parte del gobierno central. La definición de España como “estado plurinacional”, promoviendo un diálogo sobre la reorganización territorial lo sitúa como un interlocutor válido para todas las sensibilidades. Eso explica su avance electoral en Catalunya, Euskadi, Valencia o Galicia. Se modificaron objetivos máximos de su programa original, y progresivamente fueron adaptando su mensaje al propósito de ganar voluntades. Las elecciones no solo se ganan con los indignados. Para vencer, además hay que convencer.
Las elecciones del 20D
Así se llegó a las elecciones generales del pasado 20 de diciembre. Ganó el gobernante Partido Popular en el gobierno, pero con una pérdida importante de escaños y de la mayoría absoluta que había alcanzado en noviembre del 2011. El segundo lugar fue para los socialistas, el tercero para Podemos y el cuarto para Ciudadanos, una formación política también nueva, de centro derecha y autodefinida como “regeneracionista”. Pero hace ya tiempo, que las etiquetas o los nombres de los partidos no suelen indicar con claridad su contenido político. Se definen en los hechos; en lo que votan, en sus alianzas y no en lo que prometen o lo que dicen que son. Tras esos resultados, fracasaron los intentos de formar gobierno porque nadie tenía el número de apoyos parlamentarios necesarios. El único que lo intentó fue el PSOE, pero no con otra fuerza de izquierda, sino con Ciudadanos. Podemos rechazó sumarse porque esos acuerdos bilaterales no representaban un cambio real. Y el Partido Popular ni siquiera lo intentó porque no tuvo más apoyo que el de sus propios diputados. Constitucionalmente, al terminar el plazo de tiempo para formar gobierno y constatarse el fracaso, se convocaron estas nuevas elecciones para el próximo domingo 26.
La “clase dirigente” contaminada por la corrupción