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La década ganada, la infancia perdida

Claudia Rafael 2

Por Claudia Rafael  


(APe).- En agosto, María Belén votaría por primera vez. El 27 de octubre, hubiera entrado al cuarto oscuro. Le hubieran puesto su sello en una de las últimas páginas de su DNI. Porque María Belén tendría 17 en este 2013. Y hubiera estrenado las formalidades vanas de su ciudadanía. Y hubiera tenido que decidir entre dos ex radicales K de Santiago del Estero. Hubiera, sí. Pero no. María Belén Sosa murió hace exactamente diez años. En el inicio de la década ganada. Pesaba apenas 5 kilos. Y a los siete años murió por desnutrición.

La geografía cobija historias niñas de hambre temprana. En el barro. Lejos de los sillones decisorios de destinos.

insfran 3El hombre estaba allí. En el exacto centro de la escena. Su rostro era foco permanente detrás del de Cristina sobre el escenario. “Yo no voy a ser una Presidenta que les dé palos a nadie”, decía con Gildo Insfrán, el gobernador de Formosa, detrás. Impávido. Tanto como sus pares Capitanich, de Chaco; Zamora, de Santiago; Beder Herrera, de La Rioja.

La niñez en su Formosa no ha tenido destino de paraíso. No lo tuvo el niño Burgos de la comunidad Nam Qom que, a los 12, hurgaba en los desechos del vaciadero municipal y corría tenaz detrás de los infiernos que otros descartaban. Hasta que en febrero, como a Diego Duarte en el basural del Ceamse, en José León Suárez, lo aplastó la muerte parapetada en un camión.

No lo tuvo, tampoco, el racimo de niños que mueren y mueren de puro crimen sistémico, de hambre y sus hermanas, por hambre y sus parientes, mientras en los certificados simplemente se lee “paro cardiorrespiratorio”. No lo tuvieron las decenas de niños de las colonias Pilagá y Toba, en Ibarreta, que crecen como pueden cuerpéandole a la desnutrición.

No suele haber red carpet (como diría la misma presidenta) para los olvidados de la Historia. No la hay. No existe para ellos. No ganaron en la entera década en el Chaco profundo.

No en 2009, en que el mismo Jorge Milton Capitanich tuvo que reconocer que su provincia tiene "los peores indicadores" sociales del país. Producto -dijo entonces con la extrañeza de quien no ostenta responsabilidades- de una “combinación de pobreza estructural con pobreza por ingresos". No en 2007, en que morían los niños aborígenes de puro frío y postergación. Ni siquiera en 2013 en que el mismo gobernador habló en su discurso de apertura de las sesiones legislativas de un 25,6 % de pobres mientras que el Centro Nelson Mandela aseguró que ronda el 42 por ciento. Es decir, 250.000 para Capitanich. 430.000, para la ONG.

No había tampoco red carpet en los días del gobierno chaqueño del radical Roy Nikisch, aquel que gobernó los primeros cuatro años de la década y que aceptaba el hambre y la desnutrición pero los atribuía a “hábitos culturales” de los aborígenes.

A los festejos por la primera década del modelo hay 4.800.000 chicos que no fueron invitados. 800.000 ostentan el título feroz de indigentes. Candidatos predilectos en la carrera a la desnutrición.

Maurice ClossMuchos de ellos corretean entre la tierra colorada de Maurice Closs. El mismo que en el séptimo año de la década tuvo que admitir que habían muerto 206 niños por hambre y precisó que había “6.000 desnutridos, de los cuales 1.000 de extrema gravedad”. “Obviamente, algunos se nos van a morir, porque la mortalidad infantil es un problema”, sentenció. Como Héctor Díaz, de dos años, o Milagros Benítez, de un año y tres meses. Somos una provincia muy rica pero los pobres no viven en la tierra fértil. Viven en terrenos de seis por ocho, en una casilla con letrina y tierra de muy mala calidad, decía a APe por aquellos días el pediatra Basilio Malczewski.

Las imágenes televisivas del 25 enfocaban los rostros de la fiesta. El bello salteño Juan Manuel Urtubey, el que ostenta el gabinete más joven de la ancha patria. Ahí donde el pastorcito de Isonza murió de muerte tonta a los siete años. Un golpe en la cabeza puede ser letal si ocurre en esos pueblos de olvido, sin médicos ni tomógrafos.

El joven Urtubey arguyó en 2011 razones parecidas a las del ministro de Nikisch cuando en Salta, la Linda, murieron 14 niños wichis. “Problemas culturales”, dijo entonces ante historias como de Melba Antolina Bisón, de apenas dos años, que se murió hace unos meses por desnutrición en el pueblo de Coronel Juan Solá, en Rivadavia Banda Norte.

El entero país se atraviesa por la infancia que duele. Que salpica desazones. Que hunde como desencantos. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la mortalidad infantil aumentó en un 26 % en 2011. Y en provincias como Entre Ríos y Corrientes, los médicos ministros sentencian su sabiduría de perversidades: si menstrua, es que está lista para parir. Y los curas bendicen la vida que arriba aunque pronta y desmedida. Aunque arranque de un sablazo la infancia, a los 10 u 11 años. Aunque no se sepa ni se entienda qué hay en ese cuerpecito de niña y se destroce la historia y se muela a palos la esperanza.

Hay niñez que quema entre los dedos aunque el fuego no se vea. Porque está lejos, en ese sur de patagonias castigadoras donde Braian Hernández con sus 14 se hermana en el mismo balazo policial con un maestro como Fuentealba. Los dos igual. Los dos con la vida ensangrentada de un escopetazo que entró por la luneta del auto. Como Sofía Herrera, que tenía tres años y ocho meses cuando desapareció en Tierra del Fuego con la marca eterna de un país que parió la palabra desaparecidos y la multiplicó treinta mil uno, dos, tres, diez…

daniel-solanoLa infancia de la década conoció la sangre y el odio, se desnucó de miedo y se retorció de hambre. El salvaje sur se devoró a Otoño Uriarte con sus 16. Asesinó a Atahualpa Martínez Vinaya, a Julián Antillanca o hundió en la nada a Daniel Solano. Partió en dos la crueldad y castigó en suicidios a cientos de pibes que no pudieron pronunciar la palabra mañana. Porque a veces no hay futuro si el país no lo dibuja y una sociedad entera se propone el abrazo.

Los calvarios de Candela, en Hurlingham; de Fernanda Aguirre, en Entre Ríos; de Sofía Viale, en Pico; de Marela Martínez, en Avellaneda. Atravesados por crueldades pergeñadas en la historia, paridas lentamente en el tiempo hasta estallar y devorarse entera esa infancia golpeada hasta los huesos. Tanto como aquella otra, usada y malgastada por las redes entramadas del paco y la violencia. Que se los carga puestos como soldaditos de sus ejércitos hasta que ya no sirven y los arroja al vacío y los destroza.

Esta década tiene otros rostros que tuvieron final que no fue sonrisa ni fiesta del 25. Esta década concibió el símbolo de Luciano Arruga, desaparecido por gritar no. Simplemente no a los monstruos del poder de uniforme que se lo llevó puesto en una esquina oscura de La Matanza.

Ezequiel Ferreira - Trabajo infantil - explotacionHay una cuota de cinismo en los recuerdos. Están aquellos que serán enarbolados como bandera al viento y los otros, los que se barren y ocultan de toda mirada. La de la infancia que aspiró los venenos agroquímicos de pura esclavitud, como Ezequiel Ferreyra; la que soportó las fumigaciones en el barrio Ituzaingó, de Córdoba y se nutrió de tóxicos que viraron en tumores cancerígenos. 190 millones de litros de agrotóxicos se derraman año tras año sobre los sembradíos. No importa si en el medio se cruza José, el niño correntino de 4 años del pueblo de Lavalle o tantos otros niños a los que les quedó la vida entrampada en el medio.

En esta década también -aunque se oculte en el medio de la alegría y el fervor por los festejos- hay un pacto social destinado a asesinar los brotes de la primavera.

El mismo pacto que hace que la histórica variable de ajuste sea para Scioli el no pago de las becas para los que conciben como los sobrantes de la sociedad. Con una mirada parecida a la que suele dejar brutalmente expuesta Beatriz Rojkés de Alperovich ante muertes como la de la pequeña Mercedes, de seis años, en Villa Muñecas o la del muchacho que murió de puro paco en el cuerpo (“Al menos ahora vas a dormir tranquila, porque tu hijo no está más en la calle”, le dijo a la madre).

Estas son las historias de la década que no entran en el recuento de los festejos. Lejos del largo listado de reivindicaciones. Son las que van por otro camino paralelo que se oculta. Que se hunden en la desmemoria. Que no se quieren ver. Que dejan al desnudo un modelo cruento -que va mucho más allá de la década- que no construye desde la ternura y el abrazo. Que exponen obscenamente el capitalismo devorador de arcoiris y de utopías. Y que llenan de ausencia.

La infancia, infantería de la historia

Claudia Rafael 2

Por Claudia Rafael  


“No queremos salvar nuestra vida, nadie saldrá

vivo de aquí, queremos salvar la dignidad humana”.

(Arie Wilner, uno de los jóvenes que lucharon

en el levantamiento del ghetto de Varsovia)

 

(APe).- No había mañana entonces. El futuro olía sólo a muerte. O, más bien, el futuro se llamaba muerte. 6000 cayeron combatiendo. 7000 fueron fusilados allí. 40.000, llevados a Treblinka. Cómo pensar en días de sueño y felicidad cuando la tortura, el hambre y la perversidad hitleriana parecían el único destino y, sin embargo, Arie Wilner y tantos muchachos y chicas muy jóvenes sentían que se podía salvar la dignidad humana. No sabían entonces cuántas veces la humanidad se hundiría en los pantanos y se haría más y más difícil salvarla.

La calle y la naranja

Los ojos de José, paradito en el medio de la 9 de Julio, se fijan en el horizonte. Pega un salto. Da dos volteretas ágiles y sutiles en el aire. Cae torpemente sobre el pavimento. Mira a su hermano y le arroja las dos naranjas con las que ensayará un malabar desvestido. José llega apenas y en puntas de pie a los 8 años. El otro es un par de años menor. Tienen el coraje de la nada misma que se derrama sobre el asfalto de durezas ciegas.

La vida es un desquicio que les despeinó los sueños hasta tumbarlos. El par de monedas que acumulan cada tanto, les baldía el cerebro. Les tuerce el presente maltrecho por un rato. Y de vuelta a la calle. Al semáforo. A la senda peatonal. Y hay que apurar porque arrancan rápido y la naranja se me cayó al piso y no alcanzo a juntarla, José. Nunca alcanzo.

“La mendicidad en las calles de Buenos Aires es un lunar, un feo lunar, un deprimente espectáculo para nuestras pretensiones de grande y progresista ciudad”, escribía el presidente del Patronato Nacional de Menores en los primeros años 40.

Un mal día de otoño José y su hermanito/mochila/aprendiz tiran la naranza sobre el parabrisas porque hay mucha rabia, señor. Mucha rabia que alguna vez explota y está más cerca y a la mano el vidrio ése, que el entero Estado que puso la espada a pender sobre mi cabeza hasta hoy, en que la soltó.

Tortugas

Los ojos semidesviados. Un par de lentes que parecen cubrirle el rostro. Satélite prepea al mundo de los adultos. Les grita. Los increpa. Los engaña. Les miente. Se cargó sobre sus hombros flacos y escuálidos de apenas 13 años esa tropa inerme de niños huérfanos, de mutilados, de desamparados. Esa tropa de niños hambrientos que sólo sobreviven (al menos por un tiempo) encontrando minas bajo tierra kurdistana. Si no explota con ellos, las venderán y tendrán almuerzo.

No hay futuro para los niños. No hay esperanza. No hay siquiera dignidad humana que salvar, como decía Arie Wilner.

Qué importa si la historia de Satélite es la de una película (“Las tortugas también vuelan”) porque está llena de Satélites la Historia. O de niñas madres como Angri, a quien le hicieron un hijo al que nunca querrá. Si fueron los hombres malos. Los mismos que le mataron a su familia. Los mismos que mutilaron a Hengov, el manco que predice el futuro.

Ni a Angri, ni a Riga -ese bebé que le metieron en el cuerpo que se curvó hasta parir- les dejaron opción. No hay opción en tierras oprimidas, invadidas y minadas para los niños. No hay destino. Sólo un grito desvelado y huérfano como los precipicios.

El ghetto

“Me acuerdo de los que estaban en la resistencia. Eran chicos muy jóvenes, apenas un poco mayores que yo que tenía 13 o 14 años. Les faltaba ya la familia o se los estaban llevando. No tenían nada que perder”, contó la sobreviviente Eugenia Unger al periodista Gustavo Sierra. “Se escondían en casas clandestinas y para moverse se metían por las alcantarillas”.

Estaban hacinados en el ghetto de Varsovia. 380.000 judíos encerrados en esos espacios diminutos desde 1940. Durante un mes entero Mordechai Anilewicz lideró el levantamiento en el `43. Una lluvia de proyectiles cayó sobre los nazis que avanzaban sobre ellos. Una chica de apenas 18 años se lanzaba al vacío desde una terraza para tirar granadas sobre un tanque. “No queremos salvar nuestra vida, nadie saldrá vivo de aquí, queremos salvar la dignidad humana”, escribía Arie en esos días.

Todos eran muy jóvenes. Casi niños. Se jugaban la vida entera por la dignidad sabiendo que la muerte abriría sus fauces para ellos de todos modos. No supieron nunca de aquella frase de Libres o muertos, jamás esclavos, pero la hicieron. Nunca la pronunciaron.

Barrer la muerte

La primavera irrumpía con sus bocanadas de tibieza. A contramano del sol y de la vida que declamaba su poesía en los rincones, el jefe de la policía Ramón L. Falcón daba órdenes y bramaba contra la utopía de equidad. Su determinación de doblegar la lucha anarquista y vencer el reclamo de los inquilinos de unos 2000 conventillos era imparable en la Buenos Aires de 1907.

“Trescientos niños y niñas de todas las edades, recorrían las calles de la Boca en manifestación, levantando escobas `para barrer a los caseros`”. Falcón ordenó el desalojo. Una orden de Falcón no era nimiedad. Como no lo era la lucha de esas decenas de niños y jóvenes decididos a hacer carne la utopía de vivir.

“Ocho mujeres cargaban a pulso el féretro del niño asesinado por la policía comandada por Ramón L. Falcón. Pero el camino hecho a pie, desde Barracas hasta Chacarita era largo, entonces se turnaban con otras mujeres. Aunque en algún punto hubo que dejar el cajón en la calle para defenderse de la represión policial que ni a los muertos respeta. Detrás del ataúd, cerca de 700 vecinas de los conventillos encabezaban una columna de más de 5000 trabajadores que abandonaban talleres y fábricas para concurrir al sepelio del joven mártir. Era un cortejo imponente de los vecinos más pobres de Buenos Aires”.

Se llamaba Miguelito Pepe y tenía 15 años.

“Barramos con las escobas las injusticias de este mundo”, había pronunciado Miguelito antes de la bala policial.

Sin banderas

La lucha está en la calle. Sobre el asfalto. Sobre el empedrado carcomido por los siglos. La lucha está en la calle y no siempre encuentra una bandera de utopía como la de Miguelito Pepe o la Mordechai Anilewicz.

Está en la esquina. Se disfraza de muerte temprana. Cachetea la dignidad. La sopapea hasta torcerla.

La vida y la muerte se parecen demasiado. Se olvidaron de mirarse a los ojos y voltear ante el espejo del espanto.

Con 12, 13 ó 15, sabe levantar la mirada, lanzar rayos de rabia y derribar al otro con una cuchillada en el centro del alma. Es capaz de arrojarse a los brazos de la agonía para vencer al enemigo chiquito. Porque al otro no lo ve. No podría. No son estos tiempos de claridades. Y el enemigo es el otro pibe que mueve sus pasos a pocas cuadras. Merecedor de diatribas y de odios. Competidor directo e innato para el territorio. Ahí donde se dirimirán entre el plomo y el filo cortante. Y en el medio, se jugarán la vida. Por la bandera del reparto.

Este enemigo es más poderoso que el de los jóvenes del ghetto. Este enemigo halló una cobija pletórica de frutos. Y se nutre día tras día de la savia de la desesperanza.

Este enemigo no tiene rostro. No tiene olor en la piel. No tiene nombre humano.

Con 14, 17 ó 19 se creyó el cuento de que el enemigo es el otro que se le parece. Ese con el que tironea el liderazgo de la barriada.

Miguelito sabía que había que barrer las injusticias de este mundo. Mordechai y las huestes de jóvenes judíos del gheto sabían que su enemigo era Hitler, el comandante Jürgen Stroop o el espíritu de las SS.

Los niños del desamparo perdieron la brújula. El Enemigo les inventó enemigos pequeños, morochos y desmadrados como ellos, para que juntos edifiquen y transiten el camino de su propia exterminio.

Becas impagas: otra condena a la infancia (APE).

Becas impagas: otra condena a la infancia (APE)




Silvana Melo 2


Por Silvana Melo   


(APe).- Mariana se acomoda el delantal azul de pintitas blancas. Tiene colitas en el pelo, dedos de mandarina y ojos con miel. Después de almorzar en la Casa del Niño de Avellaneda la combi que maneja Diego la dejará en el jardín. Doscientos como ella, doscientos desde los seis meses a los 14 años juegan a vivir distinto todos los días entre las ocho y las cinco de la tarde, fatigando pelotas y muñecas en un mundo aparte, donde la utopía crece como florcita silvestre. Entre las rajaduras de la mala vida. Hace meses que el Ministerio de Desarrollo Social no cumple con el pago de las becas convenidas. Y los brazos largos que abrigan tanto tiemblan. Y empiezan a caer.


“Queríamos contarles que a partir del lunes 1 de octubre, lamentablemente nuestra casita cerrará sus puertas hasta previo aviso, ya que no hemos obtenido respuesta del Ministerio de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires ni del señor Gobernador de cuándo se harán los pagos adeudados del programa UDI correspondientes a los meses de mayo, junio, julio, agosto y setiembre del corriente año. Por esta situación quedarán sin el servicio de guardería integral gratuita 66 niños y sus familias, exponiendo así a una nueva vulneración de sus derechos a los niños y niñas de los sectores más excluidos de nuestra ciudad”. La Casa del Niño Esperanza de La Plata hacía el peor de los anuncios el 27 de setiembre a través de Facebook.


El pastor evangélico Arturo Blatezky, conmovió profundamente a Osvaldo Bayer. “El tiene en Quilmes un comedor infantil y además instituciones pedagógicas en las que asiste a niños de villas de extrema pobreza en esa localidad bonaerense. Yo he visitado esos lugares y admiro a este hombre y a sus ayudantes. Dar de comer a los niños más humildes de nuestra sociedad que tienen hambre. ¿Qué mejor papel hay en la vida que eso? Los niños. Ver sus ojos. Llenarlos de esperanza y mostrarles la mano abierta que le niega la realidad.


Me explica: desde hace meses, el gobierno bonaerense no da la ayuda estipulada a los comedores infantiles ni paga las becas para los asistentes que mantienen con su trabajo esos lugares tan necesarios para mantener la paz y alejar la violencia de nuestras ciudades: los niños con hambre, los niños que necesitan sonrisa a través de las manos docentes que los ayudan a soportar su destino no buscado”, escribió en Página 12 el 29 de setiembre. El comedor de Quilmes es una más de las 1500 organizaciones que hacen agua por sus hendiduras, que como balsas entre el oleaje, resisten la condena del naufragio.


Los hogares, curiosamente, dependen de la Secretaría de Niñez, en línea directa al Gobernador. Son becas de 1200 pesos para el desarrollo integral de un niño solo. Puntada a puntada hay que zurcirle el alma. Y armarle un mundo calentito y amable. Y cuatro comidas y el agua y el suéter y la luz y el remedio y el educador y el que le ayuda a soñar un sueño ya deshilachado. Algunos hogares no cobran desde hace un año.


Los derechos pasan a ser letra muerta en los bellos libros con dibujos al tono.


La Fundación Pelota de Trapo presentó un recurso judicial el martes 25 de setiembre ante el Juzgado Contencioso Administrativo Nº 2 de La Plata. Ayer -lunes 1 de octubre- venció el plazo para la resolución de una medida cautelar. Hoy en Mesa de Entradas se insistirá con otra presentación. La evidencia abrumadora del incumplimiento de una de las caras del Estado implica que otra de sus caras le ordene el pago inmediato de los programas en deuda. Sin dilaciones.




El sistema de becas que el estado provincial destina a los tumbos y erráticamente a centros de día, casas del niño, Centros de Apoyo Integral (CAI), Centros de Desarrollo Infantil (CDI) y comedores (integrados en el Programa UDI) suele ser el agua fresca que se niega en el desierto. La eterna variable de ajuste que descompone el cajero automático antes de que salgan los cien pesos del Plan Vida. La decisión política premeditada de no gastar en los excedentes del sistema. Aquellos a los que de hecho se abandonó a la buena (o mala) de dios y a los que se les niega, después, la frazada en la escarcha: es imposible que las organizaciones populares, las únicas que desde los barrios y los colectivos sostienen por fuera del Estado la vida y la dignidad, puedan sobrevivir si el dinero de las becas no llega desde mayo. Los valores son de 600 pesos, 450, 350 u 86. Según los horarios de funcionamiento o el destino que les haya tocado en las reformulaciones a medias o los perversos olvidos de las estructuras burocráticas del Ministerio de Desarrollo Social. Ana, en José C. Paz saca las cuentas desde los propios números oficiales: sostener todos los programas con regularidad le cuesta a la Provincia 40.500.000 pesos mensuales. El presupuesto 2012 de la Provincia se pautó en 114 mil millones de pesos. El de Desarrollo Social, llega a los 4 mil millones. Es una moneda en la inmensidad. Son cien mil chicos que dependen de esa moneda.


Martín Ferré es el Ministro. De Producción a Desarrollo Social. La mirada economicista de los dramas populares y del fracaso educativo (Nora de Lucía viene de Economía) no son más que sinceramientos, honestidades brutales en la identidad del sistema. Su antecesor, Baldomero Alvarez de Olivera gastó -en 2011- 330 millones en su Unidad Ministro cuando se le habían pautado 11. El presupuesto del Programa UDI probablemente financie publicidad, erogaciones ministeriales. Prioridades en síntesis. Por eso el Ministro (Ferré) lo dejó muy claro ante las organizaciones que juntaron cuatro mil frente a su Ministerio. “No hay plata y no se sabe si va a haber hasta el año que viene”. Y “se pagan todos los gastos fijos y con lo que sobra…” Con lo que sobra, guirnalda y antifaz para el Día del Niño. Y un huevo de chocolate en abril. El resto es invisible. Son los suburbios de la tierra. La gente que se apila del lado de afuera, detrás del murallerío de los que quedaron adentro. Mientras los pibes van perdiendo los sueños como piedritas, por el bolsillo roto de la esperanza. Cada vez más chiquita la esperanza. Más flaca. Más alimentada a polenta y cebolla en el barrio Satélite de Moreno. Donde las madres piquetean porque ya no saben qué hacer.


Pero sí saben que el Estado es una entelequia, un fantasma que quita, golpea, dispara por la espalda. Las políticas públicas, las genuinas, están sostenidas fatalmente por las organizaciones. Son el corazón del funcionamiento social y no late en el Estado. Que no hace más que tomar lo que el campo popular genera como respuesta y devolver una mínima cuota, como arenilla en el mar, de lo arrebatado históricamente a los niños y niñas de los siglos. A las criaturas en banda de este tiempo. A sus desayunos de harina y agua. A sus futuros cortitos, de persiana baja.


Las organizaciones que sostienen centros de día, comedores y CAIs y CDIs no cumplen una función supletoria que les concede el Estado. Hacen, inexorablemente, el camino de aridez y ternura que jamás pavimentará ese Estado. El abrazo, el cemento de cacao y azúcar, de dolor y de amor para reconstruirse, es la materia de los colectivos. El Estado es el colchón para el piso inundado. La chapa para un techo que no existe.


Pero -dice Alberto Morlachetti- nadie está al resguardo de la esperanza humana. Que suele ser aluvional cuando se desata. Y es la salvia de todas las primaveras.

Piedras e ilusiones (APE).

 


 


Piedras e ilusiones (APE)




 


Silvana_Melo_2


Por Silvana Melo       




(APe).- Levantó los ojos, grandes. Sonrió como incrédulo. La perplejidad le llenó la cara, donde se le cayó el aguacero de lo nunca pensado. “Nada, qué sé yo”. Y se encogió de hombros. A Kuny, 17 años, habitante anónimo del conurbano sur, se le había preguntado por el futuro.

Con un piercing en el labio superior, la piel amarronada, una trenza de hilo en la muñeca, el pelo muy corto y la gorra sobre las orejas, es parte de la multitud que la escuela abandonó en el camino, que se para ante las puertas blindadas del empleo y para quien la vida se detuvo en un hoy desangelado. Turbio y atardecido.


¿500.000, 400.000, 600.000 en la Provincia? Da lo mismo. ¿900.000? ¿Un millón en el país? Es igual.
Centenares de miles de pibes fuera de toda agenda. Desterrados y temibles. Todos juntos serían la semilla de la transformación. La rebeldía retoñando en manos nuevas. Pero la historia de estos tiempos les impuso una insurrección individual. La única posible. La de tomar de prepo aquello que le hubiera correspondido si la justicia sembrara un poco en la tierra que le tocó.

Kuny pasa los días como la nada misma. A veces consume algo que le acorte la conciencia. Otras cruza la línea de la legalidad, que para él es un péndulo que viene y va. No se cuestiona lo legal ni lo legítimo. Habla con pocas palabras. Piensa con las mismas. Por eso el futuro no es un concepto complejo. Ni una incertidumbre en las tripas. No es. No existe.




Cristina Fernández celebró la Independencia y aplaudió el regreso de la política a manos juveniles. “Hoy hay millones de jóvenes que se incorporan a la política. Algunos no entienden y nunca entenderán. Se asustan”. El sobresalto es natural: los pibes son sediciosos imputables, corrosivos desmontadores del orden establecido. Y blancos móviles del poder tocado.

Pero el corte transversal sistémico que la dictadura y sus herederos subsidiarios asestaron en la sociedad terminó con las viejas juventudes que confluían en el sueño de nuevos mundos desde las universidades y las fábricas. Kuny surge como centenares de miles más desde la marginalidad y el destierro y puebla los centros de las ciudades y las esquinas del paco. Camina en grupos, aparece con la capucha del buzo tapándole la cabeza y todos cruzan cuando lo ven venir. Se ríe fuerte y cuando se sientan en la vereda aparece la Gendarmería. Lo expulsan una y mil veces. Pero se va y vuelve. Siempre vuelve. Ellos son los temidos hoy. Kuny es temible. Aun con la sonrisa blanca que de vez en cuando le aparece un poco.

 


No asustan hoy otros jóvenes que tuvieron mejor suerte. Que nacieron en otras cunas. Que no sufrieron el peso de la garrafa en la bicicleta o el boquete en el techo en pleno invierno. Que cultivan la rebeldía correcta en despachos oficiales. O en candidaturas digitadas. Ninguno de ellos lleva la revuelta en las piernas ni la revolución en el paso siguiente.

“Estos jóvenes no vienen con las manos cargadas de piedras sino con ilusiones”, definió la Presidente. Hay otros que llevan los pulmones y la espalda cargados de piedras. Invisibles hasta que aparecen muertos o en las comisarías. Sin más ilusiones que acabar con ese día. Y tal vez comenzar otro, pero ése está demasiado lejos. Confinados, con el futuro arrancado de cuajo. Con la esperanza recortada a un mínimo instante.

No son los jóvenes presidenciales los que irritan al poder. Porque forman parte del poder. Para Kuny el futuro no existe. Ellos tienen el mañana rentado. Kuny es el destierro que de vez en vez se trepa a las rejas de un mundo ajeno. Ellos son los que, cualquier día de éstos, le mandarán la policía.

Fuera de agenda (APE).

 


 


Fuera de agenda (APE)



Silvana_Melo_2

Por Silvana Melo



(APe).- Es interesante hurgar en las agendas, ojear los programas, reescuchar los discursos -levantarles el volumen, disminuir la velocidad, buscar entre los sonidos- releer los proyectos en las legislaturas -espiar entrelíneas, tratar de descubrir mensajes metadiscursivos-, reproducir las arengas preelectorales provincia tras provincia, husmear en las causas de las huelgas de los últimos tiempos, desentrañar los objetivos dirigenciales -personales y colectivos- en estos días.
Buscar, averiguar, escudriñar.

Y descubrir que en una pista electoral que ya se lanzó vertiginosamente y que sólo se detendrá en octubre, no hay en las agendas una línea, un espacio, un día, diez minutos para la infancia. Para el hambre feroz. Para la muerte.

A saber.

La detención del secretario general de la UATRE -investigado por la presunción de un delito atroz como la adulteración de medicamentos- generó una línea de fuego en territorio por parte de sus amigos, de impresentabilidad manifiesta. Luis Barrionuevo y el duhaldismo en plenitud salieron a cortar las rutas como reacción a una investigación judicial descalificada desde el vamos.

La detención del secretario general de la Unión Ferroviaria -investigado por la presunción de un delito atroz como la instigación del crimen de Mariano Ferreyra- desató la paralización de parte de los ferrocarriles y la deriva de miles de trabajadores perjudicados por la reacción y la descalificación de la Justicia.

El avance -pequeño y sereno todavía- de tentáculos judiciales externos sobre el gran poder sindical de la Argentina, desencadenó la ira de las fieras. Entre los expedientes hay narices olfateando eventuales cuentas en Suiza, medicamentos en sospecha, empresas con un propietario pero a nombre de otro, entre otras picardías. Pero la trama de poder que teje los destinos presidenciales y camioneros permite que el secretario general de la CGT amenace con una escandalosa demostración de fuerza, abortada a último momento por la fiebre negociadora de alguna sensatez sobreviviente. Hugo Moyano hubiera podido parar el país, literalmente, si lo decidía. Sólo para defenderse a sí mismo. A su imperio de poder político, económico y familiar.


Ni Barrionuevo, ni Venegas, ni Pedraza ni Moyano ni la cohorte contextual de cada uno salen a la calle a escandalizar al poder concentrado cuando se mueren los niños wichis por culpa de su propia cultura en las comunidades originarias de Tartagal. No salieron a cortar las rutas cuando Misiones admitió seis mil niños desnutridos y se le morían de a racimos en los hospitales al gobernador. No pararon el país ante los qom desnutridos, despojados, muertos de hambre o a palos o a balazos en Formosa. No detuvieron un solo tren cuando la policía disparó por la espalda a chicos anónimos, nadies y con el futuro en desmonte. Murieron cuando intentaban llevarse algo de los vagones descarrilados en José León Suárez. Fueron visibles por unos minutos. Pero ya era tarde. Nadie paró el país. Ni siquiera la estación.

En abril y en junio los jóvenes gobernadores Urtubey y Closs, sub 40s de Salta y Misiones se expondrán en la vidriera electoral para reelegirse. Con la bendición presidencial, que integra a uno de ellos en un acto masivo en el corazón de Buenos Aires o visita al otro para inaugurar una cerámica y palmearlo en la espalda para insuflarle su hálito triunfal. Once niños en un mes murieron de hambre en Tartagal. El bello y joven mandador salteño culpó a la caprichosa cultura de los wichis que se niegan a dejar su tierra que les sacan, siguen hablando su lengua y confían en sus chamanes porque la salud pública no se molesta jamás en penetrar lo impenetrable. Se mueren de hambre también, culturalmente.

El joven y francés mandador misionero enumeró a fin de año seis mil niños desnutridos, mil al límite de la vida, trescientos muertos en 2010. Ayer hubo balance del Programa Hambre Cero. La vicegobernadora aseguró que “se recuperaron 3.900 desnutridos”. Y “sólo quedan poco más de mil”. En cuatro meses Misiones parece haber logrado una revolución alimentaria.

Formosa seguirá impulsando a su gobernador insignia, multiuso y aliado perfecto de todo gobierno nacional que cimente su subsistencia en las alianzas territoriales con los feudalismos. Gildo Insfran irá también al frente con su propia infancia olvidada y hambrienta, con sus tobas-qom arrinconados en la esquina última de su despojo, con los índices más en rojo de la estadística de la pobreza y la indigencia.

Pero no están en los discursos ni en los programas ni en los videoclips de campaña.

No hay líneas ni palabras ni una mísera sílaba en una glosa para la infancia contaminada del Riachuelo, para los chicos que respiran pesticidas cerca de los plantíos de soja, para los que tosen humedad y frío con paredes de nailon.

No hay planes ni viajes ni actos ni paros ni rutas cortadas para los que mueren apuñalados por el hambre y los parientes del hambre, para los que no tienen casa ni escuela, para los que se van tan de chiquitos, con pañal abultado, chuequeando en dirección del cielo, con una muñeca sin brazos y un autito de dos ruedas. Al trote suave de un cabrito de azúcar. Fuera de los despachos y las estadísticas para siempre.