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La década ganada, la infancia perdida

Claudia Rafael 2

Por Claudia Rafael  


(APe).- En agosto, María Belén votaría por primera vez. El 27 de octubre, hubiera entrado al cuarto oscuro. Le hubieran puesto su sello en una de las últimas páginas de su DNI. Porque María Belén tendría 17 en este 2013. Y hubiera estrenado las formalidades vanas de su ciudadanía. Y hubiera tenido que decidir entre dos ex radicales K de Santiago del Estero. Hubiera, sí. Pero no. María Belén Sosa murió hace exactamente diez años. En el inicio de la década ganada. Pesaba apenas 5 kilos. Y a los siete años murió por desnutrición.

La geografía cobija historias niñas de hambre temprana. En el barro. Lejos de los sillones decisorios de destinos.

insfran 3El hombre estaba allí. En el exacto centro de la escena. Su rostro era foco permanente detrás del de Cristina sobre el escenario. “Yo no voy a ser una Presidenta que les dé palos a nadie”, decía con Gildo Insfrán, el gobernador de Formosa, detrás. Impávido. Tanto como sus pares Capitanich, de Chaco; Zamora, de Santiago; Beder Herrera, de La Rioja.

La niñez en su Formosa no ha tenido destino de paraíso. No lo tuvo el niño Burgos de la comunidad Nam Qom que, a los 12, hurgaba en los desechos del vaciadero municipal y corría tenaz detrás de los infiernos que otros descartaban. Hasta que en febrero, como a Diego Duarte en el basural del Ceamse, en José León Suárez, lo aplastó la muerte parapetada en un camión.

No lo tuvo, tampoco, el racimo de niños que mueren y mueren de puro crimen sistémico, de hambre y sus hermanas, por hambre y sus parientes, mientras en los certificados simplemente se lee “paro cardiorrespiratorio”. No lo tuvieron las decenas de niños de las colonias Pilagá y Toba, en Ibarreta, que crecen como pueden cuerpéandole a la desnutrición.

No suele haber red carpet (como diría la misma presidenta) para los olvidados de la Historia. No la hay. No existe para ellos. No ganaron en la entera década en el Chaco profundo.

No en 2009, en que el mismo Jorge Milton Capitanich tuvo que reconocer que su provincia tiene "los peores indicadores" sociales del país. Producto -dijo entonces con la extrañeza de quien no ostenta responsabilidades- de una “combinación de pobreza estructural con pobreza por ingresos". No en 2007, en que morían los niños aborígenes de puro frío y postergación. Ni siquiera en 2013 en que el mismo gobernador habló en su discurso de apertura de las sesiones legislativas de un 25,6 % de pobres mientras que el Centro Nelson Mandela aseguró que ronda el 42 por ciento. Es decir, 250.000 para Capitanich. 430.000, para la ONG.

No había tampoco red carpet en los días del gobierno chaqueño del radical Roy Nikisch, aquel que gobernó los primeros cuatro años de la década y que aceptaba el hambre y la desnutrición pero los atribuía a “hábitos culturales” de los aborígenes.

A los festejos por la primera década del modelo hay 4.800.000 chicos que no fueron invitados. 800.000 ostentan el título feroz de indigentes. Candidatos predilectos en la carrera a la desnutrición.

Maurice ClossMuchos de ellos corretean entre la tierra colorada de Maurice Closs. El mismo que en el séptimo año de la década tuvo que admitir que habían muerto 206 niños por hambre y precisó que había “6.000 desnutridos, de los cuales 1.000 de extrema gravedad”. “Obviamente, algunos se nos van a morir, porque la mortalidad infantil es un problema”, sentenció. Como Héctor Díaz, de dos años, o Milagros Benítez, de un año y tres meses. Somos una provincia muy rica pero los pobres no viven en la tierra fértil. Viven en terrenos de seis por ocho, en una casilla con letrina y tierra de muy mala calidad, decía a APe por aquellos días el pediatra Basilio Malczewski.

Las imágenes televisivas del 25 enfocaban los rostros de la fiesta. El bello salteño Juan Manuel Urtubey, el que ostenta el gabinete más joven de la ancha patria. Ahí donde el pastorcito de Isonza murió de muerte tonta a los siete años. Un golpe en la cabeza puede ser letal si ocurre en esos pueblos de olvido, sin médicos ni tomógrafos.

El joven Urtubey arguyó en 2011 razones parecidas a las del ministro de Nikisch cuando en Salta, la Linda, murieron 14 niños wichis. “Problemas culturales”, dijo entonces ante historias como de Melba Antolina Bisón, de apenas dos años, que se murió hace unos meses por desnutrición en el pueblo de Coronel Juan Solá, en Rivadavia Banda Norte.

El entero país se atraviesa por la infancia que duele. Que salpica desazones. Que hunde como desencantos. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la mortalidad infantil aumentó en un 26 % en 2011. Y en provincias como Entre Ríos y Corrientes, los médicos ministros sentencian su sabiduría de perversidades: si menstrua, es que está lista para parir. Y los curas bendicen la vida que arriba aunque pronta y desmedida. Aunque arranque de un sablazo la infancia, a los 10 u 11 años. Aunque no se sepa ni se entienda qué hay en ese cuerpecito de niña y se destroce la historia y se muela a palos la esperanza.

Hay niñez que quema entre los dedos aunque el fuego no se vea. Porque está lejos, en ese sur de patagonias castigadoras donde Braian Hernández con sus 14 se hermana en el mismo balazo policial con un maestro como Fuentealba. Los dos igual. Los dos con la vida ensangrentada de un escopetazo que entró por la luneta del auto. Como Sofía Herrera, que tenía tres años y ocho meses cuando desapareció en Tierra del Fuego con la marca eterna de un país que parió la palabra desaparecidos y la multiplicó treinta mil uno, dos, tres, diez…

daniel-solanoLa infancia de la década conoció la sangre y el odio, se desnucó de miedo y se retorció de hambre. El salvaje sur se devoró a Otoño Uriarte con sus 16. Asesinó a Atahualpa Martínez Vinaya, a Julián Antillanca o hundió en la nada a Daniel Solano. Partió en dos la crueldad y castigó en suicidios a cientos de pibes que no pudieron pronunciar la palabra mañana. Porque a veces no hay futuro si el país no lo dibuja y una sociedad entera se propone el abrazo.

Los calvarios de Candela, en Hurlingham; de Fernanda Aguirre, en Entre Ríos; de Sofía Viale, en Pico; de Marela Martínez, en Avellaneda. Atravesados por crueldades pergeñadas en la historia, paridas lentamente en el tiempo hasta estallar y devorarse entera esa infancia golpeada hasta los huesos. Tanto como aquella otra, usada y malgastada por las redes entramadas del paco y la violencia. Que se los carga puestos como soldaditos de sus ejércitos hasta que ya no sirven y los arroja al vacío y los destroza.

Esta década tiene otros rostros que tuvieron final que no fue sonrisa ni fiesta del 25. Esta década concibió el símbolo de Luciano Arruga, desaparecido por gritar no. Simplemente no a los monstruos del poder de uniforme que se lo llevó puesto en una esquina oscura de La Matanza.

Ezequiel Ferreira - Trabajo infantil - explotacionHay una cuota de cinismo en los recuerdos. Están aquellos que serán enarbolados como bandera al viento y los otros, los que se barren y ocultan de toda mirada. La de la infancia que aspiró los venenos agroquímicos de pura esclavitud, como Ezequiel Ferreyra; la que soportó las fumigaciones en el barrio Ituzaingó, de Córdoba y se nutrió de tóxicos que viraron en tumores cancerígenos. 190 millones de litros de agrotóxicos se derraman año tras año sobre los sembradíos. No importa si en el medio se cruza José, el niño correntino de 4 años del pueblo de Lavalle o tantos otros niños a los que les quedó la vida entrampada en el medio.

En esta década también -aunque se oculte en el medio de la alegría y el fervor por los festejos- hay un pacto social destinado a asesinar los brotes de la primavera.

El mismo pacto que hace que la histórica variable de ajuste sea para Scioli el no pago de las becas para los que conciben como los sobrantes de la sociedad. Con una mirada parecida a la que suele dejar brutalmente expuesta Beatriz Rojkés de Alperovich ante muertes como la de la pequeña Mercedes, de seis años, en Villa Muñecas o la del muchacho que murió de puro paco en el cuerpo (“Al menos ahora vas a dormir tranquila, porque tu hijo no está más en la calle”, le dijo a la madre).

Estas son las historias de la década que no entran en el recuento de los festejos. Lejos del largo listado de reivindicaciones. Son las que van por otro camino paralelo que se oculta. Que se hunden en la desmemoria. Que no se quieren ver. Que dejan al desnudo un modelo cruento -que va mucho más allá de la década- que no construye desde la ternura y el abrazo. Que exponen obscenamente el capitalismo devorador de arcoiris y de utopías. Y que llenan de ausencia.

Los ojos de los argentinos (APE).

 


Los ojos de los argentinos (APE)


 


 


Silvana Melo 2


Por Silvana Melo   


 


(APe).- “Muchas veces los dirigentes se desesperan leyendo los diarios o mirando los canales de televisión, yo les recomendaría mirar los ojos de los argentinos”. Mirar los rincones olvidados. El arrabal del mundo que está a la vuelta de la esquina, en la vereda de enfrente de Puerto Madero. En la contracara del Sheraton. Mirada hacia el norte, en las techumbres de paja. En las comunidades originarias, arrinconadas y devastadas por la desnutrición y la tuberculosis. En el desasosiego de los que se amontonan en la cintura de las ciudades para acceder a las migajas del desarrollo. En el desgano enquistado en los ojos de centenas de miles de adolescentes que no levantan banderas en la plaza. En las veinte palabras con las que se comunican. En la educación por la que pasan sin que los atraviese. En la droga y la ligereza de gatillo como herramientas de exterminio.


Cristina Fernández, en la embriaguez de una victoria arrasadora, histórica, recomendó “mirar los ojos de los argentinos”. Una exhortación de tránsito circular que debería devolver a sus propios ojos la capacidad extensa de mirada. Porque es, hoy, necesarísimo que la Presidenta mire con ojos panópticos. Desde el Frutillar barilochense al Pichanal salteño. Desde Fiorito al Impenetrable.


Nunca se votó tanto a nadie en treinta años. El 54 por ciento le firmó papeles en blanco. Once millones y medio encerraron en un sobre su nombre y su rostro.


Una oleada inmensa de poder le fue concedido. Y con él, la pretensión de una mirada que se interpele a sí misma.


Cristina Fernández, en soledad, deberá enfrentarse a su propio espejo. Y recomendarse mirar a los ojos a la vulnerabilidad extrema, que está, como siempre, empujada a los confines. A los alrededores. A las circunvalaciones del mundo que brilla y se viste de lentejuelas para la celebración.


Hay dos mundos –o tres- en la Argentina. El mundo central, umbilical, para el que se gobierna y se construye discurso. Y otro, al menos, residual. Barrido afuera con puerta cerrada detrás. Donde las barriadas van y vienen como hormigas, nacen a miles, consumen el guiso del día, se chocan, se sobreviven, se envenenan, se matan, se mueren. Ni en los bolsones ni en las tarjetas magnéticas asoma la felicidad.




El norte argentino abraza al 21 % de la gente del país. Siete millones y medio en nueve provincias. Participa apenas del 10% del Producto Bruto Interno. Un 42% es pobre. Un 14% es indigente.


El ombligo del país concentra a 27 millones. Participan del 83% del Producto Bruto Interno. El 25 por ciento es pobre.


En los pies fríos del país viven 1.700.000. Menos del 16 por ciento es pobre.


¿Decidirá Cristina Fernández extender los ojos hasta la desigualdad brutal? ¿Arrastrará en el paneo la osadía de la transformación? ¿Tendrá el coraje de transferir hasta pisar la callecita dorada de la justicia?


El poder le fue concedido. Como un oleaje irrefrenable. Millones de postergados del norte profundo le pusieron la vida en las manos. Le pusieron sus muertos de chagas, de anemia, de hambre, de aguas malas, de agrotóxicos, de balas ligeras, de policías bravas, de veneno que se aspira, de basura que se fuma. Le pusieron en sus manos su futuro cortito, su mesa vacía, su casita que se inunda, su tierra tomada. Con la flaca pretensión de un amanecer sin tanta pena.


El norte pobre y olvidado le firmó el cheque en blanco de su dependencia histórica. Después de todo, los originarios a los que no llega la vida se morían en 2005 de desnutrición en el Chaco por hábitos culturales (SIC gobernador radical Roy Nikisch),  y se mueren hoy de desnutrición en Salta por hábitos culturales (SIC gobernador peronista Juan Manuel Urtubey). Después de todo, 15.000 chaqueños estaban desnutridos en 2009 (gobernador Jorge Capitanich). Después de todo, los niños se murieron de a decenas en 2010 por hambre en Misiones (gobernador Maurice Closs). Y se seguirán muriendo en Chaco, en Salta, en Misiones, en Formosa. Sólo que sus actas de defunción dirán anemia, diarrea. O, para simplificar, paro cardiorrespiratorio no traumático. Desnutrición, jamás.


El 65 % votó a Cristina Fernández en el Chaco de los tobas desnutridos. El 78 % en Formosa de los qom. El 64 % en Jujuy de la resistencia a la asfixia del ingenio. El 67 % en Misiones de los niños muertos. El 64 % en Salta de los wichis en agonía. El 82% en la más pobre de las tierras argentinas, Santiago del Estero.  El 65 % en Tucumán. El 68 % en Corrientes.


Tiene el poder, todo, para meter mano en la injusticia. Para quitarle las entrañas y poner a secar los trapos de la resignación al cruce de todos los vientos. Acaso la mirada panóptica que recomienda la Presidenta descorra la miopía y desencorsete el coraje. Para atreverse a derogar las leyes mineras de los años 90 y que el suelo sea de todos. Para que el chatarrero de la Carcova no pague el mismo 21% que el gerente de la petrolera por el mismo pan. Para que tributen los dueños de estos mundos, subsidiarios del suelito que les quitan a los wichis, de los panes que les quitan a los pibes, del techo que se vuela en la tormenta, de las tierras saqueadas, de las chapas que se apilan en la villa, de la amargura sin tiempo de millones.
Con todo el poder de once millones y medio que le firmaron su ilusión en blanco. Que le pusieron la vida y el después en las manos. Y que por ahí se dan vuelta y le ponen los ojos en sus ojos. Y se hacen visibles. Como el sueño porfiado de que algún día, un dulce y no tan lejano día, todo será para todos.



Fuentes:


Consultoras Ecolatina, Observatorio Electoral, Centro de Estudios del Banco Ciudad, Centro Mandela, INDEC, Junta Electoral Nacional.

Trece pibes menos (APE).

 


 


Trece pibes menos (APE).




Silvana_Melo_2

Por Silvana Melo   




(APe).- Cuna de angelitos sigue siendo Salta. Los niños se esfuman como burbujas de jabón y con ellos se va ajando la piel de la utopía. Se mueren de hambre. Son muertos, asesinados, exterminados como la semilla de la rebeldía. Cada niño que nace es la esperanza de volver al mundo patas arriba. De devolver la riqueza a las manos de los saqueados. De encenderle luz a un país que le desactiva el farol a cada ochava del futuro. Trece niños de poco menos o poco más que un año se han muerto desde enero a junio en Salta.

Brisa Castillo tenía apenas ocho meses. Respiraba fatigosamente en la misión wichi Salí, cerca de Embarcación. Frágil como un cristalito murió el 20 de mayo en el Hospital de Orán. Presentaba un “cuadro de desnutrición agravado por una infección respiratoria”. Ocho meses logró sobrevivir en la humedad de la tierra olvidada, puesta a brillar como una lentejuela en el barro. Ocho meses atrás nacía y en ella se alzaba en llamas una esperanza. Es que cada niño que nace trae bajo la lengua la semilla de la rebeldía. Bajo el brazo el pan multiplicador. En los ojos la chispa de todas las revoluciones que no fueron. Por eso los acallan y los malalimentan. Y tantos se mueren antes de tener fuerzas para soplar una vela en el oscuro, sobre la torta del porvenir.

Depende de dónde se nace para intuir cuándo se muere. Un bebé que nace en Formosa, en Embarcación, en Tartagal, tiene tres veces más probabilidades de no llegar a cumplir un año que un niño que nace en Belgrano o en Caballito. Más de veinte certificados de defunción diarios en todo el país determinan con un eufemismo cómplice que los niños mueren de paros cardiorrespiratorios. Detrás de la causa obvia, generalizada, está el hambre. Las enfermedades parientas, evitables, desencadenadas, convocan a la muerte cebada y lujuriosa,  en los hospitales colapsados por falta de médicos, enfermeras, insumos y presupuesto.

Alit Morena Pacheco tenía la piel mate y se le achinaban los ojos cuando amenazaba con llorar. Un año y cinco meses de vida guaraní en Villa Rallé, en Pichanal. Hasta que el 8 de junio no pudo más. Las fuerzas no le alcanzaron nunca para caminar. Ni para hablar. Sus huesitos se quebraban con un soplo. No supo lo que era el agua buena, el calcio, las proteínas, los nutrientes, la leche tibia de las mañanas. Cuadro de desnutrición extrema, según el riguroso certificado de defunción del Hospital de Orán. Murió, dice el Tribuno de Salta que explican en el Hospital, por “shock séptico, a causa de neumonía bifocal derecho, anemia, y por un cuadro de desnutrición extremo que en términos médicos se conoce como kwashiorkor”. Una palabra impronunciable, tan compleja, para hablar de hambre. El kwashiorkor es un asesino de niños. Una enfermedad del abandono, un dolor de la intemperie, un crimen del desprecio. “Es provocada por la ausencia de nutrientes, como las proteínas en la dieta. Los signos de Kwashiorkor incluyen abombamiento abdominal, coloración rojiza del cabello y despigmentación de la piel”.


La Argentina tiene apenas el 0.65 % de la población mundial. Produce el 1.61 % de la carne y el 1.51 % de los cereales que se consumen en el planeta. Pero nueve millones de chicos tienen hambre. Casi tres mil se mueren anualmente por desnutrición. Y otros tantos por hambres escondidas en fiesta de disfraz.

Mayra Ramos apretó el botoncito a la una y media de la mañana del 7 de junio. Lo tenía en la palma de la mano y sólo tuvo que cerrar el puño, con su último aliento. En segundos, no más, las alas se abrieron a la altura de los omóplatos. Y Mayra se diluyó en un vuelo azul, hacia un cielo donde la felicidad corre en arroyitos de leche y miel. Vivía a diez cuadras del Hospital de Orán. En una casita de aire y chapas, con veintidós personas más. Pesaba seis kilos cuando llegó al Hospital. La mitad de lo que pesa un bebé de once meses que no esté condenado desde el origen. Que no haya llegado al mundo como resaca de la vida. Como sobra que fastidia. Mayra iba a cumplir un año el 17 de junio. No tendría más cumpleaños que una mamadera de agua verde y un pancito imposible. En febrero su madre la había llevado al Hospital. Pesaba cuatro kilos y la dieron de alta. Nadie la vio, sin embargo. Pudo ser ella la esperanza del mundo, cuando nació como una llamita de fósforo tenue en medio de la más rotunda oscuridad. Pero no fue. No pudo. La vulneró la atroz paradoja de nacer en una tierra con leche en sus venas y banquetes que brotan de su dermis. Nacer en el país del alimento. Y morir de hambre.

Mayra, como uno de los niños desnutridos de cada tres que se cuentan en Salta, debió ser controlada por el sistema de Atención Primaria de la Salud (APS) cada 15 días. Pero nadie la vio. Es que la casilla de aire y chapa amontonaba a veintitrés. Y ella era tan pequeña. Tan pequeña.

Se mueren y con ellos se muere la esperanza de cambiarlo todo. La subversión de lo establecido. El sueño de dar vuelta el orden como una media. Y que se encuentren arriba, de pronto, todos los condenados de la tierra.


“Allí están los niños que no figuraban en la preocupación de nadie porque no podían votar, ni podían prestar sus nombres inocentes para las sucesivas farsas electorales con que se pretendía demorar el despertar de nuestro pueblo. Allí agonizaban subalimentados, enfermos, los hijos de los mismos que creaban la riqueza y que no tenían ante ello otro futuro que el hospital, la miseria y la desesperación, o el delito.” Eva. Sesenta años atrás.