

Por Carlos Aznárez
El golpe cívico - militar - empresarial - religioso - mediático gestado por la oligarquía, con importante apoyo de los Estados Unidos fue coronado en marzo de 1976 pero venía siendo gestado desde mucho tiempo atrás, en función de los desvaríos y las complicidades del gobierno de Isabel Perón y José López Rega en primera instancia, y luego de la estrecha relación entre la viuda de Perón y sus secuaces (Italo Luder, por ejemplo) con los sectores más reaccionarios de la cúpula militar. En realidad, todo se había hecho mal desde que Perón decidió dar por terminada -brutalmente para los sectores más combativos del peronismo- la llamada “primavera camporista” que sólo duró un par de meses, y que despertó esperanzas para quienes durante 17 años habían aguantado a pie de calle, de cárcel, de tortura y hasta de desaparición (recordar al obrero metalúrgico Felipe Vallese), lo que se dio en llamar la “primera resistencia”, y posteriormente “la segunda” con fecha inicial en la gesta del “Aramburazo”.
Perón rompió un pacto no firmado con sus jóvenes más leales y revolucionarios, a los que en su momento denominó la “juventud maravillosa”, o en el plano de la resistencia armada a la dictadura del general Lanusse, caracterizó como las “formaciones especiales”. El viejo general, acostumbrado a manejar pendularmente, de derecha a izquierda y viceversa, las pasiones y pensamientos políticos de su Movimiento, no pudo soportar que le disputaran el espacio del poder y mucho menos que en esa “aventura” estuvieran embarcados esos jóvenes militantes que habían crecido con el “Perón o Muerte” entre los labios, pero que ahora sentían que para ser coherentes había que seguir avanzando hacia la concreción de una Patria Socialista.
Lo que vino después es más o menos conocido: el frustrado reencuentro del líder con su pueblo en Ezeiza, donde las bandas fascistas incluidas en el peronismo asesinaron a cientos de luchadores y luchadoras, el posterior discurso de Perón acusando a las víctimas de victimarios, la conformación desde el gobierno, bajo la coordinación de López Rega pero con el indudable visto bueno del General, de ese engendro criminal que fue la Triple A. Párrafo aparte, la ruptura entre los militantes de la Tendencia Revolucionaria y Perón, sintetizada en ese doloroso acto de Plaza de Mayo, en el que el General insultó no sólo a quienes tanto habían luchado para que él volviera, sino que quebró definitivamente la posibilidad de que el peronismo avanzara por una senda revolucionaria hacia el socialismo. Perón, eligió, como tantas veces a los burócratas sindicales y políticos, sabiendo que muchos de ellos eran parte del equipo de sostén y apoyo logístico (además de participar concretamente en asesinatos de militantes) de los mercenarios de la Triple A. Después de ese suicidio político, Perón murió y con él se fue el último gran referente de un momento que pudo ser glorioso para las clases populares, pero que no fue por limitaciones ideológicas que cíclicamente se repiten en algunos movimientos de características progresistas. A la hora de romper con el molde capitalista, por más avanzadas que estén los sectores de base ligados a esas experiencias de poder, siempre aparece un freno (ideológico) y comienza una rápida involución.
El derrumbe del péndulo
Tras la muerte de Perón, la puerta abierta al enfrentamiento entre peronistas de izquierda y elementos fascistoides de un Movimiento que siempre los contó en sus filas, se hicieron insoportables para la sociedad, que día a día se despertaba contando muertos y más muertos.
A partir de ese momento, y con todos estos antecedentes a su favor -auge, descomposición y caída de un peronismo que abandonara la posibilidad de disputar poder a la oligarquía y a sus patrones imperialistas- es que aparece con mayor claridad una foto de cómo se había ido gestando a la sombra la idea intervencionista de los sectores más gorilas de las Fuerzas Armadas. Aprovechando el desquicio del gobierno de Isabel y sus consecuencias “caóticas y anarquizantes” (dos palabrejas que los militares y grupos de derecha suelen usar siempre que desean dar uno de sus tradicionales zarpazos) sólo bastaba agregar un poco más de leña al fuego para que la caída se precipite. La proclama golpista del general Videla a fines de 1975 en Tucumán, donde los combatientes del ERP mantenían con tremendo sacrificio una experiencia de guerrilla rural. dejaba en claro que a muy corto plazo, ese desgobierno “peronista” sería cosa del pasado.
A diferencia de otras épocas donde el poder militar intervenía en las situaciones derivadas del accionar gubernamental, en todos esos últimos meses habían preferido mantenerse como observadores frente al poder político y sus derivaciones, más allá de su activa y criminal participación en la lucha anti-guerrillera. Preparaban así el clima para lo que pronto se convertiría en una de las dictaduras militares más siniestras del continente. Ese poder militar había advertido mejor que nadie que antes, durante y posteriormente al regreso de Perón, decenas de miles de jóvenes con armas o sin ellas, en barrios, fábricas, colegios, universidades y cuanto rincón del país así lo exigiera, habían ocupado un espacio de construcción de poder popular, contaban con una formación política de gran profundidad, eran austeros y rechazaban el consumo capitalista, imaginando para su generación y las futuras, la idea de vivir para siempre en una nueva sociedad sin explotadores ni explotados. No sólo arañaban la posibilidad de hacerse con el gobierno a mediano plazo sino que estaban convencidos de que tomarían los cielos por asalto. Esa percepción caló hondo también en el enemigo más directo, representado por uniformados que, renunciando a los principios de los ejércitos sanmartinianos, preferían adorar un tótem envuelto en la bandera de barras y estrellas. y en función de ello y el odio visceral a todo lo que significara peronismo revolucionario o marxismo, es que decidieron emprender una nueva cruzada.
Un “proceso” a la medida de Washington
Entre marzo de 1976 y abril de 1982 las tres fuerzas armadas aplicaron todas las enseñanzas de la Escuela de las Américas y la estrategia de aniquilamiento de la Escuela Francesa utilizada en Argelia y en otros países de África. Todo para imponer un plan económico al uso del FMI, el Banco Mundial y las trasnacionales más voraces. Resultado: mayor endeudamiento, destrucción de los beneficios sociales adquiridos durante años de lucha, ilegalización de entidades gremiales y partidos políticos de izquierda. Para ejecutar esas políticas hambreadoras, se necesitaba una represión sin antecedentes que a fuerza de desapariciones (30 mil no es una cifra inventada sino una dato objetivo de lo que fue esa barbarie), campos de concentración, encarcelamientos masivos y cientos de miles de desterrados involuntarios.
Aún en ese marco letal hubo resistencias de todo tipo. Desde conflictos de trabajadores que desafiaron al poder militar con huelgas y trabajo a desgano hasta acciones armadas de organizaciones que a pesar de haber sido diezmadas por la represión no dejaban de intentar recrear climas de hostigamiento a semejante enemigo.
Resistir es vencer