Lobos en cacería (APE) Por Claudia Rafael (APe).- Los lobos están sueltos. Andan por las calles. Y lanzan su eterna cacería contra los pibes de descarte. Los qu...

Lobos en cacería (APE)

Cacería

Claudia Rafael

Por Claudia Rafael

(APe).- Los lobos están sueltos. Andan por las calles. Y lanzan su eterna cacería contra los pibes de descarte. Los que configuran los vastos ejércitos excedentes. Los que no están en los casilleros de las estructuras del adentro social. Los lobos están sueltos y aúllan con sus gritos desencajados contra la población residual. Obscenamente sueltos. Marcan territorios. Cooptan o acribillan, según el caso. Asustan o advierten. Están ahí. Son el nexo para el tejido de la crueldad que se termina devorando a los nadies. A los olvidados de siempre.

“Que le den cianuro”, dijo el policía mirando al pibe al que minutos antes, un colega suyo le había golpeado la cabeza hasta sangrar. Junio incipiente. Típica salida de boliche, esta vez en Olavarría. Varios patrulleros. Llanto desconsolado del adolescente que no entendía tanta humedad roja en su cuero cabelludo. Gritos. Miedo de otros pibes que, como él, salían del mismo boliche. La emergencia médica, que llega tarde pero llega, atendía. “Los policías comienzan la retirada, y desde la puerta de un móvil uno opina en voz alta: ´que le den cianuro´. Sí, un oficial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (porque así me invitaron a denominarlos cuando les dije ´milicos´). Es allí cuando se hace inevitable la reacción. Es allí cuando nos damos cuenta de que tienen todo el aval para reprimir con total impunidad. Insultos, forcejeos... Sus propios compañeros se dan cuenta de la metida de pata e intentan meterlo al auto. Y el momento de la amenaza: -' yo no me olvido de vos, ni de vos, ni de aquel otro '- dispara el señor, apuntándonos con el índice a mí y a otro par de los presentes”, cuenta uno de los jóvenes en el lugar desde Facebook. El pibe es de carne y hueso y el relato es confirmado por él mismo a APe. Las redes oficiales son hoy los medios de comunicación para los pibes.

Una veintena de policías platenses de la comisaría cuarta detuvo dos micros y hurgaron en mochilas, bolsos, carteras, pantalones. No pasó a mayores porque, sólo por casualidad, dos fiscales y dos integrantes de la Comisión por la Memoria pasaban por allí: 188 detenidos sobre la vereda. “Se trataba de un operativo policial que involucraba entre 15 y 20 policías; dos o tres funcionarios se hallaban arriba del micro y hacían descender a los pasajeros (algunos niños entre ellos), mientras que algunos ya habían descendido y eran revisados, palpados en sus cuerpos e inspeccionados sus efectos personales y privados (mochilas, bolsos), que se apoyaban junto a sus pertenencias sobre la vereda”, describió la denuncia judicial y ante Asuntos Internos. Final de junio. Supuestamente buscaban un celular sustraído a una mujer cuyo gps indicó luego que estaba más que lejos de allí.

“Escúchenme una cosa: Los vemos otra vez juntos y van todos a la comisaría. En el calabozo de la primera, se los van a coger ¿eh? ¡ Menores de noche y sin documento. Una mantequita son ustedes !”, gritó uno en la banda de policías al grupo de pibes que caminaban en la noche escandalizando entre risas y juegos típicos de adolescentes. Julio olavarriense. Video captado por uno de los jóvenes con su celular.

Agosto platense. Más de un centenar de jóvenes fue detenido en una quinta durante una fiesta privada. Chicos con menos de 18 años en la comisaría durante más de 12 horas con golpes, marcas de disparos de armas de fuego con postas de goma.

“Yo maté a tu hijo porque era un chorro” y “mirame esta cara, ahora vas a ver lo que les va a pasar a ustedes”, le dijo hace escasos días un policía a Paola Núñez, de Villa Itatí. El chico, Gabriel Godoy, había sido asesinado por la espalda en abril. Tenía 15 años y caminaba con su amigo Eric, de 18. Les disparó el policía Emiliano Vicente Paris y Gabriel murió casi en ese mismo momento. La investigación fue puesta en manos de la misma policía. El informe de autopsia -denuncia la agencia Andar, de la Comisión por la Memoria- “advierte ´un patrón de ejecución´: Gabriel fue alcanzado primero por un disparo en el tórax, y terminó con un disparo en la espalda y otro en el brazo. Entre la decena de testigos que la CPM solicitó que se incorporen, hay personas que presenciaron el tiroteo y vieron a la víctima intentando incorporarse antes de recibir las últimas balas”.

Hay una disciplina -dice Foucault- que fabrica cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos dóciles. Civiliza bajo la perspectiva del poder policial que juega con sus permisos aleatoriamente.

La violencia punitiva es una forma -a veces de clara visibilidad, a veces con mecanismos más sutiles- para el claro mantenimiento de un orden clasista. Con un aval social que no cuestiona los sobres por debajo de la mesa, que prefiere no ver las amplias medallas de un jefe policial por sus aceitados vínculos con el narcotráfico, que opta por aceptar aquello que llamará “excesos” para salvaguardar sus propias tranquilidades. Que no se horroriza cuando lee escuetamente en algún medio periodístico que comisariatos enteros resguardan y reparten hacia las alturas recaudaciones millonarias. Porque todo pasa, como decía el anillo del padrino futbolístico. Y porque, después de todo, la meta es otra. Bressi, Matzkin, Paggi, Salcedo, Sobrado, etcétera, etcétera, etcétera, son los monjes que manejan hilos al servicio del poder político. Que aunque no los veamos, como el sol, siempre están.

Los lobos están sueltos y les aflojaron aún más los collares reforzados y con púas. Los lanzaron a la cacería para amedrentar o para corregir. Para hacer saber cuáles son las claras fronteras en las que los habitantes de los márgenes podrán moverse. Los domesticarán a los golpes o con comisiones por servicios prestados. Los domarán con las manos en la espalda o el cuerpo contra la pared. Con una noche en un sucio calabozo por unas cuantas horas de temor o por medio de otras formas más tenues de la perversidad punitiva.

Los lobos, de cacería, son los encargados de mantener el orden institucional que establece quiénes pertenecen y quiénes no. En una escena estructural naturalizada a la que aún, no se mira con los ojos del dolor y la indignación.