La tercera desaparición (APE) Por Claudia Rafael Dicen que puede volver a su casa. El victimario cruel, de mirada gélida, de grito provocador. Dicen que puede volver ...

La tercera desaparición (APE)

JL-ME

Claudia Rafael

Por Claudia Rafael

Dicen que puede volver a su casa. El victimario cruel, de mirada gélida, de grito provocador.

Dicen que puede volver a su hogar como sus víctimas no pudieron.

Y con ese privilegio, se determinaría sin retorno,

la tercera desaparición de López. Dicen…

(APe).- Un tal López. Llegó a la vida en un hogar laburante de General Villegas en los días del impacto del crack de la bolsa de Estados Unidos. Un tal Etchecolatz. Irrumpió a la vida (y a la muerte) en el mismo 1929 en la coqueta ciudad de Azul, la misma que cobijó en su nacimiento al judas de las Madres: Alfredo Astiz.

La misma generación, López y Etchecolatz. Dos vidas antagónicas.

El albañil con las ropas manchadas de pintura y de salpicaduras de cemento, con las manos callosas de tanta mezcla, tanta cuchara y espátula. Con las marcas de las torturas en el cuerpo y en el alma.

El policía Etchecolatz, orgulloso de su uniforme azul y deseoso de condecoraciones de tortura y tragedia.

Las vidas -tan antagónicas- podrían no haberse cruzado nunca. Pero el país devorador de utopías y manos de trabajo, los juntó. Ese país batió en un cóctel feroz sus historias y los puso a la hora indicada en el lugar exacto.

El albañil padeció en su cuerpo la perversidad de ese cruce.

El tal López, hombre callado, de ternuras, “un servidor” como se llamó a sí mismo, armó ladrillo sobre ladrillo la casita propia en el barrio Los Hornos, de La Plata, cuando su sureña Villegas quedó atrás. El, que como decía la Teresa, andaba entre los andamios con todo ese cielo adentro como sangrando. El tal López, laburante de sol a sol, hincha de Boca, peronista. El que fue levantado el 27 de octubre del 76 y recorrió chupaderos, comisarías y cárcel. El que señaló con sus palabras amasadas en la memoria de años, garabateadas en cuadernos desprolijos que preservaban la evocación de los tiempos, al tal Etchecolatz.

Socio de Camps y hermano de la crueldad. “Asesino serial” que “no tenía compasión”, como lo definió López en su testimonio. Policía retirado, marionetero activo, que antes de la condena puntualizó que “se me tomó como participante de una guerra que ganamos con las armas y que políticamente vamos perdiendo. (…) No es este tribunal el que me condena. Son ustedes los que se condenan”.

Dicen que Miguel Osvaldo Etchecolatz, libreta de enrolamiento 5.124.838, sin apodos, nacido el día internacional de los trabajadores de 1929 en Azul, la ciudad de Astiz y tantos otros, hijo de Manuel Etchecolatz y de Martina Santillán, casado, policía retirado, responsable de la muerte, como emblema y símbolo, podría regresar a su casa. Como no dejó volver a Jorge Julio López en su segunda desaparición casi 10 años atrás. Como no dejó regresar a Clara Anahí Mariani, que cumplirá 40 años. Ni a tantos otros bebés que transformó en botín de guerra.

Etchecolatz, el que intervino como pieza crucial en los días en que la desaparición fue reina y señora. El que actuó, desde adentro de los sistemas de encierro vip, para que la ausencia siguiera siendo eterna. Y digitó desde la cárcel. Dio órdenes y manipuló. Mantuvo su poder de dios de la impiedad dentro de la misma fuerza a la que perteneció y desde la que cimentó destinos.

Dicen que podría volver a su casa. Que podrá acostarse plácidamente en su propia cama donde recordar sus hazañas. Y regodearse una vez más, con la sonrisa del triunfo entre sus finos labios, con sus propias palabras: “son ustedes los que se condenan”.