En busca del cinturón negro en Taekwondo (Crónicas de una Inquilina) Por Ilka Oliva Corado @ilkaolivacorado A los 18 años tuve una lesión en los ligamentos cruzados, para ese tiempo me dijo el médico que m...

En busca del cinturón negro en Taekwondo (Crónicas de una Inquilina)

Ilka-TKW

Por Ilka Oliva Corado

@ilkaolivacorado

A los 18 años tuve una lesión en los ligamentos cruzados, para ese tiempo me dijo el médico que me tenía que operar pero que era posible que no volviera a correr con normalidad. Yo empezaba en el arbitraje en ese entonces y la cúspide de mis sueños estaba ahí, no me iba a dar por vencida por una lesión. La segunda opción era practicar deporte con dolor toda mi vida y a consecuencia de esa lesión tener otras a lo largo de los años. La tercera opción, y por la que él se inclinó, fue que dejara de practicar deporte, me explicó todos los pro y los contras. Opté por la segunda, no iba a alejar al deporte de mi vida, hacerlo era como pegarme un tiro en la sien, es el deporte el que me mantiene viva.

Pasaron los años y las lesiones se volvieron recurrentes, por el esfuerzo en ambas rodillas, pero no me impidieron practicar atletismo, halterofilia, bádminton, fútbol y el arbitraje. Estaba acostumbrada al dolor; emocional y físico, una lesión no iba a acabar conmigo, me lo repetía todas las madrugadas y todas la noches cuando salía a correr.

Continué en el arbitraje y con ello las lesiones que aparecían cuando menos lo esperaba, ya sabía que la respuesta era operarme o dejar de practicar deporte, pero ninguna de las dos estaban en mis planes.

Emigré y seguí ejerciendo el arbitraje, retomé la bicicleta y natación, y el dolor seguía ahí fiel a cada movimiento, un buen día para inicios de primavera del 2013 decidí aprender a patinar, que era otro de mis sueños de niña. Compré mis patines y comencé a practicar con los niños del vecindario, todo iba bien hasta que una tarde tuve una caída más fuerte que las otras y los ligamentos y meniscos de mi rodilla derecha no aguantaron.

Después de los exámenes que incluían radiografías y ultrasonidos, el doctor me sentenció a muerte: tienes que dejar de practicar deporte de por vida, tienes que dejar el fútbol, no saltar, no correr, no levantar pesas, ningún ejercicio aeróbico. Me dejó un último aliento con la bicicleta y la natación como ejercicios terapéuticos, más no como práctica deportiva habitual, eso significaba que me gustara o no tenía que bajar el ritmo.

Durante todo el camino de regreso a la casa me fui llorando la amargura de la inactividad deportiva. Soy una mujer explosiva, me fascinan las actividades al aire libre, los deportes que exigen ese sobreesfuerzo, acostumbrada toda mi vida a correr el kilómetro extra sabía que había llegado el tiempo de decirle adiós al fútbol y al arbitraje. El doctor me dijo que, por la edad física de mis tendones, articulaciones y ligamentos (20 años mayor a mi edad cronológica), no había vuelta de hoja, o dejaba de practicar deporte o un día cualquiera también me sería imposible caminar.

Descubrimos también durante los exámenes que tengo artritis en las rodillas y eso arrecia el dolor. He vivido la pasión más grande de mi vida con alegría y dolor, cada movimiento acompañado de dolores intensos que inflaman mis ligamentos y que muchas veces me han hecho llorar. Semanas completas con los ligamentos inflamados, pero sin desistir a continuar, ¿qué sería de mi vida sin los deportes? Sería un harapo viejo tirado en cualquier esquina.

Una tarde del otoño de 2014 mientras el niño que cuido entrenaba taekwondo (academia y deporte que yo escogí para él, al ver sus aptitudes y sus destrezas, y su mamá que también confió en mi palabra de educadora física y me hizo caso de inscribirlo) yo lo esperaba como siempre, sentada en la recepción, y entró el Grandmaster dueño de la academia, inmediatamente me puse de pie y lo reverencié en coreano. Se me quedó mirando y también me contestó en coreano y me dijo que lo acompañara a su oficina porque quería hablar conmigo.

Me imaginé que sería algo que tenía que ver con el rendimiento del niño, pero para mi sorpresa no fue así. Me preguntó dónde había aprendido coreano porque lo hablaba a la perfección y que dónde había aprendido la reverencia coreana, le conté que mi primer trabajo en Estados Unidos fue con una familia coreana y ellos me enseñaron palabras del idioma, mucho de su cultura y a cocinar comida coreana. Me preguntó qué era del niño y el dije que su niñera.

En la conversación salió a relucir mi nacionalidad y mi estatus migratorio, también mi vida laboral en Estados Unidos. Que en mi país soy maestra de Educación Física y que también árbitra de fútbol y que he practicado deportes toda mi vida. Con toda la tranquilidad del mundo me ofreció una beca de estudios hasta el cinturón negro y si yo decidía convertirme en instructora o máster también me ofrecía becas para que culminara mis estudios en taekwondo y si yo lo deseaba también, las puertas de la academia estaban abiertas para que trabaje dando clases cuando culminara mis estudios.

Yo me quedé muda, no podía reaccionar, nunca me esperé una oportunidad así, que alguien me ofreciera tanto, sin conocerme, por la pura buena voluntad y ante todo por amor, agradecimiento y respeto al deporte. Esa misma tarde me dió mi uniforme como parte de la beca, y mi compromiso es no faltar a las clases y dar lo mejor de mí, como lo he hecho toda mi vida corriendo el kilómetro extra.

Acepté con inmensa alegría, y pensé inmediatamente en mi papá, porque su sueño fue que yo practicara artes marciales, ninguno de los dos iba a imaginar que la vida me daría esa oportunidad ni tampoco en las circunstancias. Jamás podría pagar clases en una academia así, ni trabajando 7 días a la semana las 24 horas del día, mi salario como indocumentada no me da para esos lujos. Es una de las mejores academias del Estado y del país.

El día viernes cuando llegué a la academia a entrenar me encontré con la sorpresa de que estoy en el cuadro de honor de este trimestre, como alumna destacada. Recibí reverencias, abrazos y felicitaciones de los masters. Y de los padres de familia que, al principio, me discriminaron por niñera. Seguramente todavía se han de estar preguntando cómo es que una niñera hispana logre pagarse clases en semejante academia y cómo es que está en el cuadro de destacados.

Si mis circunstancias de vida no cambian y no me deporten en los meses siguientes, en 8 meses estaré presentando mi examen para cinturón negro.

Cuento esto aquí en mi blog, me lo pude guardar en silencio y en privado, pero quiero compartir con ustedes la grandeza de un ser humano que, en honor al deporte, a la migración, y las circunstancias de vida tendió la mano a alguien que nunca imaginó estudiar en una academia de esa transcendencia.

Pasado el tiempo le pregunté por qué me ofreció la beca, me dijo que primeramente por amor al deporte porque era su obligación devolverle en parte todo lo bueno que él le había dado. Y en segundo por la forma en que lo reverencié en coreano el día que lo saludé, (él es coreano obviamente) me dijo que en los más de 30 años que lleva viviendo en el país nadie lo había reverenciado así.

A mí se me aguaron los ojos y pensé en Hamoni y Jarabulli, los abuelos coreanos de los niños que cuidé en mi primer trabajo; todos los días me recibían en la puerta de su casa con una reverencia impecable a las 6 de la mañana cuando entraba a trabajar y con el desayuno servido para que comiera con ellos. Así es que nada de esto hubiera sido posible sino hubiese sido por la forma en que ellos reverenciaron y trataron a una inmigrante indocumentada que no hablaba inglés, que llegó a trabajar a su casa de niñera.

En la vida, todo tiene que ver con todo.

Dedico mi lugar en el cuadro de destacados a los parias, a los vendedores de mercado y a los inmigrantes indocumentados del mundo entero. A mi natal Comapa y a mi gran amor, Ciudad Peronia. A mi hermana - mamá que siempre ha estado presente, apoyándome en mi vida deportiva, desde que tengo memoria.

Posdata: Cabe decir que soy de las mayores que está estudiando, mis compañeros de clases son niños y adolescentes y uno que otro padre de familia que llega por apoyar a sus hijos. En la vida nunca es tarde para hacer cosas nuevas o luchar por nuestros sueños, ningún dolor tiene el derecho de hacernos detener la marcha.

Fuente: Crónicas de una Inquilina