La hermosura del africano (Crónicas de una Inquilina) Por Ilka Oliva Corado @ilkaolivacorado Estoy en el supermercado griego que queda cerca de donde vivo, comprando la comida de la semana....

La hermosura del africano (Crónicas de una Inquilina)

Nigeriano

Ilka Oliva Corado

Por Ilka Oliva Corado

@ilkaolivacorado

Estoy en el supermercado griego que queda cerca de donde vivo, comprando la comida de la semana. De pronto, veo pasar al final del pasillo a una hermosura de negro africano que de espaldas se me hizo conocido, pensé; conozco ese cuerpo, esa complexión la he visto en algún lugar, es única. Ese gesto de amor lo he visto en algún lugar.

Iba inmerso en su propia órbita, llevaba a un niño de aproximadamente dos años de edad en los brazos, comiéndoselo a besos, nada más existía para él, eran solo él y el niño en el tiempo detenido, en una expresión de amor de un padre a un hijo que es inusual; por la intimidad y la confianza, por el lazo emocional.

Sentí una cercanía inexplicable, algo que me hizo sentir extraña, que erizó mi piel, que puso una sonrisa en mis labios, una incógnita, ¿quién era ese hombre que provocaba eso en mí? Lo seguí a distancia tratando de buscar ver su rostro pero era imposible, él caminaba en la misma dirección con toda su atención en el niño que llevaba en los brazos y que le devolvía los abrazos con alegría. La entrega era mutua.

Había algo erótico en él, no era su musculatura rolliza ni su piel quemada por el sol, no era nada físico; era algo más, algo de los sentidos, algo subliminal. La atracción era extrasensorial. Continué caminando mientras él se dirigía a caja a pagar, fue ahí cuando se dio vuelta mientras sacaba la billetera de la bolsa del pantalón y pude ver su hermosura en todo su esplendor, era el nigeriano que conocí hace unos meses en un restaurante italiano.

¿Es él? ¿Es él? No puede ser que tenga tanta suerte, volver a ver a esa hermosura de hombre -pensé en mis adentros-. El tiempo se detuvo también para mí y ese breve instante sosegó mi respiración en un hondo suspiro, que hizo detonar las palpitaciones de mi corazón en una interminable batucada. Volví a sentir el mismo escalofrío helado recorriendo mi espalda como el día que lo conocí.

Todo pasaba en cámara lenta, los besos a su hijo, los abrazos, las sonrisas, el tiempo. Y yo ahí al final del corredor, entre las estanterías, con el corazón a reventar y con el deseo absoluto de correr y abrazarlo por la espalda, y sentir sus músculos torneados en mi pecho; reflejarme en sus ojos de niño de arrabal nigeriano y escuchar su voz de humanista de alcantarilla.

Desnudarlo con mis manos, palmo a palmo y embelesarme con la belleza de la Mamá África en su piel; mis pensamientos corrían a mil por hora al ritmo de las palpitaciones de mi corazón. Y él ahí pagando, con las bolsas de comida en una mano y su hijo en otra, sin imaginar que al final del corredor había una mujer desconocida, a la que él le había despertado un tipo pasión que ella jamás había sentido; que la quemaba por dentro en fuego vivo y la vez la llenaba de ilusiones efímeras que solo habitan en la poesía y en los relatos de ficción.

Quise tener mi cámara fotográfica en mis manos y alcanzarlo con el lente de larga distancia, para guardar la imagen de su sonrisa, de su alegría junto a su hijo. Para atesorar su hermosura de ser humano, para congelar el tiempo y guardar en el ocre de los años sus músculos rollizos y su mirada de niño de arrabal. La esencia de la Mamá África en su piel oscura de noche cerrada en invierno de eterno temporal.

Lo vi alejarse lentamente y salir del supermercado. Por un breve instante, pensé en ir a saludarlo y presentarme nuevamente y contarle de nuestro desayuno en el restaurante italiano por si no me recordaba, y también abrazar a su hijo que, junto a su hermano, me habían robado el corazón. Disfrutar una vez más de la luz de su sonrisa en sus labios carnosos, y su acento de africano de pura cepa, embriagarme de esa mirada transparente tan propia de quien crece en la invisibilidad y la exclusión.

Me quedé ahí, parada, repesada en la estantería, viendo cómo se alejaba el hombre que un día tocó la profundidad de mi alma, sin percatarse siquiera, y me hizo imaginarlo mi compañero de vida. De nuevo sonreí en una especie de alegría y nostalgia, por los anhelos, por los instantes, por la belleza que aún habita en la humanidad, y por la magia de la imaginación.

A la salú del Nigeriano, aunque nunca lo lea.

Fuente: Crónicas de una Inquilina