Rosario ocupada (APE)   Por Carlos Del Frade   (APe). -Hay un antes y un después de este operativo…Ahora tenemos que aplaudir todos - dijo el gobernador de Sa...

Rosario ocupada (APE)

 

Carlos del Frade 3

Por Carlos Del Frade

 

(APe). -Hay un antes y un después de este operativo…Ahora tenemos que aplaudir todos - dijo el gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, junto al secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, cuando terminó la ocupación de veinte barrios rosarinos en el crepúsculo del miércoles 9 de abril de parte de casi tres mil efectivos de la Policía Federal, Gendarmería, Prefectura y las Tropas de Operaciones Especiales de Santa Fe. Aunque los resultados fueron anoréxicos a la hora de secuestro de cocaína y marihuana y también en relación a las detenciones, fieles consecuencias de filtraciones que llegaron con puntualidad a la mayoría de los 67 puntos operativos o bunkers, el objetivo de ocupar los territorios con espectacularidad para señalar la presencia represiva del estado fue cumplido.

La celebración del gobernador y del funcionario nacional estaba fundamentada en el conocimiento del hartazgo de grandes sectores de la población rosarina con respecto a la violencia y la corrupción de la policía provincial. Un día después, los cronistas de los medios locales repetían los comentarios de los vecinos que ahora expresaban la “sensación de seguridad”.

Pero las calles de la ex ciudad obrera estaban patrulladas por tremendos camiones artillados de las fuerzas de seguridad nacionales y por la noche el ruido de las hélices de los helicópteros pintaban un paisaje de película de guerra. Muchos trabajadores, al regresar a sus casas en la zona sur, le contaban a esta agencia la extraña doble sensación de sentirse protegidos, por un lado, e invadidos, por el otro. De allí que el ministro de Seguridad de la provincia, Raúl Lamberto, haya salido a decir que se trataba de “un operativo de pacificación, no de ocupación militar”. En sus dichos estaba implícita la innegable conciencia de haber asistido a un desembarco de tropas en la geografía del otrora corazón del segundo cordón industrial más importante de América del Sur.

La última presencia masiva de tropas federales en el sur de la provincia de Santa Fe se produjo el 20 de marzo de 1975, cuando el ministro del Interior del gobierno de Isabel Martínez de Perón, Alberto Rocamora, ordenó invadir Villa Constitución para detener a doscientos delegados de fábrica que habían elegido como conducción de la UOM a la lista Marrón encabezada por Alberto Piccinini. Eran casi cuatro mil efectivos de distintas fuerzas acompañados por bandas de ultraderecha de las patotas sindicales de San Nicolás y Rosario que convirtieron al albergue de solteros de Acindar en uno de los primeros centros clandestinos de detención y torturas de la Argentina.

La justificación fue desactivar el complot contra la industria pesada argentina, restablecer la paz y la seguridad en la región. El presidente del directorio de Acindar, José Alfredo Martínez de Hoz, pagó doscientos dólares por cabeza a aquellos portadores de la tranquilidad que exigían las grandes patronales y para la cual trabajó aquel gobierno. Desde entonces no hubo otro operativo de semejante cantidad de efectivos de tropas federales hasta el miércoles 9 de abril de 2014.

-No venimos a buscar narcos, venimos a ocupar el territorio -le dijo Berni a los únicos tres periodistas que estábamos en el Centro Operativo de la Prefectura Naval de Rosario, en avenida Belgrano al 800, donde termina la Bajada Sargento Cabral. Era el mismo concepto que eligió el juez provincial Juan Carlos Vienna cuando procesó a 36 integrantes de la banda mafiosa de Los Monos, el 19 de febrero pasado, y en cuya resolución se lee con precisión que el poder de la misma se basó en la constitución de “un gobierno de facto” sobre varios barrios de la ciudad de Rosario a partir del cual generaron y multiplicaron el “negocio de la violencia”. Es curioso que muchos funcionarios y dirigentes políticos que adscriben al pensamiento del gobierno nacional se empecinen en ensuciar a Vienna que, justamente, dice el único por qué razonable a la ocupación militar de la Cuna de la Bandera.

-Es el mapa de la pobreza…-le susurró el ministro de Seguridad de la provincia, Raúl Lamberto, a este cronista mientras veían una y otra vez el mapa digital proyectado sobre una pantalla en la sala del Centro Operativo de la Prefectura. Efectivamente, los 67 puntos clave, marcados en rojo, rodeaban el centro rosarino. Eran las villas que se multiplicaron en forma paralela al cambio de piel productiva que tuvo la región desde los años setenta al presente. La mayoría de los bunkers están allí. Pero el espacio blanco, inmaculado de puntos rojos, ese centro rosarino es el lugar donde empresarios, funcionarios de dudoso proceder, dirigentes varios, contadores, abogados y otros tantos integrantes de la fauna urbana hacen fortunas con el lavado de dinero ilegal que viene, fundamentalmente, de esa forma de acumulación fluida y permanente que es el narcotráfico.

Porque ese mapa de la pobreza es construcción del intocable mapa de la riqueza, geografía de los delincuentes de guante blanco que supieron hacer de Rosario el lugar por donde pasa la mayor cantidad de dinero del país porque por allí se mueve el 70 por ciento de las exportaciones argentinas y que, por lo tanto, también incluye el dinero de las operaciones ilegales que se confunden en ese incesante flujo o circuito de metálico.

Dos mujeres embarazadas, de nueve meses de gestación, debieron ser atendidas por las ambulancias de la municipalidad. Hay que detenerse en esa postal que venía del otro lado del micrófono que presionaba con profesionalismo el jefe de comunicaciones de la Policía Federal. Esas mamás trabajaban para los narcos en bunkers que son cerrados desde afuera y creen que ganando dinero por esa vía obtendrán un futuro mejor para esas vidas que están a punto de parir. Semejante decisión existencial, ¿puede cambiarse con la saturación de fusiles, chalecos antiabalas, carros de asalto, cascos y borceguíes?. El sentido existencial que necesitan las pibas y los pibes que trabajan para el narco, ¿será recuperado solamente apostando a la tranquilidad que muchos vecinos ahora experimentan por la presencia de modernos robocoops?.

El gobierno nacional había tildado a la administración santafesina de “narcosocialismo” y la provincial cargaba culpas sobre el kircherismo como la suma de todas las corrupciones e intolerancias. A partir de enero de este año, la cosa cambió. Ahora hay que aplaudir juntos, según la descriptiva imagen que usó Bonfatti. ¿Por qué ese cambio?. Quizás la respuesta está en la historia reciente de las relaciones de gobiernos provinciales y de la propia administración kirchnerista con el imperio, con Estados Unidos, el verdadero Patrón del Mal. El seis de enero de 2014, el cuestionado general César Milani, jefe del Ejército argentino, anunció la compra de 35 camiones Hummer nada menos que al Comando Sur de Estados Unidos para “combatir al narcotráfico”.

Semanas después, Bonfatti y Lamberto recibían instrucciones de la DEA, el FBI y otras reparticiones para implementar políticas en contra del avance narco en la región. Vinieron asesores de esas fuerzas a dictar cursos a la policía santafesina tal como había sucedido a fines de los ochenta y en los 90 durante el primer gobierno de Carlos Reutemann. Entre febrero y marzo, el propio Berni, Daniel Sciolli después, funcionarios del gobierno cordobés de De La Sota y ahora mismo, integrantes del ejecutivo mendocino, hacen el mismo periplo. Van al norte, reciben especialistas de la DEA y anuncian las mismas medidas en todos lados: policía de proximidad, policías municipales, convocatoria a ex policías y pedido al gobierno nacional para que envíen tropas de gendarmería y prefectura a los conurbanos.

Es el guión de la llamada doctrina de seguridad ciudadana, la nueva forma de control social y política que viene implementado Estados Unidos desde el lanzamiento de la guerra contra el narco que declaró Ronald Reagan en julio de 1988. Ya no hay discusiones entre la administración nacional y las provinciales, ahora se habla de “coordinación”, “pacificación” y “articulación”. Es el mismo guión de una película de terror que ya se experimentó en el Plan Colombia, entre 1996 y 2002; el plan Mérida, en México, a partir del 2003 y en Brasil, a partir de la creación de la Unidad de Policías de Pacificación que, junto a tropas del Ejército, invadieron las favelas de Río de Janeiro y San Pablo con la idea de combatir al narcotráfico. El resultado fue la disminución de las tasas de homicidios pero el aumento de las desapariciones. Y, en forma paralela, la continuidad de la violencia y el negocio narco. Los tres principales exportadores de cocaína a Europa son, según el último informe de Naciones Unidas del 27 de junio de 2013, Brasil, Colombia y Argentina.

Este cronista nació en Rosario hace 51 años. Disfrutó de aquella ciudad obrera, industrial, ferroviaria y portuaria que ofrecía trabajo a las pibas y los pibes que terminaban la secundaria y podían encontrar trabajo en los mismos barrios donde estaban las escuelas. Vinieron los saqueos del mapa intocable de la riqueza y no hubo una sola explicación para esos lugares que se quedaron sin herramientas materiales para sostener los proyectos de vida. Surgió, entonces, la economía informal, fresca y alucinada de trabajar para el narcotráfico. Consumidores, consumidos, soldaditos inmolados en el altar del perverso dios Dinero y socialización de las armas, las dos grandes fuentes de dinero fresco y que no paga impuesto algo que tiene el capitalismo. Drogas y armas, bien cerquita de nuestros pibes. Mucho más que un trabajo digno.

Creció la violencia y ahora muchos saludan con alegría y esperanza la masiva presencia de fuerzas federales de ocupación porque sienten que tienen seguridad. Pero si no hay algo más que fusiles es probable que se repita la historia de la Patria Grande. Que no sea otra cosa que pan para hoy y hambre para mañana. Dos días después del megaoperativo, el papá del cronista hubiera cumplido 76 años. Le decían “el Baco”, el dios del vino. Murió joven, cuando apenas tenía 68 años. Muchas tristezas, muchos despidos, lo habían convertido en un tipo muy callado y esa angustia le comió el interior de a poco. Cuando nacieron sus nietas supo que todavía quedaba algo lindo. Pero ya no tuvo resto.

Fue de la mano del Baco que este periodista conoció aquella ciudad que ya no es, aquel lugar donde no se necesitaba de la presencia obscena de hombres armados hasta los dientes para sentirse bien. Será por eso que cuando terminó la llamada Operación Rosario, el cronista experimentó la ausencia de su viejo como hacía rato no sentía. Quizás porque también necesitaba de esa ciudad que ya no está y en la cual, además, le dicen que todos tenemos que aplaudir.

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