Por una escuela que tuerza destinos (APE)   Por Silvana Melo   (APe).- “Mi escuela tiene una lista de muertos”. El docente se para en una barriada nubosa de olvido. No tiene para...

Por una escuela que tuerza destinos (APE)

 

Silvana Melo 2

Por Silvana Melo

 

(APe).- “Mi escuela tiene una lista de muertos”. El docente se para en una barriada nubosa de olvido. No tiene para mostrar una lista de abogados surgidos alegremente de su primaria. Tiene una lista de muertos. Solo, como individualidad que jaquea a un ejército, trata de resistir los embates sistémicos sobre esa baldosa mínima que es su escuela. Y sabe que la estructura educativa en la Provincia, enredada en una maraña de circulares, reglamentos, currículas y normativas, es una muralla contra la que se aplastan la nariz y los sueños de los maestros de la transformación, sueltos y pocos, pero alborotadores.

Y a la que entran, se acomodan y se amoldan muchos otros, en desasosiego y resignación. Contando los días de ausencia permitida. Y a cuántos cargos puede acceder en las 18 horas del día en la que no se duerme para maquillar un poco la dignidad y el recibo de sueldo.

El reclamo que ha cerrado durante once días a la escuela pública tiene al docente en la infantería de esta lucha. Y a su lista de muertos, también. Los docentes transformadores saben que es imprescindible otro mundo, otro país, otra escuela para que esos muertos, en lugar de muertos, estuvieran sostenidos de un brazo por la secundaria, enamorados de una historia que los incluye, de unas matemáticas que los comprometen, de una lengua que los interpreta, de unas ciencias naturales que le hablan de lo que come y de lo que no, de una construcción de ciudadanía que los define como sujetos políticos, de un aula que se interpele a sí misma antes de soltarle la mano en el mismo momento en que la tierra se abre a sus pies.

Los docentes transformadores oyen el rescate discursivo de la vieja escuela de maestras engoladas, autoritarias y sarmientinas, con polvos colorados en los cachetes y uniformes de intangibilidad expresa. No entienden a un Estado que les engorda engañosamente el salario con sumas fijas y luego arma operativos contra el empleo en negro en kioscos y almacenes.

El sistema les deposita en brazos a 4.768.629 alumnos en la provincia de Buenos Aires. Más de un millón de ellos, entre la pobreza y la indigencia. Pobladores de barriadas intensas, desmadradas por la violencia y el consumo, con los derechos arrancados de cuajo y la muerte (la propia y la de los otros), como vecina eventual de la otra cuadra.

En once días ese millón (y más) anduvo sin destino por todos los infiernos de la calle. Se fue de todas las manos. Se quedó solo. Aunque la escuela siga siendo una replicante de cada uno de los vicios del sistema, su ausencia dispara groseramente el amperímetro de la desigualdad. Las estructuras familiares con recursos (económicos y culturales) generan durante las vacaciones y los períodos de vacío escolar alternativas de aprendizaje para - institucionales. Los niños que crecen en las barriadas populares no tienen más opciones que el aula infinita de la calle, donde los monstruos acechan detrás de las pizarras y a la vuelta de la esquina.

Saben que la lista de muertos se amplía cada vez que el afuera amenazador tira del brazo de un niño y se lo gana a la escuela. Porque la escuela apenas lo sostiene del otro brazo y no fue capaz (no pudo o no quiso) de abrazarlo en todo su contorno y torcerle el destino.

Saben que Nora de Lucía no es la culpable pero las estructuras de gobierno están regidas por millonarios y la Educación, imperada por una funcionaria que proviene de los ministerios de Hacienda y Producción para relatar la parte de la historia que coloque a los docentes en la vidriera de las censuras y los reproches. De Lucía habla de números porque sabe de números, no de mariposas con lenguas larguísimas que dicen aquello que hay que callar. Entonces dice que el 65% de los maestros tiene más de un cargo. Y eso es verdad. Que el aumento por decreto en medio de una paritaria va a disparar los salarios entre los “4.500 a 44200 pesos”. Pero no explica cuántos son ni quiénes los que cobrarán 44.200 pesos y no aclara si son funcionarios o tienen una banca en el Congreso Nacional.

Saben que el Vicegobernador de ese gobierno numeral apenas proyecta declarar a la educación servicio público esencial. Pero no para discutir una educación con docentes convencidos de ser agentes de un cambio social imprescindible, sino simplemente para acotarles el derecho a la huelga.

Saben también que esta escuela no es la tijera capaz de cortar el hilo de fatalidad que ata a centenares de miles de chicos a un destino inexorable. Si la escuela no puede torcer el estigma de un rumbo deja de tener sentido. Si la escuela no sabe descifrar la diversidad del aula y elige ser un colador darwinista que deja en el camino a los desechos del sistema, deja de tener sentido. Si la escuela -y sus intérpretes inmediatos- no son un pilar para abolir desigualdades sino un canal para profundizarlas, deja de tener sentido.

Si el magisterio deja de ser una profesión de prestigio para los sectores socioeconómicos privilegiados, la escuela se irá desprendiendo de su ropaje de pública para ser simplemente estatal. Un brazo más de este estado. Nada para vanagloriarse.

Saben, los docentes transformadores, que su herramienta de presión no son las armas. Ni la violencia puesta sugestivamente en las calles a la hora de la indefensión. En diciembre la policía (una pata estatal como la docencia) decidió un reclamo salarial. Y se acuarteló. Es decir, no salió a la calle y abandonó a todo el mundo a la buena de Dios (más allá de la sospecha de conexión con los saqueadores, que nunca se sabrá a ciencia cierta porque tampoco se investigará jamás). La política, muerta de miedo por el repliegue policial y aterrada por el fantasma de la selva, concedió aumentos a mansalva.

El sueldo inicial de un docente es de 3.600 pesos. El sueldo inicial de un policía bonaerense es, desde diciembre, de 8.570 pesos.

Según un cable de Télam fechado el 12 de diciembre de 2013, “tras la protesta de un sector de la fuerza, la Provincia fijó por decreto un 50% de aumento, con un salario inicial de 8570 pesos, 450 pesos de aumento en enero en concepto de ropa y en marzo otorgar al personal policial el mismo porcentaje de aumento que obtengan los docentes en la paritaria”.

Los maestros cobrarán de prepo el 30 por ciento en cuotas que impone el Gobernador, que decidió terminar unilateralmente con la paritaria. Gracias a la lucha docente (a la que no tendrían reparos en reprimir si fuera necesario) en agosto el sueldo inicial de la policía superaría los 11.000 pesos. El de un maestro, no llegaría a los 4.700.

Los maestros transformadores saben que gran parte de los 350 mil docentes de la Provincia responden a la burocracia del sistema. Y no tienen convencimientos ni vocaciones ni ganas de levantarse y cambiarlo. Pero también saben que una Ministra que sólo conoce de números, un vicegobernador que pretende asimilarlos con Edesur y los policías que aprovechan su paritaria y se sindicalizan para defender, entre otras cosas, al asesino de Carlos Fuentealba, no están parados del mismo lado de la vida.

Los mismos que se rasgan las vestiduras discursivas depositando en la educación la raíz de la inclusión social digitan la desigualdad entre dos patas cruciales del Estado: la que educa y la que reprime. Si la que educa no es capaz de alterar la fatalidad de un destino, la que reprime le firma el obituario.

Los docentes transformadores saben que es imprescindible otro mundo, otro país, otra escuela para que la lista de sus muertos sea una lista de sus vivos. Con una historia que los incluya y una construcción de ciudadanía que los defina como sujetos políticos.

Y un aula se juegue y los atrape en el mismo momento en que la tierra se abra a sus pies.

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